Daniel
Estaba sentado en una de esas sillas de plástico que crujen con solo respirar, recostado hacia atrás, con la espalda cansada y los hombros tensos. Tenía un brazo rodeando a Rosa, sujetándola con cuidado. Ella había apoyado la cabeza en mi hombro, los ojos cerrados, como si por fin se permitiera descansar. Yo estaba agotado, pero no me importaba: prefería cargar con el cansancio antes que moverme y despertarla.
La abracé sin pensarlo. No con fuerza. No para protegerla de nada. Solo para estar ahí.
El hospital seguía respirando a su ritmo artificial: puertas que se abrían, pasos lejanos, una voz por megafonía que nadie escuchaba del todo. Todo seguía siendo complicado. Peligroso. Incierto.
Y aun así… yo estaba bien. No tranquilo. No seguro. Pero bien. Porque la tenía conmigo.
Sentía su respiración, lenta ahora, regular. El calor de su cuerpo atravesando la tela fina de mi camisa. Ese gesto suyo —apoyar la cabeza en mi hombro— que siempre había sido su manera silenciosa de decir estoy aquí. Incluso cuando todo lo demás se caía.
Pensé en lo cerca que habíamos estado de perderlo todo. No la vida. Algo peor. Nosotros.
Durante meses había creído que el divorcio era inevitable. Que el amor se había gastado como una cuerda demasiado usada. Que lo nuestro se había convertido en una costumbre incómoda, en una convivencia correcta pero vacía.
Me equivoqué.
No fue el peligro lo que nos unió. Fue la verdad. El miedo compartido. Las decisiones tomadas sin tiempo para discutirlas. La manera en que Rosa había actuado sin dudar cuando yo me desmoronaba. Y la forma en que yo, por primera vez en mucho tiempo, había dejado de ser invisible.
Miré su frente, la pequeña tirita blanca, el mechón de pelo, las arrugas finas cerca de los ojos. Pensé: esta mujer es mi casa. No el lugar donde descanso, sino el lugar al que pertenezco.
—Daniel… —murmuró, sin abrir los ojos.
—Aquí estoy —respondí en voz baja.
No dijo nada más. No hacía falta.
En ese silencio entendí algo con una claridad que me golpeó por lo simple que era: ya no quería empezar de cero. No quería repartir recuerdos ni firmar papeles ni fingir que lo nuestro había sido solo una etapa.
Quería esto. Su peso en mi hombro. Su respiración. El caos alrededor y nosotros dentro, resistiendo. Juntos, como siempre.
Tal vez el mundo seguía siendo un desastre. Tal vez Adrián seguía respirando detrás de una puerta. Tal vez la policía no era de fiar y el futuro estaba lleno de preguntas.
Pero yo ya tenía una respuesta. Rosa, mi Rosa, aún confiaba en mí. Aún me quería.
La abracé un poco más fuerte, con cuidado de no despertarla del todo.
Y pensé, con una calma nueva, inesperada:
Mientras ella esté aquí, no necesito huir de nada. Puedo enfrentarme a miles de esos Adrianes, Migueles y a quien venga.
El hombro me dolía un poco, pero no me moví. Rosa seguía apoyada en mí, respirando despacio, y yo prefería aguantar el entumecimiento antes que romper ese pequeño instante de calma. No duró mucho.
La puerta del pasillo se abrió de golpe y entró el comisario, quitándose un chubasquero del que caía agua. A su lado venía el mismo policía joven que nos había llevado a la comisaría por la tarde. Los dos parecían tensos, pero por razones distintas.
Rosa levantó la cabeza. Yo me enderecé.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el comisario sin saludar, sin mirarnos siquiera. Su tono no era de preocupación. Era de irritación.
Y eso ya me dijo demasiado.
Me puse de pie despacio, observándolo. Cada gesto. Cada sombra en su cara. Cada palabra que no decía.
—¿No le avisaron? —pregunté, midiendo su reacción.
El comisario frunció el ceño.
—Nos dijeron que el agente Luis había ingresado herido. Nada más.
Mentira. O media verdad, que es peor.
—Luis fue atacado —dije—. En la carretera vieja. Íbamos en el coche patrulla, pero había un árbol caído. Luis salió a ver si podíamos pasar, y Adrián lo golpeó en la cabeza. Nos emboscó.
El policía joven abrió los ojos, sorprendido. El comisario no. Ni un parpadeo. Ni un gesto de shock. Nada.
Ese “nada” me puso más nervioso que cualquier reacción exagerada.
—¿Emboscada? —repitió él, como si la palabra le molestara.
—Sí —respondí—. Y no fue casualidad. Adrián sabía exactamente dónde íbamos a estar.
El comisario apretó la mandíbula. No le gustaba lo que estaba oyendo. O no le gustaba que lo dijera en voz alta.
—¿Qué más? —preguntó.
Ahí estaba. La pregunta que no sonaba a preocupación, sino a control de daños.
Señalé la puerta de urgencias.
—Adrián intentó matarnos, pero pude defenderme y traje a Luis aquí —dije, mirándolo a los ojos—. Aunque lo más interesante es que acaban de traer a Adrián herido hace unos veinte minutos.
El policía joven dio un paso atrás. El comisario, en cambio, se quedó inmóvil. Demasiado inmóvil.
—¿Cómo que herido? —preguntó, demasiado rápido.
—Lo trajeron hace unos minutos —dije—. Accidente de coche. Chocó contra un animal grande. Está malherido.
El comisario parpadeó una sola vez. Pero fue suficiente.
Ese parpadeo decía: esto no entraba en mis planes.
—¿Y cómo saben que es él? —preguntó, intentando sonar escéptico.
—Porque lo vimos —dijo Rosa, firme—. Pasó delante de nosotros en una camilla. No hay duda. Está en esa sala.
Ella señaló la puerta. El policía joven tragó saliva.
—¿Está… vivo?
—No lo sé —respondí.
El comisario se pasó una mano por la cara. No era un gesto de sorpresa. Era un gesto de cálculo. De alguien que está reorganizando piezas en su cabeza.
—Voy a hablar con el médico —dijo al fin—. Necesito confirmar esa información.
—Haga eso —respondí, sin apartarme ni un centímetro.
El comisario se dio la vuelta y caminó hacia la salida. El policía joven entró en la sala de exploración donde habían llevado a Adrián, pero antes de entrar nos miró con una mezcla de miedo y respeto.
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Editado: 20.01.2026