Luna de miel, diamantes y cadáver

Capítulo 49. El abogado.

Daniel

El café me sabía a gloria. No porque fuera bueno —era café de hospital, saludable y triste—, sino porque estaba caliente, y después de la noche que habíamos pasado, cualquier cosa caliente era un lujo.

Rosa estaba junto a la ventana, mirando el sol como si fuera un milagro. Iván revisaba su móvil, seguramente esperando noticias de Lisa. Yo intentaba convencerme de que todo aquello estaba a punto de terminar, sobre todo después de la declaración de Luis.

Y entonces llamaron a la puerta.

Un golpe firme, seguro. No como el de Luis, tímido y avergonzado, sino el golpe de alguien que sabe que será recibido.

—¿El comisario? —le pregunté a Iván.

Él levantó la vista, con una expresión que no supe interpretar.

—Creo que no —respondió.

La puerta se abrió sin esperar invitación.

Entró un hombre alto, impecablemente vestido pese al temporal, con un maletín de cuero oscuro y un paraguas plegado que aún goteaba. Tenía el pelo peinado hacia atrás, gafas rectangulares y una expresión que mezclaba cortesía profesional con una impaciencia muy bien contenida.

—Señor Solen —dijo, inclinando apenas la cabeza.

Iván se puso de pie de inmediato.

—Gracias por venir tan rápido, Eduardo.

El hombre dejó el paraguas en un rincón, se sacudió una gota del hombro y nos miró a Rosa y a mí con una sonrisa breve, eficiente.

—Soy Eduardo Salvatierra, abogado. Ustedes deben de ser los señores Vainberg.

Rosa y yo asentimos. Yo me levanté para estrecharle la mano, pero Iván fue más rápido y se interpuso entre nosotros.

—Es amigo mío —aclaró—. Lo llamé anoche. Le expliqué que podríais tener problemas con la policía local y le pedí que viniera cuanto antes.

Rosa frunció el ceño.

—¿Pero no está todo aclarado?

—¿Han hablado con el comisario? —preguntó Salvatierra, con una sonrisa que no era exactamente una sonrisa.

—Aún no, acabamos de despertarnos —respondí, mirando a Iván.

—Sí, y mientras te esperábamos aparecieron unos detalles más —añadió él, sonriendo—. Pero un abogado nunca sobra.

El abogado dejó el maletín sobre la mesa y lo abrió con un clic preciso.

—Antes de que vayamos a la comisaría, necesito que me cuenten exactamente qué ocurrió desde que subieron al crucero. Todo. Sin omitir nada.

Rosa y yo nos miramos. Iván también.

Era extraño: después de tantas horas sintiéndonos atrapados, vigilados, sospechosos… la presencia de ese abogado me provocó una sensación nueva. No libertad. No seguridad. Más bien una ligera molestia, como si alguien hubiera encendido una luz demasiado fuerte.

Salvatierra se ajustó las gafas y nos miró con una calma que no tenía nada que ver con la del comisario.

—Y no se preocupen —añadió—. Si ese comisario intenta pasarse de listo, yo me encargo.

Rosa respiró hondo. Yo también.

No sabía si debía contar toda la verdad o solo una parte. Miré a Rosa en busca de apoyo, una señal, lo que fuera.

—Por supuesto, abogado, le contamos todo lo que sabemos —dijo ella, y comenzó a relatar la historia que horas antes le había contado a Iván.

—Entonces, cuando bajaron del crucero, ¿no vieron que Adrián… o mejor dicho, Marco… bajó también? —preguntó Eduardo, anotando algo en su libreta.

—No. Mi marido estaba muy mal y yo estaba más pendiente de él que de mirar quién bajaba del barco —respondió Rosa.

—Y usted, señor Vainberg —continuó el abogado, levantando la vista hacia mí—, ¿no vio a ningún hombre cerca de su mujer durante la celebración del combate?

La pregunta me cayó como un golpe. Me tensé.

—No… no vi a nadie —respondí, sintiendo cómo me temblaba la voz—. Estaba muy atento al combate. Me invitaron a comentarlo.

Eduardo pasó la página de su libreta.

—Señor Solen, ¿ese collar realmente tiene un valor tan desmesurado, como para cometer un crimen de sangre?

Iván dudó un instante.

—No sé qué decirte. No conozco su valor económico. Solo sé que tiene un valor muy sentimental para mi familia.

Yo no pude contenerme.

—¿Y por qué regaláis esa cosa a mi mujer, si es tan importante para vosotros? —solté, indignado.

Y sí, estaba indignado. Porque por culpa de ese maldito collar había empezado todo.

Iván bajó la mirada, con expresión culpable.

—Perdóname, Daniel. No tenía idea de que mamá iba a hacerlo. No me consultó, no me preguntó. Lo siento. Para la próxima seré más cuidadoso con estas cosas.

Eduardo cerró la libreta con un gesto preciso y la guardó en el maletín.

—Está bien. En general, todo me parece claro —dijo—. No creo que vayan a tener problemas. Ustedes son claramente las víctimas de unos ladrones.

Salimos del hospital acompañando a Salvatierra, que caminaba con paso firme, como si ya hubiera ganado un juicio antes de empezarlo. El aire afuera era otro. Después de tantas horas de encierro, la luz del sol me golpeó como un balde de agua limpia.

El temporal había desaparecido casi por completo. El cielo estaba despejado, azul brillante, y el sol salía con una fuerza casi insolente, como si quisiera borrar cualquier rastro de la noche anterior. El asfalto aún estaba mojado, pero ya empezaba a evaporarse en pequeños hilos de vapor que subían como suspiros.

—Parece que el mundo decidió comportarse justo hoy —murmuré.

Rosa entrecerró los ojos, disfrutando del calor en la cara.

—Ya era hora.

El coche de Iván, que alquiló en el puerto, estaba aparcado justo frente a la entrada. Mientras nuestro yerno subía al volante, Salvatierra abrió la puerta trasera para nosotros con un gesto casi ceremonial.

—Suban. Llegaremos en diez minutos.

Luego se sentó delante, junto a Iván. Rosa y yo atrás.

Mientras avanzábamos por la carretera, el sol entraba por las ventanillas con toda su intensidad. El paisaje parecía recién lavado: las palmeras brillaban, las fachadas húmedas relucían, y el mar, a lo lejos, tenía un color turquesa que parecía de postal.




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