Rosa
Daniel y yo estábamos hundidos en las sillas, cada uno atrapado en sus propios pensamientos, cuando escuché una voz masculina al fondo.
—Perdón… ¿dónde puedo obtener información sobre un paciente?
No le presté atención al principio. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, demasiadas preocupaciones, demasiados enigmas sin resolver.
Pero Daniel sí levantó la cabeza. Y se quedó congelado.
—Rosa… —susurró.
Seguí la dirección de su mirada.
Y entonces lo vi.
Iván. Caminando por el pasillo. Llevaba una chaqueta empapada en la mano, el agua cayendo en gotas gruesas al suelo. Preguntaba a una enfermera con total naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo aparecer en un hospital caribeño en mitad de un temporal.
Mi cerebro tardó unos segundos en procesarlo. No podía ser. No tenía sentido.
Iván estaba en Europa. Con Lisa. Con nuestra hija embarazada. Lejos. En otro continente.
Pero ahí estaba. A diez metros. Respirando. Mirándonos sin vernos todavía.
Sentí cómo el corazón me daba un vuelco tan fuerte que casi me dolió.
—No puede ser —murmuré.
Daniel se puso de pie de golpe, como si un resorte lo hubiera lanzado.
—Iván —dijo, incrédulo.
Él se giró hacia nosotros.
Y su cara… su cara fue un poema. Primero sorpresa. Luego alivio. Luego algo parecido a un “menos mal que están vivos”.
—¡Rosa! ¡Daniel! —exclamó, caminando hacia nosotros—. ¡Dios mío, por fin! No sabéis lo que me costó encontrar este sitio…
Yo seguía sin moverme. Mi cuerpo no reaccionaba. Mi mente tampoco.
—¿Qué… haces aquí? —pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.
Iván se pasó una mano por el pelo mojado, respirando hondo.
—Ayer llegué a República Dominicana por negocios —dijo—. Lisa me llamó llorando, diciendo que algo raro estaba pasando con vosotros, que estabais en el hospital otra vez, que no contestabais… y yo… —sacudió la cabeza— …yo no podía quedarme allí sin saber qué demonios estaba pasando.
Daniel parpadeó, todavía incrédulo.
—Pero… ¿cómo llegaste? Con este temporal no vuela nadie.
Iván soltó una risa nerviosa, casi histérica.
—Nadie sensato —respondió—. Pero yo no contraté a alguien sensato. Un loco. Un temerario. Pero conoce esta zona como la palma de su mano.
Daniel abrió los ojos como platos.
—¿Volaste aquí en helicóptero?
—Más o menos —dijo Iván—. “Volar” es una palabra optimista para describir lo que hizo ese aparato. Creo que en un momento estuvimos de lado. O boca abajo. No lo sé. Cerré los ojos.
Me llevé una mano a la frente.
—Iván… podrías haber muerto.
Él se encogió de hombros.
—Pero Lisa estaba asustada. Y vosotros sois familia. No iba a quedarme sentado esperando noticias.
Y ahí estaba la verdadera sorpresa. No su llegada. No el helicóptero. No el piloto loco.
Sino esto: la reacción de mi marido hacia Iván.
—Estás loco, chico… pero te aprecio —dijo Daniel, abrazándolo—. Y no sabes cómo me alegro de verte.
Mientras Iván seguía hablando, explicando el vuelo, el piloto temerario, el viento que casi los volcó, yo lo escuchaba, pero mi cabeza iba por otro lado. No podía dejar de mirarlo.
Mi yerno. Empapado. Temblando un poco de frío. Con ojeras profundas y la ropa pegada al cuerpo.
Y aun así… había cruzado un temporal para llegar hasta nosotros, porque Lisa estaba preocupada.
Sentí un nudo en la garganta. No de miedo. De gratitud. De cariño. De esa mezcla rara que aparece cuando alguien hace algo completamente irracional… por tu culpa. Tenía que explicar mejor las cosas a mi hija.
—Iván… —dije, intentando que la voz no me temblara—. No deberías haber venido. Esto no es seguro. Y como ves, estamos muy bien.
Él me miró con esa expresión suya, mitad terquedad, mitad dulzura.
—Rosa, por favor. Si vosotros estáis aquí, es porque pasó algo descomunal. Tengo que saber cómo llegasteis a este hospital y por qué no seguís en el crucero.
Miró alrededor, como si el hospital fuera un error en su mapa mental.
Daniel sonrió, cansado pero sincero.
—Menos mal que nos bajamos de ese crucero, chico. Si no, estaríamos en pleno naufragio. Mira tú mismo —dijo señalando la televisión, donde seguían las imágenes del rescate.
Iván se giró hacia la pantalla, y vi cómo se le abrían los ojos.
—No sabía nada de esto.
—Ni nosotros —sonreí tristemente.
—Pero… ¿por qué bajasteis del barco? ¿Tuvisteis un presentimiento? —preguntó, sin apartar la vista de las imágenes.
—No, no somos videntes —se rió Daniel—. Tuvimos un pequeño problema. Un cadáver en nuestra cama.
—¿Cómo? —exclamó Iván.
Le conté brevemente lo mismo que habíamos explicado al comisario unas horas antes. La versión “light”. La única que podía soportar en ese momento.
Iván pasó la mano por la cara. Incluso así, la historia le parecía increíble.
Luego bajó la voz.
—Escuchad. Tengo una habitación en un hotel cerca del puerto. Nada lujoso, pero es seguro. Podemos salir por la parte de atrás del hospital. Dejé el coche justo ahí. Nadie nos verá. Podemos descansar, pensar con calma, llamar a Lisa… y mañana veremos qué hacer.
Mi corazón dio un vuelco. Un hotel. Una cama. Una ducha caliente. Un lugar sin policías sospechosos, sin Adrián detrás de una puerta, sin pasillos blancos que olían a desinfectante y miedo.
—Sí —susurré—. Por favor. Vámonos.
Iván asintió, aliviado.
—Bien. Entonces…
No terminó la frase.
La puerta del pasillo se abrió de golpe y el comisario entró empapado, con el chubasquero goteando, la mirada dura y la mandíbula apretada. Su presencia llenó el pasillo como una sombra pesada.
Se detuvo al vernos. A Daniel. A mí. Y luego a Iván, a quien no había visto nunca.
Su expresión cambió apenas un milímetro: sorpresa primero, desconfianza después.
—¿Y este quién es? —preguntó, sin molestarse en disimular el tono.
#333 en Otros
#22 en Aventura
#152 en Humor
matrimonio en crisis, diamantes robados mafia, mal entendido
Editado: 20.01.2026