Lucía no estaba segura de en qué momento exacto la situación había dejado de ser un drama romántico fallido para convertirse en una tragicomedia pública, pero sospechaba que fue justo cuando la secretaria apareció gritando como un huracán legalmente capacitado para destruir reputaciones.
El silencio que siguió fue tan denso que podía sentirse en la piel. Hasta los turistas que entraban y salían del hotel bajaron la voz, como si la escena tuviera su propia gravedad. El viento cálido del Caribe hacía que las palmeras se mecieran como si disfrutaran del espectáculo. El sonido del taxi todavía encendido llenaba el fondo, junto con murmullos y pasos.
Daniel retrocedió un paso, casi imperceptible, pero suficiente para delatar su miedo. Leticia lo notó de inmediato.
—Uff —susurró ella—. Ese es el paso del «me descubrieron». Veamos si yo soy chismosa o un ángel portador de verdad.
La secretaria, cuyo maquillaje corrido daba la impresión de que había llorado, sudado o ambos, se plantó frente al grupo con una determinación que hacía ver a Leticia como una aficionada del drama.
—Te advertí —repitió, con voz temblorosa pero firme—. Te dije que no iba a cargar sola con esto.
Lucía sintió que una parte de ella quería explotar, otra desmayarse, y otra reírse de lo absurdo de todo. Pero se mantuvo inmóvil, observando. Por primera vez no reaccionó desde el impulso, sino desde una calma quebrada pero consciente.
Damián, a su lado, no dijo nada. Pero estaba cerca. Muy cerca. Y aunque no la tocaba, ella podía sentir su presencia como un escudo.
Daniel tragó saliva.
—Victoria… por favor, no aquí.
—Aquí mismo —respondió ella—. Total, ya arruinaste suficiente en privado.
Leticia levantó la ceja, murmurando:
—Uy. Seguro esto no es sobre fotocopias.
Lucía respiró hondo.
—Alguien que me explique, porque ya no pienso armar rompecabezas emocionales.
Victoria miró directamente a Lucía.
—Él y yo… —tomó aire, temblando—. Estuvimos juntos por más de un año. Y la noche antes de que tú caminaras hacia el altar le dije que estaba embarazada.
Lucía sintió el golpe. No físico, pero igual de devastador. No lloró. No gritó. No se quebró. Sólo sintió una verdad que ya había sospechado, una que Daniel se había esforzado demasiado por esconder.
Daniel levantó las manos como si pudiera detener el derrumbe.
—¡No fue así! Ella me engañó. No está embarazada. Sólo quería separarnos. Lucía, yo iba a decírtelo, te juro que iba a…
—NO LO HIZO —lo interrumpió Victoria, con la voz rota—. Y cuando lo presioné para que te dijera la verdad, me dijo que nuestra relación no significaba nada. Que lo importante era su boda. Que… que yo no era más que un error. Sólo cuando lo amenacé de aparecerme en su boda y hacer un escándalo, desistió de casarse contigo.
Damián dio un paso adelante. Daniel lo miró con una rabia cortante, como si recién se diera cuenta de que había otro hombre ocupando el espacio que él había abandonado.
—Qué conveniente. Usar gente y llamarlo error cuando deja de servirte.
—Tú cállate. Tú no tienes idea de nada.
Damián sostuvo su mirada sin pestañear.
—Tengo la idea suficiente: ella no merecía esto.
Lucía sintió cómo esa frase le atravesaba el pecho. No por Daniel. Por Damián. Por lo que implicaba. Por lo que despertaba en ella.
Daniel volvió a mirar a Lucía, desesperado.
—No es lo que tú crees. A ti es a quien amo y con quien quiero pasar el resto de mi vida. Yo iba a terminar con Victoria. Yo… yo estaba confundido.
—Siempre estás confundido —dijo Leticia, cruzándose de brazos—. Pero mira qué puntual para causar desastres.
Victoria se secó la cara con el dorso de la mano, respirando mal.
—No vine para quedarme contigo, Daniel. Ni para pelear con ella. Vine porque… porque no voy a dejar que me uses como si fuera basura. Yo también merezco cerrar esto y que todos sepan la verdad.
Lucía sintió un pinchazo inesperado de empatía hacia la mujer que, días atrás, habría sido su peor pesadilla. Pero ahora, frente a ella, Victoria sólo parecía cansada. Dolida. Engañada. Tanto como ella.
—Gracias por venir hasta aquí y decirme la verdad —dijo Lucía, con voz más serena de lo que esperaba—. Aunque te doliera.
Victoria asintió.
Daniel abrió la boca para hablar, pero Lucía levantó una mano.
—No. Ya no quiero excusas. Ni explicaciones. Ni justificaciones por tus errores o tus debilidades. —Lo miró fijamente—. No quiero nada más de ti.
Daniel se quedó congelado. Por primera vez, sin argumento. Sin drama. Sin control. Y Lucía sintió algo parecido a libertad.
El ruido del taxi, el viento caliente de la mañana, el murmullo incómodo de los turistas… todo regresó de golpe, como si el mundo hubiera estado en pausa.
Leticia se acercó a Lucía y la abrazó por el hombro.
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Editado: 28.11.2025