Luna de miel, diamantes y cadáver

Capítulo 44. El hospital otra vez

Rosa

Si alguien me hubiera dicho, al empezar este viaje, que acabaría memorizando el patrón de las baldosas del pasillo de urgencias de una isla caribeña, me habría reído. Ahora, sentada en la misma fila de sillas de plástico, con el mismo olor a desinfectante y humedad, lo único que pensé fue: al menos esta vez no soy yo la que necesita atención médica.

Daniel estaba a mi lado. Tenía barro seco en los pantalones, una mancha de sangre que no era suya en la manga y esa expresión tensa de quien aún no ha decidido si va a derrumbarse o mantenerse en pie por pura obstinación.

A unos metros, dos enfermeros entraban a toda prisa con el agente Luis en una camilla. El mismo chico que hacía una hora pedía permiso para llevar gallinas en un coche patrulla ahora estaba inconsciente, con un vendaje improvisado en la cabeza.

Saludé al enfermero que me había atendido antes. Me devolvió la mirada con sorpresa y una resignación que casi daba ternura.

—Creo que ya nos conocen —murmuré, mirando a la enfermera de antes. Nos reconoció. Sonrió con una mueca cansada. No era simpatía. Era aceptación del destino.

Daniel soltó una risa breve, seca.

—Si volvemos una vez más, nos dan tarjeta de puntos. Como en las cafeterías.

—A la quinta resonancia, una gratis —añadí.

Nos miramos. Y por un segundo, el absurdo nos sostuvo. Como una tabla en medio del naufragio.

Luego el silencio volvió a ocuparlo todo.

El pasillo estaba casi vacío. No sabía si la tormenta seguía golpeando fuera, pero aquí dentro el tiempo parecía suspendido, como si el hospital existiera en una dimensión paralela donde todo se repite con pequeñas variaciones: misma luz blanca, mismo pitido lejano, misma espera.

Me crucé de brazos y respiré hondo.

Piensa, Rosa.

Adrián seguía suelto. Vivo. Violento. Armado. Con un cómplice en Barbados y, casi con certeza, otro aquí. No improvisaba. Nos había esperado.

—Nos tendieron una trampa —dijo Daniel en voz baja, como si leyera mis pensamientos.

Asentí.

—Sí. Y eso significa que alguien habló.

No dije “en la comisaría”. No hacía falta.

Daniel apretó la mandíbula.

—El jefe parecía sincero.

—Lo parecía —corregí—. Y probablemente lo era. Pero en sitios pequeños, la información no siempre se mueve por canales oficiales.

Miré alrededor. Puertas cerradas. Un carro metálico. Un reloj marcando una hora que ya no significaba nada.

—Entonces… ¿qué hacemos? —preguntó él.

Esa pregunta. Tan simple. Tan devastadora.

—Primero, no confiar en nadie por descarte —respondí—. Solo por hechos.

Daniel me miró.

—¿Y en quién confías tú?

No contesté enseguida.

Confiar no era creer que alguien era bueno. Confiar era calcular quién tenía más que perder traicionándonos.

—En alguien que no esté en esta isla —dije al fin.

Daniel frunció el ceño.

—¿El consulado?

—O alguien del crucero —añadí—. Seguridad central. Gente que no tenga primos, tíos o gallinas que proteger aquí.

Por primera vez desde el ataque, vi algo distinto en su expresión. No miedo. Dirección.

—Está claro que tenemos que abandonar esta isla cuanto antes —dijo—, pero no podemos.

—¿Por qué?

—Primero, porque hay temporal y nadie sale con este viento. Y luego tenemos que avisar al comisario, explicarle lo que pasó con Luis y decirle que Adrián está vivo.

Miré mis manos. Tenían restos de barro bajo las uñas. No me molesté en limpiarlos.

—Mientras tanto —dije—, nos quedamos donde Adrián espera que estemos. Aquí. En el hospital.

—Sí, pero él no se atreverá a entrar.

—¿Tú crees que ese loco no se atreve a entrar en un hospital con un guardia de setenta años en la puerta?

Daniel dudó.

—Creo que el personal ya avisó a la policía de que Luis está herido. Así que… mejor quedarnos aquí.

Arqueé una ceja.

—¿Crees que nos ayudan?

—No —respondió—. Pero mientras no pare el temporal, es el sitio más seguro que tenemos.

En ese momento, el médico salió de urgencias. Se acercó con paso tranquilo, profesional.

—El agente está estable —dijo—. Conmoción severa, pero sin daño grave en el cráneo. Necesitará observación.

Daniel soltó el aire que llevaba reteniendo desde hacía minutos.

—Gracias. ¿Avisaron a la policía?

El médico asintió y se fue.

Volvimos a quedarnos solos. El pasillo seguía igual de silencioso, igual de blanco, igual de interminable. Daniel y yo estábamos hundidos en las sillas, cada uno atrapado en sus propios pensamientos, porque realmente no sabíamos qué hacer.

De repente, la puerta de urgencias se abrió de golpe. Dos camilleros entraron empujando otra camilla. Rápido. Urgente. Con un cuerpo encima cubierto por una manta térmica.

No le di importancia al principio. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Hasta que la manta se movió. Y vi un perfil. Una mandíbula. Un mechón de pelo mojado pegado a la frente.

Daniel se incorporó como si le hubieran clavado una aguja.

—Rosa… —susurró.

Yo también lo vi.

Adrián.

En una camilla. Inconsciente. Empapado. Con la cara llena de barro y un corte profundo en la ceja.

El mundo se me quedó en silencio.

—No puede ser —murmuré—. Dijiste que no se atrevería a venir aquí.

—Sí —respondió Daniel, sin apartar la vista—. Pero al menos no ha entrado por su propio pie… sino en una camilla.

Los camilleros pasaron a nuestro lado sin mirarnos. Entraron en urgencias. La puerta se cerró.

Daniel y yo nos quedamos clavados en el sitio, sin saber si reír, llorar o salir corriendo.

La enfermera que nos conocía pasó cerca. La detuve.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Ella suspiró, como si ya hubiera tenido un día demasiado largo.

—Un accidente —dijo—. Su coche chocó contra un animal grande. Un jabalí o algo así. Lo encontraron en la carretera vieja. Está vivo, pero muy malherido. Es la segunda víctima que nos trae el temporal.




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