Luna de Miel sin Novio

Capítulo 17 Explosión

El trayecto desde recepción hasta la entrada del hotel le pareció eterno a Lucía. No porque estuviera lejos, sino porque cada paso la empujaba hacia una conversación que preferiría evitar. Sentía el enojo latiéndole en el pecho, mezclado con un cansancio que parecía acumulado desde semanas antes. Y debajo de todo eso, escondido como una sombra que no quería reconocer, estaba el miedo: el miedo a que Daniel volviera a manipular la situación, a hacerla dudar, a romper lo poco que había logrado recomponer.

Damián caminaba a su lado, silencioso. No había dicho ni una palabra desde que Daniel se marchó con esa amenaza melodramática digna de novela barata. No hubo un «te lo dije», ni un «¿ves quién es el idiota?». Nada. Sólo su respiración tranquila… demasiado tranquila para el tornado emocional que acababan de dejar atrás. Esa calma suya, por alguna razón, la sostenía sin que él lo supiera.

—Puedes irte si quieres —murmuró ella, sin mirarlo.

—¿Quieres que me vaya?

—No sé.

—Entonces me quedo.

Así de simple. Y así de confundida se quedó ella, sintiendo una extraña mezcla de alivio y vulnerabilidad que no esperaba.

Cuando cruzaron las puertas de cristal del lobby, el viento cálido del exterior chocó con el aire frío del hotel. La entrada estaba más concurrida de lo habitual; turistas cargando maletas, Nico fingiendo que estaba trabajando y que no escuchaba nada y la puerta automática abriéndose y cerrándose como si marcara el ritmo de la tensión.

Leticia estaba allí, parada junto a una fuente con cisnes en el centro. Tenía una pose de agente federal encubierto. Llevaba jeans, una camiseta que decía «Drama is my cardio» y arrastraba una maleta rosa golpeada por la vida. Lucía sintió un pinchazo en el pecho: Leticia podía desesperarla… pero también evitaba que se derrumbara.

—¡Ah, POR FIN! —exclamó ella, abriendo los brazos como si Lucía regresara de una misión en Afganistán.

—Leti… —Lucía la abrazó—. ¿Qué haces aquí?

Leticia la sujetó por los hombros. Sus ojos estaban cargados de culpa, cariño… y el clásico brillo de alguien que tiene un chisme a punto de reventarle en la lengua.

—Ok. Lo diré de una vez porque si no reviento como globo de fiesta infantil: LA CAGUÉ. Nivel histórico. Me podrían declarar patrimonio nacional de la metida de pata.

—¿Qué hiciste? —preguntó Lucía, aunque ya tenía una mala corazonada.

Leticia miró a Damián, luego al cielo y finalmente a Lucía.

—¿Este es el esposo falso del que me hablaste? ¿El fotógrafo que odia el amor? Está más guapo en persona.

Lucía cerró los ojos un segundo. Damián apenas curvó la boca en una mueca que casi era una sonrisa.

—Leticia…

—Perdón, perdón. Estoy nerviosa. Yo… —tomó aire— Daniel me llamó. Me dijo que estaba arrepentido, que quería hablar contigo, que estaba confundido, que bla, bla, bla… y yo… yo pensé que tal vez merecía otra oportunidad. Que después de tantos años juntos quizás… no sé, pudieran aclarar las cosas. Quise ayudar. Y ayudé… al desastre.

Lucía suspiró. Pesado.

—Le dijiste dónde estaba.

—¡Sin querer! Sólo dije que estabas en el hotel «donde hubieran pasado la luna de miel». Se me salió. Fue como… una fuga emocional. No lo pude evitar.

Lucía contó hasta cinco. Hasta diez. Hasta veinte. Nada. Seguía igual de indignada.

—Leticia… ¿POR QUÉ HABLAS?

—¡No sé! ¡Es mi condición! Cuando estoy nerviosa hablo, cuando estoy tranquila hablo, ¡cuando duermo hablo! —Se llevó la mano al pecho—. Pero vine a ayudarte. Y también vine a decirte otra cosa…

Lucía no alcanzó a preguntar qué, porque el taxi que había traído a Leticia seguía estacionado. El motor hacía un ruido grave, constante, y ella percibió una silueta moviéndose dentro. No le dio importancia… hasta que fue demasiado tarde.

La puerta lateral del hotel se abrió de golpe. Daniel salió como si hubiera estado escondido detrás de una planta, ojos tensos, teléfono en mano, respiración alterada.

—¡Lucía! —gritó mientras avanzaba.

Leticia murmuró:

—Ay, Dios. Yo sólo vine a complicar el asunto.

—LO SÉ —respondió Lucía sin mirarla.

Daniel se detuvo frente a ellos, ignorando a Leticia y Damián.

—Tenemos que hablar.

—Ya hablamos —respondió Lucía, cruzándose de brazos.

—No de esto —insistió él, dando un paso más cerca—. Necesito que escuches la razón por la que te dejé plantada, antes de que tu prima chismosa te diga lo que no es.

Leticia abrió los ojos ofendida. Damián apretó la mandíbula. Lucía sintió un golpe seco en el estómago.

—No tienes nada que decir que cambie lo que hiciste —dijo ella.

—Sí lo tengo —respondió Daniel, con una voz que temblaba—. Algo que no sabía cómo decirte antes.

Lucía soltó el aire lentamente. Parte de ella quería huir. Otra parte necesitaba terminar con todo. Pero antes de que pudiera responder, Damián se adelantó un paso. Lucía sintió la sorpresa como un chispazo: ese gesto… esa protección… no era la frialdad profesional que ella esperaba de él.




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