El resort amaneció envuelto en una calma engañosa. En la playa, los ayudantes clavaban estructuras de madera y decoradores iban y venían con cintas de lino, flores blancas y linternas de cristal. El mar parecía más azul que nunca, como si se preparara también para presenciar la boda de Giulia y Álvaro.
Lucía observaba desde lejos, con una carpeta en la mano y el ceño concentrado. No había dormido bien. Compartir la cama con su esposo falso se hizo más incómodo que nunca.
Ninguno de los dos volvió a mencionar el beso. Ni una palabra, ni una broma, ni una mirada que lo recordara. Pero el silencio entre ellos tenía un peso distinto, más denso, como si ambos fingieran que nada había pasado mientras todo lo había cambiado.
—Necesitamos que las flores del arco lleguen antes del mediodía —pensó en voz alta, revisando su lista.
—Anotado —respondió Damián desde detrás de la cámara, apuntando el lente hacia la estructura del altar—. Pero creo que las flores te están ignorando.
Lucía se giró, arqueando una ceja.
—¿Por qué dices eso?
—Porque llevo diez minutos fotografiándote, y no creo que nadie esté mirando las flores.
Ella exhaló, conteniendo una sonrisa.
—Cínico.
—Profesional —corrigió él, aunque en el brillo de sus ojos había algo más que trabajo.
Lucía volvió la vista hacia el altar. El lugar se veía perfecto: un camino de arena bordeado de pétalos, sillas de mimbre y un arco cubierto de orquídeas y tul. Todo parecía sacado de un catálogo de amor eterno.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo ella, rompiendo el silencio—. Que todo esto… me sigue gustando. A pesar de todo.
—A pesar de que el amor es una campaña publicitaria bien montada —comentó él, con una media sonrisa.
—Exacto. —Lucía lo miró de reojo—. Pero qué puedo decir… algunos todavía caemos en la trampa.
Damián bajó la cámara.
—Al menos eres honesta. La mayoría sólo se engaña con flores y discursos.
—Y tú prefieres esconderte detrás del lente —replicó ella, sin perder el tono tranquilo.
Él la observó un segundo más de lo necesario, y luego volvió a disparar la cámara.
Click. La foto capturó a Lucía con el viento levantándole el cabello y la expresión serena de quien aún cree, aunque no quiera admitirlo.
Más allá, Giulia llegó corriendo con un vestido corto y una carpeta llena de notas en italiano.
—Lucía, ¡menos mal que estás aquí! El florista cambió las orquídeas por lirios. ¡Y el pastelero dice que el glaseado rosa no combina con el cielo!
—Tranquila, Giulia —dijo Lucía con una calma que no sentía—. Todo estará bien antes de las cinco.
Damián tomó algunas fotos del caos con una sonrisa divertida.
—Debería escribir un libro —comentó—. «Cómo sobrevivir a una boda sin creer en el amor».
—Podrías incluir un capítulo sobre cómo fingir ser el esposo de tu wedding planner suplente —contestó Lucía.
Él se rió.
—Sería el más vendido.
Ambos se quedaron un momento en silencio. El sonido del mar llenó el espacio entre ellos. Lucía sintió ese pequeño tirón en el pecho otra vez, el que no sabía si era nostalgia o peligro.
***
El atardecer cayó como un velo dorado sobre la playa. Las luces comenzaron a encenderse una a una, los invitados eran pocos y tomaban sus lugares, y la brisa movía suavemente los pétalos que marcaban el camino hacia el altar.
Lucía repasaba mentalmente cada detalle: el arco de flores, la música, los invitados, el champagne frío. Todo estaba en orden. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una calma dulce.
A su lado, Damián ajustaba la cámara, probando el enfoque mientras la observaba de reojo. Había algo en ella, en su concentración, en su sonrisa serena, que lo desarmaba.
«Esta mujer todavía cree en el amor», pensó, «Y eso la hace infinitamente más valiente que yo».
—¿Lista para otro milagro logístico? —preguntó él, sin dejar de mirar por el visor.
—Lista para demostrar que incluso el caos puede ser hermoso —respondió ella, con una sonrisa ligera.
El cuarteto de cuerdas comenzó a tocar, y la ceremonia inició. Giulia, la novia, caminó radiante hacia el altar, tomada del brazo de su padre. Lucía la miró emocionada. Sintió que algo se cerraba dentro de ella, una herida que había llevado demasiado tiempo abierta. Había venido de fracasar en su boda, pero esa tarde estaba ayudando a hacer realidad una boda verdadera.
«Tal vez el amor no está roto», pensó. «Tal vez sólo elegí a la persona equivocada».
Damián capturó justo ese momento. El rostro de Lucía iluminado por la puesta de sol, con una sonrisa suave que no tenía nada que ver con la boda frente a ella, sino con algo mucho más íntimo.
Cuando la pareja se besó y los aplausos llenaron la playa, Lucía respiró profundo.
Y Damián, detrás de la cámara, no pudo evitar pensar que la foto perfecta no era la de los novios… sino la de ella.
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Editado: 28.11.2025