Luna de miel, diamantes y cadáver

Capítulo 50. El despacho del comisario

Rosa

El despacho del comisario no era grande, pero tenía ese tipo de aire espeso que se acumula en los lugares donde se han dicho demasiadas verdades… y demasiadas mentiras. Como si las paredes guardaran historias que nadie quiere volver a escuchar.

Luis ya estaba allí, sentado contra la pared. Tenía mejor color que por la mañana, pero seguía pálido, con esa fragilidad de quien ha visto demasiado en muy poco tiempo. A su lado estaba el otro agente, el que había invitado a Daniel a comentar el combate de boxeo en el puerto. Nos saludó con un gesto tímido, casi incómodo, como si no supiera si debía sonreír o disculparse.

El comisario estaba de pie, revisando unos papeles. Cuando entramos, levantó la vista con esa calma suya que no era calma, sino control calculado.

—Siéntense, por favor.

Obedecimos. Salvatierra se colocó a mi lado, cruzando una pierna con una elegancia casi ofensiva para un despacho tan gris.

El comisario dejó los papeles sobre la mesa.

—Bien. Ya tenemos la identificación del sospechoso.

Luis tragó saliva. El otro agente bajó la mirada.

—El hombre que ustedes conocen como Adrián —continuó el comisario— no se llama Adrián. Su nombre real es Marco Costas.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Daniel apretó mi mano bajo la mesa.

—Marco Costas —repitió el comisario—. Ladrón de joyas. Fugitivo desde hace más de diez años. Buscado por Interpol por varios robos de alto perfil en Europa y Sudamérica.

Miré a Iván. No parpadeó, pero su mandíbula se tensó.

—¿Y está…? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—En coma —respondió el comisario—. Y no sabemos si despertará. Por lo tanto, no podremos interrogarlo.

El silencio que siguió fue espeso, incómodo. El hombre que había intentado matarnos, el que había manipulado a Luis, el que podía desmentir o confirmar mi mentira… estaba fuera de combate. Fuera de la justicia. Fuera de todo.

El comisario entrelazó las manos sobre la mesa.

—Por eso necesito su ayuda. Marco Costas no trabajaba solo. Siempre tenía un cómplice. Creemos que también participó en el robo de la joyería del barco. Y ese cómplice podría estar ahora en Barbados, después del naufragio del crucero. Un hombre llamado Miguel, como me dijeron antes.

Luis levantó la cabeza.

—Comisario… yo no conozco a ningún Miguel.

—Lo sé —respondió él, sin dureza—. Pero ellos sí podrían haberlo visto.

Nos miró uno por uno, como si buscara una grieta en nuestras expresiones.

—Señor y señora Vainberg —dijo finalmente—, necesitamos saber si recuerdan algo más de lo que pasó en el crucero.

Daniel y yo nos miramos. Y en ese instante, los dos recordamos lo mismo.

—Sí, señor comisario —dije despacio—. Lo contamos ayer en este mismo despacho. Cuando vi a Miguel en las noticias.

El comisario frunció el ceño. No supe si realmente no recordaba… o si era una estrategia para pillarnos en contradicción.

—¿Qué noticias?

Respiré hondo.

—Las del naufragio de nuestro crucero.

—Se lo contamos ayer —añadió Daniel—. Fue él quien me sacó la información sobre el collar de Rosa. Yo no entendí por qué estaba tan interesado. Pensé que era simplemente un hombre amable, alguien curioso. No lo relacioné con nada al principio…

—¿Y después? —preguntó el comisario.

—Después… recordé que lo vi con Adrián discutiendo por algo —respondió Daniel—. Y luego cerca de la joyería. Ayer se lo expliqué…

El comisario levantó la vista.

—¿Por qué empezaron a sospechar de él y no de cualquier otro?

Daniel tragó saliva.

—Porque… —hizo una pausa, como si aún le costara creerlo— …ayer lo vimos en las noticias del naufragio. Y su actitud no me pareció buena.

El despacho quedó en silencio.

—Apareció entre los supervivientes —continué—. Apartando a una mujer para subir primero al bote. No es un comportamiento de un buen hombre. Y además lo vimos con Adrián. Parecían más cómplices que amigos.

El comisario dejó el bolígrafo sobre la mesa, muy despacio.

—Entonces —dijo—, no están seguros. Son solo sospechas.

Salvatierra intervino antes de que Daniel pudiera responder.

—Perdone, comisario —dijo con voz firme—, pero mis clientes han aportado información relevante, no una denuncia falsa. Comprobar la implicación de ese individuo en el crimen es trabajo de la policía. Por lo tanto…

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No por miedo. Por la sensación de que, a partir de ese momento, nada iba a ser tan simple como el abogado pretendía.

El comisario levantó la cabeza muy despacio cuando Salvatierra habló. No le gustó. Se notó en la forma en que entrecerró los ojos, en cómo apretó los labios, en ese silencio que no era duda, sino irritación contenida.

—¿Perdone? —dijo finalmente, con una calma que sonaba a advertencia.

Salvatierra no se inmutó. Ni un parpadeo. Ni un gesto fuera de lugar.

—He dicho —repitió, con voz firme— que mis clientes han aportado información relevante. Y que comprobar la implicación de ese individuo es trabajo de la policía. Por lo tanto, si no hay cargos contra ellos, solicito que se les permita abandonar la isla hoy mismo.

El comisario apoyó las manos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante. No gritó. No golpeó nada. Pero la tensión en la habitación subió como la marea.

—Señor Salvatierra —dijo—, aquí no estamos en un juzgado. Estamos en una investigación policial. Y yo decido cuándo un testigo puede marcharse.

—Mis clientes no son testigos —corrigió el abogado, sin perder la sonrisa profesional—. Son víctimas. Y no existe ninguna orden que les impida viajar.

El comisario lo miró como si quisiera atravesarlo.

—Aún no he terminado con ellos.

—Entonces termine ahora —respondió Salvatierra—. Porque no pienso permitir que sigan retenidos sin motivo legal.

El comisario abrió la boca para responderle al abogado, pero Salvatierra no le dio tiempo.




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