Luna de Miel sin Novio

Capítulo 20 Lo que empieza después del final

Lucía jamás pensó que volver a ponerse un vestido bonito después de un día así fuera posible. Pero ahí estaba: frente al espejo de la cabaña, con el cabello aún húmedo por la ducha, intentando verse menos como «la chica viral del ex tóxico que cae a una fuente» y más como «mujer funcional presente en un evento social obligatorio».

Leticia entró sin tocar, como siempre. Había hecho su check in el hotel y acordaron que Damián se quedaría esa ultima noche en la habitación de Leticia y ella dormiría con Lucía.

—Prima… —la examinó de arriba abajo—. Si Damián no se enamora esta noche, yo misma lo empujo a una de las mesas de postres para que reaccione.

—Leticia, por favor —murmuró Lucía, buscando sus sandalias—. Ya tenemos suficiente drama.

—Pero cariño, esto no es drama —aclaró ella, moviendo las manos—. Esto es tensión romántica. Legal. Documentada. Confirmada por mí, que soy una experta. Ese tipo babea por ti y tú igual, aunque no lo reconozcas.

Lucía rodó los ojos, aunque su estómago hiciera mariposas que tenía prohibido aceptar.

Una vez estuvieron listas, salieron de la cabaña y encontraron a Damián a la espera. Y Lucía… bueno, Lucía sintió ese latido extraño, ese que no había pedido y que, aun así, aparecía cada vez que él la miraba.

—Lucía —dijo él, ofreciéndole una sonrisa que no sabía si abrazar o correrle—. Te ves… bien.

Ella asintió, casi incómoda.

—Gracias. Tú también.

Leticia chasqueó los dedos.

—Yo lo que quiero es comida. Y el chisme premium de esta noche.

Damián, de forma caballerosa, les ofreció sus brazos a las damas y juntos caminaron a restaurante donde se efectuaría la cena. Cuando bajaron al salón principal, las luces cálidas, la música suave y el olor a mariscos hicieron sentir el lugar demasiado glamuroso para la vida caótica que estaban llevando.

Nico apareció por detrás como un duendecito del caos.

—Buenas noches, mis leyendas vivas —anunció—. El hotel entero está atento a su actuación matrimonial. No los quiero poner nerviosos, pero el personal de cocina lleva haciendo apuestas desde las seis.

Lucía se tapó los ojos con una mano.

—Perfecto. Excelente. ¿Qué más puede salir mal?

Nico sonrió como quien sabe la respuesta y no debería decirla.

Al entrar, lo primero que ven es un mural montado en una mampara donde estaba la foto de cada uno de los huéspedes del paquete de luna de miel que asistieron a la cena de bienvenida. Como título tenía la frase: «Viviendo un amor eterno» con letras cursivas y de color rojo pasión. Se detuvieron por un momento a observar las imágenes y fue Leticia la que encontró la foto que le tomaron a Lucía y Damián.

—Aw, que dulces se ven… —exclamó emocionada—. ¿En serio es falsa su relación? —murmuró.

Lucía le plantó un codazo en la costilla.

Cuando ya todos estaban sentados, el coordinador del evento dio unas palabras cursis sobre «el amor en tiempos modernos» y «las experiencias que transforman vidas». Lucía se hundió un poco en su silla.

Entonces, el coordinador del evento añadió:

—Esta noche queremos destacar a una pareja en particular… Los señores Hernández. Ellos han dado mucho de qué hablar.

Lucía abrió los ojos llena de sorpresa.

—No —susurró—. No, no, no, no, no.

Damián respiró hondo.

Leticia murmuró:

—Esto es oro puro. Sigue el show.

Todos aplaudieron. Lucía quería desaparecer bajo la mesa junto a los panecillos.

—Recibamos al señor Hernández.

Y ahí, en medio del salón, con parejas reales que se miraban con amor verdadero y no con «miedo a que descubran la mentira», Damián se levantó de su asiento.

Lucía se tensó.

—¿Qué haces? —susurró, alarmada.

Él la miró con esos ojos que últimamente parecían ver demasiado.

—Lo que debí hacer hace tiempo.

El coordinador del evento se acercó y le entregó el micrófono. Damián tomó un papel doblado de su bolsillo. Carraspeó antes de dar inicio.

—Sé que no es común que un invitado tome la palabra —empezó, nervioso pero firme—, pero esta noche quiero decir algo importante. No como fotógrafo. No como huésped. Sino… como alguien que cometió un error. Uno grande.

Los murmullos crecieron. Leticia se abanicó como si estuviera viendo una novela en vivo.

Damián abrió el papel.

—Además de ser fotógrafo, escribo para una revista de temas modernos y escribí un artículo sobre esta mujer —señaló suavemente a Lucía, sin tocarla—. Uno que pretendía ser profesional, pero que en realidad fue cruel. Yo no entendí su historia. No la escuché. No la respeté. Me aproveché de un momento vulnerable para escribir algo fácil, no algo verdadero.

Lucía sintió un nudo en la garganta. Uno incómodo. Uno necesario.

Damián continuó:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.