Rosa
El puerto estaba casi vacío cuando llegamos. No era el mismo puerto que habíamos visto al llegar a la isla: aquel estaba lleno de turistas, de risas, de vendedores ambulantes y de música que salía de los bares. Este, en cambio, parecía un lugar distinto, como si la tormenta de la noche anterior hubiera borrado parte de su memoria.
El sol brillaba con una fuerza nueva, casi insolente, como si quisiera convencernos de que todo había terminado, de que la isla era un lugar amable y no el escenario de una pesadilla. Pero yo sabía que el sol también podía mentir. La luz puede ser tan engañosa como la oscuridad.
El piloto del helicóptero nos esperaba junto a la pista improvisada, con el casco bajo el brazo y una sonrisa profesional que no alcanzaba los ojos. Era un hombre joven, de piel tostada y mirada alerta, como si llevara horas anticipando problemas.
—Tenemos treinta, cuarenta minutos antes de despegar —anunció—. El viento está perfecto, pero no quiero que cambie.
Su tono no dejaba espacio para la discusión. Era evidente que quería sacarnos de allí cuanto antes. O quizá era yo la que tenía prisa por irme.
Daniel miró alrededor, inquieto. Había algo en su postura, en la forma en que movía los hombros, que me recordó al Daniel de hace años, cuando aún entrenaba a los chicos del barrio y se preocupaba por cada uno de ellos como si fueran sus propios hijos.
Luego se volvió hacia nosotros.
—Iván… ¿te importa si voy un momento al pueblo? —preguntó—. Quiero despedirme de los chicos del boxeo. Nos ayudaron mucho y… bueno, quiero darles las gracias.
Lo miré. Ese gesto era tan suyo: cerrar los círculos, honrar a quien lo había tratado bien, incluso en medio del caos. Daniel siempre había sido así. Incluso cuando la vida lo golpeaba, él encontraba la manera de agradecer.
—Voy contigo —añadí, aunque en realidad pensaba en otra cosa: en la posibilidad de recuperar el maldito collar.
Iván nos observó un instante, evaluando la situación como quien calcula un riesgo.
—Está bien —dijo al fin—, pero no tardéis. Ya oísteis al piloto.
—No es solo despedirme —añadió Daniel—. También dejé unas cosas atrás.
Cuando nos alejamos unos metros del helicóptero, me giré hacia él.
—Ve tú al pueblo —le dije en voz baja—. Yo iré a los barcos.
Daniel frunció el ceño.
—¿A los barcos? ¿Para qué?
—Para recuperar mi collar —respondí—. Quiero ver si sigue donde lo dejé.
Daniel soltó un suspiro casi dolido, como si el simple recuerdo del collar le pesara en el pecho.
—Rosa… quizá no deberíamos. Ese collar solo nos ha traído problemas.
—Lo sé —respondí, sonriendo con suavidad—. Por eso quiero devolvérselo a los Solen. Tenías razón: no vale la pena cambiar nuestras costumbres ni nuestra vida… ni siquiera a nosotros mismos, aunque nuestra hija se haya casado con un millonario.
Daniel me miró un segundo más, como si quisiera retenerme, como si temiera que la isla aún tuviera algo más que arrebatarnos.
—De acuerdo —cedió al fin—. Ve. Pero ten cuidado.
—Por supuesto, cariño —dije, devolviéndole la sonrisa—. Nos vemos aquí en veinte minutos.
Caminé por el muelle con paso firme, aunque por dentro temblaba. El sonido del agua golpeando suavemente los pilares de madera tenía algo hipnótico, casi tranquilizador, pero yo no podía dejar de sentir que cada paso me llevaba hacia un lugar donde no quería volver.
El barco estaba donde había estado antes, amarrado en la playa, silencioso, casi abandonado. La tormenta había dejado marcas: cuerdas húmedas, restos de algas, un olor a sal más intenso de lo habitual. Pero en esencia, todo estaba igual. Demasiado igual.
Me acerqué, mirando alrededor. No había nadie. Ni pescadores, ni turistas, ni curiosos. Solo el murmullo del mar y el crujido de la madera.
Subí al barco y me dirigí al lugar donde había escondido el bolso. Metí la mano entre las viejas redes y trapos.
Vacío.
El aire se me cortó.
Volví a buscar, más rápido, más desesperada. Aparté redes, levanté tablones, revisé cada rincón.
Nada.
El bolso no estaba. El collar tampoco.
Me quedé inmóvil, con la mano aún dentro del hueco, como si el tiempo se hubiera detenido. Sentí un vértigo extraño, como si el barco se moviera bajo mis pies aunque el mar estuviera en calma.
Alguien había estado allí. Alguien sabía dónde buscar. Alguien había encontrado lo que yo había escondido.
¿Adrián? ¿Me siguió? ¿Vio cómo escondía el bolso?
Sentí un sudor frío recorrerme la espalda. Pero recordé que estaba en coma. Inconsciente. Incapaz de moverse, de hablar, de hacer nada.
Entonces… ¿quién?
Me llevé una mano al pecho, intentando calmar el latido acelerado.
"¿O quizás esto es para mejor?", me pregunté. "Este collar solo trae problemas. Desde el mismísimo momento en que la madre de Iván me lo regaló. Primero pidieron que Daniel dejara la escuela, luego se me ocurrió la loca idea del divorcio, después ese desafortunado crucero. Realmente estuvimos a un paso de la muerte."
Me enderecé, me sacudí el vestido y me alejé de allí con el corazón ligero. No porque hubiera perdido el collar, sino porque, por primera vez, sentí que podía dejarlo ir.
El sol seguía brillando, insolente, como si nada hubiera cambiado.
De repente vi a Daniel caminando rápido, casi corriendo. Y en sus manos…
Mi bolso.
Me quedé inmóvil. El aire se me escapó del pecho.
—Rosa —dijo él, levantándolo un poco para que lo viera mejor—. Mira lo que encontré.
Me acerqué despacio, como si temiera que desapareciera si me movía demasiado rápido.
—¿Dónde…? —mi voz salió apenas como un susurro.
Daniel sonrió, cansado pero sincero.
—Los niños del pueblo —explicó—. Fueron a revisar los amarres de los barcos después de la tormenta. Lo encontraron flotando entre dos lanchas, atrapado en unas redes viejas.
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matrimonio en crisis, diamantes robados mafia, mal entendido
Editado: 27.01.2026