Rosa
La tormenta había pasado. No del todo —aún se escuchaban algunos golpes de viento, algún crujido lejano—, pero ya no era esa furia desatada que había sacudido el hospital durante la noche. Ahora era solo un murmullo cansado, como si el temporal también necesitara descansar.
Los primeros rayos de sol entraban por la ventana de la sala de descanso, tímidos, casi indecisos, como si no estuvieran seguros de que era buen momento para aparecer. La luz era dorada, cálida, y se extendía por el suelo como una manta fina que intentaba cubrir el cansancio acumulado.
Daniel aún dormía, con la boca entreabierta. Su respiración era profunda, pesada, como si cada exhalación arrastrara un pedazo de la noche anterior. Tenía una manta sobre los hombros que se le había resbalado a medias, y yo se la acomodé sin despertarlo.
Iván estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y los ojos cerrados. No dormía. Lo sabía porque su mandíbula seguía tensa, como si incluso en reposo estuviera preparado para saltar ante cualquier ruido. El sol le daba en la cara, iluminando las ojeras profundas y el cansancio que no había querido mostrar delante del comisario.
Yo no había podido dormir bien. Cada vez que cerraba los ojos, veía el pasillo, la mirada del comisario, la sombra de Adrián detrás de la puerta de urgencias.
Pero ahora… ahora había luz. Y la luz lo cambiaba todo.
Respiré hondo, me levanté de la cama y me acerqué a la ventana.
—Parece otro lugar —murmuré, sin saber si hablaba conmigo misma o con el sol.
Iván sonrió.
—Sí, pero no lo es —dijo—. ¿Quieres café?
Asentí, mirando el rayo de luz que entraba por la ventana. Era tan fino, tan frágil, que parecía que si respiraba demasiado fuerte podría romperlo.
Mientras Iván metía las cápsulas en la cafetera, Daniel se despertó.
—Buenos días. Parece que lo peor ya pasó —dijo, acercándose a mí.
—Sí. Ahora vamos a la comisaría, aclaramos las cosas y nos marchamos de este lugar para siempre —respondí, abrazándolo.
Y entonces, justo cuando Iván me ofreció el café, escuchamos un golpe suave en la puerta. Daniel y yo nos miramos, tensos; después de lo vivido, sabíamos que Adrián tenía la desagradable costumbre de sobrevivir a cualquier golpe que debería haber sido definitivo. Iván se incorporó de inmediato, como si esperara ver al comisario entrar de nuevo.
Pero no era Adrián. Ni tampoco el comisario.
La puerta se abrió despacio y apareció el agente Luis. Llevaba aún el uniforme, una venda gruesa rodeándole la cabeza y un tono de piel que oscilaba entre el gris y el verde. En resumen: no tenía precisamente el aspecto de alguien listo para reincorporarse al servicio.
—Buenos días… —murmuró, con una voz ronca que no recordaba.
Daniel se le acercó de un salto.
—¡Luis! ¿Qué haces fuera de la cama y uniformado?
El agente sonrió, o intentó sonreír.
—No hace falta, ya me dieron el alta. Estoy bien, pero… no podía irme sin verlos. Tenía que darles las gracias.
Yo me quedé quieta, sin saber si acercarme o no. Luis avanzó un paso, tambaleándose un poco. Iván reaccionó al instante y lo sostuvo por el brazo.
—Despacio —dijo Iván—. Siéntese, por favor.
Luis negó con la cabeza.
—No, no… estoy bien. Solo quería decirles que… —tragó saliva, emocionado— …que me salvaron la vida y yo casi los mato.
Sentí un pinchazo en el pecho. No estaba preparada para eso.
—Luis… —empecé, pero él levantó la mano.
—No, señora Vainberg. Déjeme hablar.
Luis respiró hondo, como si cada palabra que estaba a punto de decir pesara demasiado.
—Cometí un error muy grave —dijo, mirando el suelo.
Iván intercambió una mirada rápida con Daniel. Yo me acerqué un paso, despacio.
—Luis… ¿qué error?
Él levantó la vista. Y en sus ojos había algo que no había visto antes: vergüenza, culpa y miedo. Mucho miedo.
—Ese hombre… Adrián… —tragó saliva— …yo lo conocía. No como Adrián, sino como Marco.
Sentí que el aire se me escapaba del pecho.
—¿Cómo que lo conocías? —preguntó Daniel, con la voz más baja que nunca.
Luis apretó los puños, como si quisiera impedir que le temblaran.
—Es mi primo.
El silencio que siguió fue tan denso que casi dolía.
—¿Primo? —susurré.
Luis asintió, miserable.
—Hace dos días volvió a casa de mi tía. Dijo que estaba de vacaciones en un crucero, pero que había sentido nostalgia y decidió bajar del barco.
Iván soltó un suspiro incrédulo.
—¿Y le creíste?
Luis cerró los ojos, como si quisiera desaparecer.
—Sí. Le creí. No tenía motivos para dudar. Nostalgia… es algo que entiendo. No había estado por aquí en veinte años. Nunca imaginé…
Se llevó una mano a la nuca, apretando la venda.
—Nunca imaginé que era un ladrón. Que quería hacerles daño. Que me atacaría. —Su voz se quebró, y Luis se llevó una mano temblorosa a la venda, como si el recuerdo aún le doliera físicamente—. Cuando el comisario me ordenó llevarlos al pueblo, llamé a mi tía para avisarle de las gallinas. Le dije que, ya que iba hacia allí con una pareja del crucero, se las llevaría. Él escuchó todo… y preparó la trampa.
Mientras hablaba, Luis no podía mantener la mirada fija. La desviaba al suelo, luego a sus manos, luego a nosotros, como si buscara permiso para seguir. Sus hombros estaban hundidos, la respiración entrecortada, y cada palabra parecía costarle un esfuerzo enorme, casi doloroso. No había arrogancia, ni excusas, ni dramatismo. Solo un hombre roto por la culpa.
Daniel dio un paso hacia él, pero no con rabia. Con compasión.
—Luis… tú no sabías.
—Pero debería haberlo sabido —dijo él, con un hilo de voz—. Cuando lo vi en urgencias… inconsciente… y escuché lo que había hecho… entendí que yo lo traje hasta ustedes. Yo lo puse en su camino.
Yo sentí un escalofrío. No de miedo. De tristeza.
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matrimonio en crisis, diamantes robados mafia, mal entendido
Editado: 20.01.2026