Luna de miel, diamantes y cadáver

Capítulo 47. La noche prudente

Rosa

Daniel tensó la mandíbula. Yo sentí un nudo en el estómago.

El comisario levantó un dedo.

—Primero: un sospechoso inconsciente. —Miró hacia la sala donde estaba Adrián—. Un hombre que, según sus suegros, intentó matarlos. Y que ahora está aquí, bajo custodia médica.

Levantó el segundo dedo.

—Segundo: un agente herido. El agente Luis, que estaba acompañando a sus suegros a un pueblo de la costa, está golpeado en la cabeza. En estado delicado. —Nos señaló con la barbilla—. Y ustedes dos fueron las últimas personas que estuvieron con él.

Daniel abrió la boca para protestar, pero el comisario levantó la mano, cortándolo.

—Y tercero… —su voz bajó un tono, volviéndose más peligroso.

Iván dio un paso adelante.

—¿Está insinuando que ellos…?

—No insinúo nada —lo interrumpió el comisario—. Solo digo que, hasta que no aclaremos la situación, nadie abandona este hospital.

Iván se colocó entre nosotros y él, como un muro.

—Con todo respeto, comisario… no tiene autoridad para retenerlos sin una orden judicial.

El comisario lo miró con una calma que me heló la sangre.

—Tengo un sospechoso inconsciente y un agente herido. Créame, señor Solen… tengo más autoridad de la que usted cree.

Daniel apretó los puños. Yo sentí cómo mi respiración se aceleraba.

—Entonces quiero ver esos documentos. Ahora —dijo Iván, más firme.

El comisario ladeó la cabeza, como un depredador que observa si la presa va a correr.

—No necesito documentos para retenerlos aquí.

Iván no se movió.

—Si insiste en retenernos sin motivo legal, tendré que llamar al consulado. Ahora mismo.

Pero el comisario no se inmutó. Ni un gesto. Ni un parpadeo.

—Puede llamar a quien quiera, señor Solen —respondió con una tranquilidad casi amable—. Pero no va a cambiar la situación.

Iván frunció el ceño.

—¿Y cuál es exactamente la situación?

El comisario se acomodó el chubasquero, como si estuviera explicando el menú del día.

—La situación es que este hospital es el lugar más seguro de la isla. El temporal de Barbados está acercándose con mucha fuerza. —Señaló hacia las ventanas, donde la lluvia golpeaba con furia creciente—. Las carreteras están cortadas. Y su helicóptero… —pausa, casi disfrutándola— …aunque tenga un piloto profesional, no despegará en estas condiciones.

Iván apretó la mandíbula.

—Mi piloto decidirá eso.

—No —corrigió el comisario, con una sonrisa mínima—. Lo decidirá la torre de control. Y la torre ya ha prohibido cualquier vuelo hasta nuevo aviso.

Sentí cómo el estómago se me encogía.

Daniel dio un paso adelante.

—¿Está diciendo que estamos atrapados aquí?

—Estoy diciendo que sería imprudente salir del hospital. Por su seguridad. Por la de todos. —Hizo un gesto hacia la sala de Adrián—. Y porque aún hay asuntos pendientes que debemos aclarar.

Iván respiró hondo.

—Comisario, con todo respeto, no puede retenernos por un temporal.

—No los retengo —respondió él, con esa voz suave que me helaba la sangre—. Solo les recomiendo encarecidamente que no se vayan. Por su bien. Y por mi tranquilidad.

Nos miró uno por uno.

—El personal del hospital está preparando unas estancias para descanso. Pasen la noche aquí y mañana aclaramos las cosas. Buenas noches.

Se marchó por el pasillo, dejando tras de sí un silencio espeso, casi eléctrico.

Ninguno de los tres habló durante unos segundos.

Iván fue el primero.

—Esto no me gusta nada.

Daniel se pasó una mano por la cara.

—A mí tampoco. Pero no podemos hacer nada ahora mismo.

Yo asentí, aunque por dentro hervía.

—Iván… no podemos arriesgarnos ahora.

Él apretó los labios.

—Si intentamos salir, solo lo empeoraremos. Y con este temporal… no llegaríamos ni al puerto.

Daniel miró hacia urgencias.

—Y no podemos dejar esto a medias. Tenemos que declarar.

Iván suspiró.

—Entonces… ¿obedecemos?

La palabra me dolió. Obedecer. Como si fuéramos culpables.

Pero la alternativa era peor.

—Sí —dije al fin—. Solo por esta noche.

Daniel me tomó la mano.

—Estamos agotados. No podemos decidir nada así.

Iván se dejó caer en la silla.

—De acuerdo. Pero no me gusta. Nada.

—A mí tampoco —admití—. Pero no tenemos elección.

Nos quedamos en silencio, mirando el pasillo vacío.

Y entonces lo entendí:

No era miedo. Era prudencia. Era supervivencia.

Obedecer no era rendirse. Era ganar tiempo.

Y esta noche… el tiempo era lo único que teníamos.

Iván sacó el móvil, respiró hondo y marcó el número de Lisa.

—¿Lisa? —dijo.

Hubo un silencio. Luego, un grito tan fuerte que incluso yo lo escuché.

Iván se apartó el teléfono del oído.

—Sí, ya estoy con ellos… —Sí, están vivos… —Sí, enteros… —No, no están enfermos… —No, tampoco secuestrados…

Daniel murmuró:

—Va bien.

Yo negué.

—Esto recién empieza.

Iván siguió:

—No, tampoco están en coma. —No te miento. —¡Lisa, por favor!

Cerró los ojos, agotado.

—Mira tú misma.

Encendió la cámara y nos apuntó. Daniel saludó con la mano. Yo intenté sonreír.

—¿Ves? —dijo Iván—. Están vivos. Lo cual, dadas las circunstancias, es un éxito.

La voz de Lisa salió temblorosa:

—¡Mamá! ¡Papá! ¿Por qué estáis otra vez en un hospital?

Daniel sonrió.

—Porque estamos en el ojo del huracán, hija. Uno muy fuerte.

—¡Papá! No es momento de bromas.

—No estoy bromeando —dijo él, señalando la ventana—. Iván, enséñale.

Lisa chilló.

—¡¿QUÉ horror?!

Iván se pasó la mano por la cara.

—Lisa, por favor. Es solo una tormenta. Cuando pase, volveremos a casa.

Me acerqué al móvil.

—No podemos salir por ahora. No por enfermedad. Por el temporal.




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