Luna de miel, diamantes y cadáver

Epílogo. La Navidad extraña

Rosa

La casa de campo de Lisa e Iván estaba llena de vida. Afuera, el invierno envolvía todo en un blanco impoluto y frío, pero dentro… dentro había luz de colores, calor de chimenea y olor a canela. Daniel y yo habíamos llegado temprano para ayudar con la decoración. Él y su yerno se peleaban con el árbol —demasiado grande para la sala, aunque Lisa insistía en que ese era el perfecto— mientras yo me ocupaba de la mesa junto con la niñera, empeñadas ambas en que todo quedara impecable para la primera Navidad de nuestro nieto. La primera Navidad, también, de la unión real de nuestras dos familias.

Michel dormía en su moisés, con las manitas cerradas en puños diminutos. Cada vez que hacía un ruidito, Daniel dejaba lo que fuera para correr a cogerlo en brazos, como si temiera perderse un gesto, una mueca, un parpadeo. Iván competía con él en devoción.

Yo también lo miraba, pero con otra sensación. Una mezcla de ternura y alivio. Con la llegada de ese pequeño, había olvidado por completo el collar, la isla, los ladrones, el miedo. Todo parecía tan lejano, tan ajeno a esta casa cálida donde solo existía la familia.

Lisa preparaba chocolate caliente en la cocina. Iván echó más leña al fuego y se unió a su mujer. La música navideña sonaba bajito, como si no quisiera interrumpir la paz.

—Mamá, ¿puedes poner las velas rojas? —me pidió Lisa desde la cocina.

—Voy —respondí, sonriendo.

Estaba colocando las velas cuando sonó el timbre. Un sonido claro, alegre, que resonó en toda la casa.

—Ya están aquí —dijo Iván, limpiándose las manos en el delantal.

Daniel dejó al pequeño en su cuna portátil y se acercó a la puerta.

Todos pensábamos lo mismo: los Solen han llegado.

Y sí, llegaron. Pero no solos.

Cuando Daniel abrió la puerta, el aire frío entró junto con cuatro figuras.

Primero, Carol y su marido, elegantes como siempre. Detrás de ellos, un hombre impecablemente vestido, con abrigo largo y guantes de cuero. Y junto a él, otro hombre en uniforme militar británico, sosteniendo una caja roja con ambas manos.

La sala quedó en silencio.

En ese instante, un escalofrío me recorrió la espalda. Fue tan rápido y tan helado que tuve que apoyarme en la mesa para no perder el equilibrio. Recordé de inmediato el maldito collar. El crucero. Los ladrones. La isla. Todo volvió como un golpe seco en el pecho.

Por un segundo, pensé que habían venido por nosotros. Que la pesadilla no había terminado. Que la Navidad iba a romperse en mil pedazos justo delante de mi familia.

—Buenas tardes —dijo el hombre del abrigo, con un acento inglés perfecto—. Lamento presentarme sin previo aviso. Soy el asistente del embajador británico.

Daniel parpadeó, sorprendido.

—¿El embajador…?

—No hicimos nada malo —murmuré, casi sin voz.

El militar dio un paso adelante y abrió la caja roja. Dentro, sobre terciopelo azul oscuro, brillaba una medalla dorada.

—Señora Vainberg. Señor Vainberg —dijo el asistente—. El gobierno británico desea expresarles su gratitud por la devolución de una joya robada hace varios años de la Casa Real británica.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—No fuimos nosotros… —susurré, convencida de que iban a culparnos de algo.

El asistente sonrió con cortesía.

—Sí. La pieza que ustedes entregaron a través de la señora Solen. Una joya de la colección privada de la reina Victoria, desaparecida desde 1898. Su recuperación ha sido considerada un acto de extraordinaria integridad.

Daniel me tomó la mano. Yo apenas podía respirar.

El militar levantó la medalla con solemnidad.

—En nombre de Su Majestad, el Rey, les otorgamos la Medalla de Honor al Civismo Internacional.

Lisa se tapó la boca con las manos. Iván abrió los ojos como platos. Carol sonreía con orgullo, como si hubiera sabido desde el principio que algo así podía ocurrir.

Daniel, en cambio, parecía no saber si reír o llorar.

—Nosotros… no hicimos nada extraordinario —dijo él, con la voz temblorosa—. Solo devolvimos algo que no era nuestro.

El asistente inclinó la cabeza.

—Precisamente por eso. En un mundo donde muchos habrían elegido lo contrario, ustedes eligieron lo correcto.

El militar colocó la medalla en mi mano. Era pesada. Más de lo que imaginé. Como si llevara dentro toda la historia que había sobrevivido.

—Gracias —logré decir—. De verdad… gracias.

—Feliz Navidad, señora Vainberg. Feliz Navidad, señor Vainberg —dijo el asistente antes de marcharse.

Cuando cerramos la puerta, la casa quedó en silencio unos segundos. Luego, Lisa dio un paso adelante, cruzó los brazos y exigió explicaciones, porque aquella visita —tan formal, tan inesperada— no tenía ningún sentido para ella.

Yo abrí la boca, dudando entre contar la verdad o solo una parte, pero Carol se adelantó. Su voz sonó firme, casi ceremoniosa.

—Cuando Rosa me enseñó ese collar —comenzó—, supe de inmediato que no era el mismo. La joya familiar la conozco desde siempre. Es tradición en nuestra familia, un símbolo que pasa de generación en generación. No podía confundirla.

Lisa frunció el ceño.

—Entonces me puse en contacto con el señor Connor —continuó Carol—, un experto en joyas históricas. Le pedí que hiciera un estudio completo. Y lo que descubrió fue… sorprendente.

El silencio se volvió denso.

—El collar que Rosa me enseñó —dijo Carol— es auténtico. Una joya real de la reina Victoria. Desaparecida hace más de cien años. Cuando lo supe, contacté con la embajada británica. Ellos también se sorprendieron: ya no tenían esperanzas de recuperarlo. Pensaban que había acabado en alguna colección privada.

Daniel me miró con esa expresión suya que mezcla amor, incredulidad y un toque de humor.

—Rosa… —susurró—. ¿Te das cuenta de que casi morimos por una joya de la reina Victoria?

—¡Espera, no entiendo nada! —exclamó Lisa, levantando las manos—. ¿Cómo acabó ese collar en vuestras manos?




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