Luna de Miel sin Novio

Capítulo 16 Caos

Lucía pasó gran parte de la mañana encerrada en la cabaña, intentando calmar el torbellino que llevaba en el pecho. Cada vez que pensaba en el artículo de Damián, algo se le retorcía por dentro. Y cada vez que pensaba en lo que había pasado la noche anterior… bueno, ahí se le retorcía otra cosa.

Se debatía entre terminar su estadía en el hotel y regresar a su oscura realidad en la que era la novia viral de TikTok plantada en el altar o agotar los días que le quedaban manteniendo ante el público la farsa de un matrimonio con el infame fotógrafo.

Necesitaba aire. Una respuesta. Un milagro. O una siesta.

Pero justo cuando se disponía a hundirse en la cama, el teléfono de la habitación sonó con ese timbre agudo que jamás sonaba cuando una necesitaba que sonara.

—¿Sí? —respondió, apagada.

—Buenos días, señora Hernández —dijo la recepcionista con una amabilidad que sonaba patrocinada por algún curso de hotelería de YouTube—. La estamos llamando porque tenemos pendiente su firma en el registro de actividades. Su pareja ya seleccionó la actividad en la que van a participar. Es la sesión de convivencia romántica de las 11. Necesitamos confirmar la asistencia de ambos.

Lucía parpadeó.

—¿Mi… pareja?

—Sí, el señor Hernández. Muy amable, por cierto. Y guapo. Felicidades.

Lucía abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. «¿Cómo se atreve? Pero no le va a salir lo que sea que esté planeando, no va a obligarme a hablar con él».

—Voy para allá —dijo, colgando de inmediato.

Mientras caminaba hacia recepción, repetía mentalmente una lista de insultos creativos para él. Le serviría para no llorar… o para llorar con propósito.

El lobby estaba animado, como si no hubiera corazones partidos ni autores idiotas ni exnovios traicioneros en un radio de cientos de kilómetros. Un grupo de turistas reía fuerte, una pareja posaba para una foto, alguien comía nachos a las nueve de la mañana.

Todo normal. Hasta que no lo fue.

La recepcionista sonreía como si fuera un comercial de dientes. Y delante del mostrador, apoyado con falsa casualidad, estaba él. El sol que se colaba lo iluminaba como si hubiera contratado su propia iluminación dramática.

Ahí estaba Daniel. El hombre que la había dejado plantada, que había desaparecido, y que ahora estaba parado en el lobby de un hotel donde no tenía absolutamente nada que hacer.

Lucía se congeló. Sintió que el corazón le caía al estómago… y el estómago a los pies.

Daniel la vio primero. Era el mismo rostro que ella había amado durante años. La misma sonrisa arrogante que antes le parecía irresistible… y ahora le recordaba demasiado dolor.

—Lucía —dijo, caminando hacia ella como si el lobby fuera un campo de flores y no una zona de desastre emocional.

—¿Qué haces aquí? —soltó ella, retrocediendo un paso.

—Vine porque… —Daniel se detuvo a medio metro. Tenía ojeras, la camisa arrugada y esa expresión de hombre arrepentido versión premium— vine porque cometí un error enorme. No debí soltarte. No debí alejarme. Necesito que me escuches.

Lucía abrió la boca para contestar, pero antes de emitir un sonido, una voz detrás de ella casi la hace chocar con la mesa de folletos.

—¡Señora Hernández! —exclamó Nico, llegando con actitud de mensajero de novela mexicana—. El señor Hernández la está buscando. Tiene cara de que lo dejaron sin desayuno y sin esposa.

Lucía deseó evaporarse. O evaporar a Nico. Cualquiera de las dos opciones era válida.

Daniel frunció el ceño.

—¿Señora… qué? —Era su apellido y no comprendió por qué la llamaban así y por qué había un señor Hernández, si ese debía ser él.

Ella sintió cómo el sudor frío le recorría la espalda.

Antes de que pudiera explicarse, justificarse o tirarse al suelo fingiendo un desmayo, una tercera voz entró en escena:

—Lucía.

Damián.

Por supuesto. Porque esa mañana claramente estaba patrocinada por el Departamento Internacional del Caos Sentimental.

Damián se detuvo junto a ella, sin tocarla, pero demasiado cerca como para que el mensaje fuera ambiguo.

—Necesitamos hablar —dijo, serio. Muy serio.

Daniel lo miró de arriba abajo.

—¿Y tú quién eres? —preguntó, con tono territorial de macho que acaba de ver un letrero de «se vende» sobre su ex.

Nico, otra vez metiendo la pata como si cobrara por palabra:

—Él es su esposo, señor.

Silencio.

Lucía habría jurado que hasta el aire del lobby dejó de circular para ver qué pasaba.

Daniel dio un paso adelante, con la cara desencajada.

—¿Tu… esposo?

—Daniel… —intentó decir ella.

—No —interrumpió él, señalando a Damián con incredulidad, como si señalara un cesto de basura—. No puedes estar casada. ¿Desde cuándo? ¿Cómo? ¿Con él?




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