El sol caía en un ángulo perfecto sobre el resort, bañando de oro las palmeras y de calor a los turistas. Lucía pensó que el Caribe tenía la cruel habilidad de parecer feliz, incluso cuando uno no lo estaba.
Ese día y parte del siguiente habían sido muy productivos. Su mente se mantuvo bastante ocupada entre la organización logística de la boda, las sesiones de fotos de Damián y las actividades de pareja del paquete, que por fortuna habían consistido en juegos de voleibol en la playa y competencias de nado. Lucía había logrado lo que quería: desconectar su cerebro de la realidad del torbellino que había vivido y de la desconcertante realidad que la esperaba en pocos días.
Mientras revisaba su lista de tareas para la boda junto a Giulia y Álvaro, un altavoz rompió su concentración:
—¡Parejas inscritas en la actividad de conexión corporal, favor de dirigirse al pabellón de yoga frente al mar!
Lucía frunció el ceño.
—¿Conexión corporal? ¿Qué es eso, Damián? No lo vi en la lista de actividades.
Él, con su eterna sonrisa burlona, se encogió de hombros.
—Debe ser una de esas experiencias románticas que te venden como «espirituales» pero que en realidad implican sudar y tocar gente desconocida.
—Perfecto.
—Vamos.
—¿Vamos? ¿A dónde?
—Claro, mis tortolitos —insistió Giulia—. Deben participar. Mi amore y yo estuvimos en esa clase ayer y fue… —le hizo ojitos a Álvaro y le acarició la mejilla— la clase les ayudará a entrar en sintonía con el espíritu del amor a niveles divinos.
—Les recomiendo tener la llave la cabaña a mano… —aportó Álvaro con la misma cara de satisfacción que su novia.
Lucía y Damián se miraron incrédulos. Ella tragó saliva, sospechando que se aproximaba una situación incómoda.
—No estoy vestida para hacer yoga.
—Yo tampoco —respondió, señalando su camiseta blanca y el pantalón de lino—. Pero prometo no juzgar tus posturas si tú no juzgas las mías.
Lucía entornó los ojos, odiaba que todo lo tomara a chiste.
El pabellón estaba montado sobre una tarima de madera frente al mar, donde la brisa se colaba entre las cortinas blancas como si también quisiera presenciar el espectáculo. Una instructora con sonrisa eterna y un micrófono que convertía cada «namasté» en un eco celestial les dio la bienvenida. El grupo era una mezcla pintoresca de enamorados: algunos recién casados, otros en luna de miel, y ellos… una farsa bien maquillada.
Lucía y Damián se ubicaron al fondo, intentando pasar desapercibidos entre las parejas radiantes y enamoradas… algo que ellos definitivamente no eran.
—Hoy trabajaremos yoga en pareja —anunció—. Equilibrio, confianza, unión. El dejarse caer sin miedo… y el permitir que otro te sostenga.
Lucía lanzó a Damián una mirada filosa.
—Ni se te ocurra hacer chistes —advirtió.
—¿Yo? Soy la serenidad hecha hombre —respondió él con una mano en el pecho. Su expresión decía lo contrario.
La instructora pidió que se formaran en parejas.
—Vamos a empezar con la postura de «Árbol sostenido». Uno será la base; el otro, el árbol.
—Tú eres el tronco —dictaminó Lucía sin margen de negociación.
—Siempre supe que estaba destinado a ser mobiliario —suspiró él.
Ella tuvo que morderse el labio para no reír.
Damián se colocó firme, una pierna anclada al suelo, la otra apenas levantada. Lucía apoyó sus manos sobre sus hombros para equilibrarse mientras elevaba una pierna y la colocaba con cuidado sobre el muslo de él. Su torso quedó muy cerca del suyo.
Demasiado cerca.
—No te caigas —murmuró ella, sin mirarlo.
—Si me caigo, te llevo conmigo.
Lucía inhaló. Mala idea. Podía oler su perfume. Masculino. Distractor. Peligroso.
—Ahora, tóquense las palmas. Miren a los ojos —indicó la instructora.
Sus manos se rozaron. Él levantó una ceja.
—Esto es definitivamente un deporte de contacto —dijo él, intentando sonar relajado, aunque le latía el pulso en la garganta.
—Damián…
—¿Sí?
—Respira y cállate.
Ella intentó mantener la postura. Él también. Pero Lucía perdió el equilibrio primero, y, en un intento desesperado por no caer, se aferró a su cuello. Damián la sostuvo por la cintura.
Y de repente, estaban pegados. Pierna contra pierna. Pecho contra pecho. Respiración contra respiración.
El tiempo se hizo lento. El mar pareció guardar silencio.
—No me juzgues —susurró él—. El yoga jamás fue mi fuerte.
—Nadie está juzgándote —mintió ella, ruborizada.
La instructora, encantada con el desastre, aplaudió:
—¡Muy bien! Pasemos a Front Bird. Uno será la base, el otro… confiará plenamente.
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Editado: 28.11.2025