Luna de Miel sin Novio

Capítulo 15  El descubrimiento

La luz entró suave por la ventana cuando todavía no eran las siete. Damián abrió los ojos antes que Lucía. Lucía dormía boca abajo, la mejilla hundida en la almohada, el cabello derramado como un caos perfecto. Respiraba con una calma que él no recordaba haber visto en ella.

Algo se le apretó en el pecho. Algo que no había pedido. Algo que no sabía manejar. Volteó hacia su mesita. Su celular tenía una notificación de la revista. El plazo de entrega vencido. El artículo esperando. El Damián viejo tirándole del cabello.

Damián apretó los dientes.

«No puedo entregar eso. No después de lo que pasó anoche. No después de ella».

Se levantó con cuidado de no despertarla. Tomó su laptop del escritorio y la abrió. Allí estaba el maldito artículo, listo para enviarse, perfecto, crudo, brillante, y… cruel, titilando como un recordatorio de quién había sido… y como una burla de quién estaba empezando a ser.

Su artículo. El que destripaba la idea del amor. El que usaba a Lucía como ejemplo de ingenuidad patética y la retrataba como injustamente como una mujer torpe y ciega en cuestiones amorosas.

Un pellizco de culpa le atravesó la garganta.

«Ella merece otra versión de mí. Aunque sea tarde».

Respiró hondo, frotándose el cuello. Una idea tímida, improbable, lo cruzó: Reescribirlo desde cero. Quiso negarlo. No podía. Quiso justificarlo. Tampoco podía. Quiso huir de la pantalla. Pero esta vez no.

Miró la cama antes de sentarse a escribir. Lucía seguía dormida, abrazada a la sábana con los dedos apretados, como si guardara un sueño que no quería soltar.

Impulsado por algo torpe y hermoso, llamó al servicio del hotel.

—¿Podrían traer desayuno para dos? —murmuró, en un tono más suave del que esperaba—. Y… ¿pueden añadir un ramo de rosas? Es para sorprender a mi esposa.

Le dio una vergüenza cálida decir «esposa». Como si de pronto deseara que no fuese mentira.

Mientras esperaba, abrió un archivo nuevo. La pantalla en blanco lo desafió, pero por primera vez, no le tuvo miedo. «Quizá no sé escribir sobre el amor… pero puedo evitar escribir sobre destruirlo».

Tiempo después, un golpe torpe sonó en la terraza. Luego otro. Y después, una voz conocida:

—¡Ay! Esto pesa más de lo que parece… —se oyó la voz de Nico, que ese día asumía la función de servicio a la habitación.

Su torpeza lo hizo chocar el carrito de los utensilios con una de las sillas de la terraza, causando ruido.

Damián se levantó sobresaltado. No quería que Lucía despertara antes de tiempo. Salió rápido hacia la terraza para evitar que Nico derribara otro mueble. En la prisa, creyó haber minimizado el documento. No lo hizo. El artículo antiguo quedó completamente visible.

Los sonidos despertaron a Lucía. Se estiró lentamente, todavía sintiendo en la piel los rastros de la noche anterior. Sonrió sin querer. Tenía el cuerpo leve, el alma confundida, pero en paz. Alargó la mano hacia el otro lado de la cama, pero estaba vacío.

—¿Damián? —murmuró, adormilada.

No hubo respuesta. Se incorporó, buscándolo con la mirada, y escuchó las voces en la terraza y el inconfundible choque de utensilios de alguien demasiado entusiasmado para trabajar ahí. Alargó el brazo y tomó la camiseta de Damián del suelo y se la puso. El olor de él la golpeó suave y cálido. Sonrió otra vez.

Se puso de pie y caminó en dirección a la terraza. Entonces vio la laptop abierta sobre el escritorio y un título llamó su atención: «El fracaso del amor romántico: un caso reciente».

Sintió un pequeño frío en la espalda. Se acercó a la computadora. «No lo leas», le dijo una parte de ella, pero sus dedos ya habían tocado el mouse. El texto apareció completo. No tuvo que leer mucho. Cada frase era un golpe seco.

Hablaba de una mujer ingenua, que seguía creyendo en el amor a pesar de haber sido abandonada en el altar. Una mujer «torpe en su insistencia romántica». Una mujer que idealizaba un concepto inexistente del amor, que no veía la realidad, que se engañaba a sí misma. Una mujer «aferrada a ilusiones ridículas». Aquella era su historia. Sus heridas. Su vergüenza. Servidas como carnada para un artículo cínico. Una traición.
Una exposición cruel de lo que él sabía que la hería más.

Un nudo le subió al pecho.

—No… —susurró, sintiendo la traición como una ola helada.

Leyó. Y siguió leyendo. Hasta que ya no pudo ver por las lágrimas.

Sus manos temblaron sobre el borde del escritorio.

En ese momento, Damián entró por la terraza con el ramo de rosas y una sonrisa nerviosa.

—Te traje desayuno y flores. Quería sorpre…

Se congeló. La sonrisa cayó al suelo. Lucía se dio la vuelta y lo miraba con los ojos rojos, sin maquillaje, sin defensas. Herida con la cruel verdad. Rota. La laptop seguía abierta detrás de ella.

—Lucía… —dio dos pasos. El color se le fue del rostro—. Déjame explicarte.

Ella retrocedió uno.

—¿Explicarte qué? —su voz tembló, pero no se rompió—. ¿Que yo era… material para tu artículo?




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