Luna de miel, diamantes y cadáver

Capítulo 52. El collar

Rosa

Volvimos a casa. Todo era tan normal, tan familiar, tan perfecto… que por un momento pensé que el maldito crucero, la isla caribeña de amantes del boxeo y los ladrones inmortales habían sido un sueño. Un mal sueño. Uno de esos que se desvanecen al despertar, dejando solo un eco borroso.

Pero el peso del collar en mi bolso me recordaba que no todo había quedado atrás. Que algunas historias no se evaporan con el sol ni con el regreso a la rutina.

Por eso, sin esperar mucho, llamé a la madre de Iván. Le pedí que viniera a la casa de Lisa e Iván para hacer una sorpresa por el nacimiento de nuestro nieto. Ella aceptó encantada, sin sospechar nada.

Esperé a que Iván y Daniel se distrajeran con la cuna nueva, discutiendo sobre tornillos y alturas como si fueran ingenieros de la NASA. Esperé a que Carol se quedara sola un instante, junto a la ventana, mirando caer la lluvia suave que anunciaba la llegada del otoño. La luz gris se reflejaba en su cabello, dándole un aire casi melancólico.

Entonces me acerqué.

—Carol —dije en voz baja—, ¿podemos hablar un momento?

Ella se giró, sorprendida pero sonriente.

—Claro, Rosa. ¿Pasa algo?

Saqué el estuche del bolso. Lo sostuve con ambas manos, como si fuera algo frágil, aunque en realidad lo que temblaba era mi interior.

—Quería devolverte esto.

Carol frunció el ceño, sin entender.

—¿Devolverme…? ¿Qué cosa?

Le tendí el estuche.

—El collar. No puedo aceptarlo. Es demasiado caro. Demasiado valioso. Estoy muy agradecida, de verdad, pero… prefiero devolvértelo.

Carol parpadeó, confundida.

—Rosa, no sé de qué hablas. Ese collar es un regalo. No tienes que…

Pero se detuvo. Algo en mi expresión debió alertarla. Tomó el estuche con cuidado y lo abrió.

El silencio que siguió fue extraño. No incómodo. Más bien… desconcertado. Como si el aire hubiera cambiado de densidad.

Carol acercó el estuche a la luz. Sus ojos se entrecerraron.

—Este… no es mi collar.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Cómo que no?

Carol levantó la vista hacia mí, sorprendida.

—Rosa, el collar que te regalé era una copia de la joya de la reina Victoria. Una copia muy buena, sí, pero una copia. La hizo el bisabuelo de mi suegro hace más de cien años. Se la regaló a su futura suegra para poder casarse con la mujer que amaba. Desde entonces, es tradición en nuestra familia entregarlo a las madres de las novias.

Me quedé inmóvil.

—Pero… este es el collar que estaba en el estuche. El mismo que llevé en el crucero. El mismo que…

Carol negó lentamente.

—No, Rosa. Este no es el mismo.

Lo sacó del estuche y lo sostuvo entre los dedos. Las piedras brillaron con una luz distinta, más profunda, más antigua.

—El nuestro tiene un engaste diferente. Y las piedras… —lo observó con atención— …estas no son de imitación.

Me quedé sin palabras.

—¿Entonces… qué es?

Carol respiró hondo.

—No lo sé. Pero si no es el nuestro… entonces podría ser otra copia, pero mucho más cara y auténtica. O…

Se detuvo. Me miró con una mezcla de incredulidad y temor.

—O podría ser una joya real de la reina Victoria.

Sentí que el mundo se inclinaba un poco bajo mis pies.

—¿Real? ¿Quieres decir… pertenecía a la misma reina Victoria?

Carol cerró el estuche con un clic suave.

—No quiero precipitarme. Pero este collar no es el que te di. Y si es una joya auténtica de la reina… su valor sería incalculable. Sobre todo, su valor histórico.

Me llevé una mano al pecho. El aire se me escapó.

—Pero… ¿cómo llegó a mí?

Carol me miró con una expresión que no olvidaré jamás: una mezcla de compasión, sorpresa… y un leve, muy leve, destello de miedo.

—Rosa… ¿estás segura de que nadie más tuvo acceso a él?

Pensé en la isla. En el barco. En Miguel. En Adrián. En las palabras que me dijo sobre ser “camello”. En todo lo que habíamos vivido. En todo lo que no entendíamos.

Y comprendí que la historia no había terminado. Que quizá nunca terminaría del todo.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó Daniel, entrando en el salón.

Carol cerró el estuche y lo sostuvo entre sus manos.

—Sí —respondió ella, con una sonrisa tranquila que no llegaba a sus ojos—. Todo bien.

Pero yo sabía que no era cierto.

Daniel nos miró, primero a ella, luego a mí.

—¿Qué pasa? —preguntó, sin levantar la voz, pero con esa seriedad que me atraviesa siempre.

Carol respiró hondo.

—Daniel… este collar no es el que yo le regalé a Rosa.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—No es el mismo —repitió ella—. El nuestro era una copia familiar. Este… podría ser una joya muy valiosa.

Daniel me miró entonces, como si buscara una explicación que yo no tenía.

—Por eso esos ladrones querían matarnos, Rosa.

—Probablemente —respondí—. ¿Qué hacemos ahora?

Daniel guardó silencio unos segundos. Podía ver cómo su mente encajaba piezas, cómo volvía mentalmente a la isla, al barco, al naufragio, a Miguel, a Marco, a todo lo que habíamos vivido.

Y entonces lo dijo.

—Tenemos que entregarlo a la policía.

Carol abrió los ojos, sorprendida. Yo también.

—Daniel… —susurré.

Pero él ya estaba decidido.

—Rosa, si este collar no es el de la familia Solen, entonces pertenece a alguien más. Y si es auténtica joya… —miró el estuche como si fuera una bomba— …su valor debe ser enorme. No podemos quedárnoslo. Ni siquiera podemos guardarlo. Tenemos que entregarlo.

Carol asintió lentamente.

—Estoy de acuerdo —dijo—. Esto es demasiado serio para manejarlo en casa.

Yo miré el estuche. Ese pequeño rectángulo de terciopelo que había cruzado tormentas, manos desconocidas, barcos hundidos y secretos que aún no entendíamos.

—¿Y si…? —intenté decir—. ¿Y si entregarlo nos mete otra vez en problemas?

Carol me tomó la mano.




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