Luna de Miel sin Novio

Epílogo: La boda que sí era de verdad

Un año y medio después…

En un año y seis meses es mucho lo que puede cambiar…

Leticia era ahora «terapeuta emocional certificada por la universidad de la vida» (título autoasignado), y tenía una librería-café donde regalaba consejos no solicitados con cada compra.

Nico era un creador de contenido a tiempo completo. Su documental viral «Cuando los cisnes juzgan: historias de karma turístico» ganó un premio que no existía antes de él.

Victoria —sí, Victoria— había terminado su carrera y recientemente había dado a luz un hijo dulce y curioso, y envió una tarjeta navideña a Lucía el pasado diciembre. La vida a veces sorprendía de maneras más bonitas de lo esperado.

Y Daniel… bueno, nadie sabía mucho de él. Sólo que aún seguía siendo abogado en el bufete familiar y cada vez que salía un meme nuevo de «ex tóxico cae en agua», Leticia decía: «Un clásico nunca muere».

Por otro lado, Lucía y Damián se dieron el tiempo que necesitaban y hoy se encontraban en el mejor lugar del mundo.

La brisa de la tarde olía a sal, a flores tropicales y a algo que Lucía todavía estaba aprendiendo a reconocer como suyo: tranquilidad. No había nervios disfrazados. No había una alerta interna esperando que alguien arruinara el momento. No había caos, ni drama, ni cisnes juzgones observando desde una fuente.

Era su boda. Su boda real. Con el hombre que había aprendido a amar con paciencia, verdad y una torpeza emocional que, contra toda lógica, terminó siendo perfecta para ella.

El hotel —sí, ese hotel— había sido renovado desde el infame incidente de los cisnes. La fuente ahora tenía barandas anticaídas y un pequeño letrero que decía:
«No correr. No gritar. No dramas».

Por supuesto, Nico lo había filmado para el documental no autorizado de su historia de amor. Él juraba que sólo era «material histórico», pero todos sabían que buscaba monetizarlo.

Lucía se miró al espejo una última vez. No llevaba el vestido gigante que alguna vez creyó que necesitaba para sentirse suficiente. Llevaba uno ligero, elegante, cómodo… suyo. Una versión de ella misma que antes no sabía que existía.

Leticia irrumpió en la habitación como un torbellino con tacones.

—Respira —ordenó, colocándole bien el velo—. Estás hermosa. Demasiado. Si te divorcias, yo me caso contigo.

Lucía sonrió.

—No eres mi tipo.

—Ahí está la magia —respondió Leticia, tan seria que daba miedo—. Yo funciono donde nadie me pidió funcionar.

La ceremonia sería al atardecer, frente al mar. Sencilla. Íntima. Sin lujos innecesarios.
Y, por supuesto, sin ningún Daniel haciendo malabares con su dignidad en público.

Cuando Lucía salió hacia la pasarela de madera decorada con luces cálidas y pétalos, sintió un nudo en la garganta. No era miedo. Era algo parecido a llegar a casa después de un viaje muy largo.

Allí estaba Damián. Esperándola.

Sin pose, sin tensión, sin intentar impresionar. Simplemente él. Elegante, natural, con esa mirada que la había acompañado desde que todo se desmoronó… y desde que todo volvió a construirse.

Cuando sus ojos se encontraron, Lucía sintió algo que no había sentido ni siquiera cuando creyó que se casaría la primera vez: paz.

Damián la miraba como si fuera la primera vez… y también la última que necesitaría.

—Estás preciosa —susurró cuando llegó hasta él.

—Y tú sigues siendo un desastre adorable —respondió ella, acomodándole el cuello de la camisa.

Él sonrió.

—Nuestro contrato de matrimonio falso expiró. Este es de verdad.

—Entonces firmo —dijo ella, con el corazón temblando de alegría.

Damián tomó sus manos, respiró profundo y el sacerdote inició la celebración. Llegado el momento, Damián empezó sus votos.

—Lucía Andrade… tú llegaste a mi vida como una historia que yo pensaba escribir desde afuera. Pero terminaste siendo la historia en la que quería quedarme a vivir. Me equivoqué. Te fallé. Aprendí. Y si algo puedo prometerte hoy es ser tu compañero, tu verdad, tu calma… y tu caos, cuando toque. Pero del bueno. Del que construye.

Lucía sintió que los ojos se le llenaban, pero no lloraba por tristeza.
Era ese tipo de llanto que limpia, no que rompe. Respiró hondo.

—Damián Cortéz… yo pensaba que ya no había comienzos para mí. Que todo lo que me quedaba eran pedazos sueltos de lo que fui. Pero tú me viste incluso cuando yo no podía verme. Me cuidaste sin tomar mi aire. Me esperaste sin exigirme nada. Y me enseñaste que no tenía que estar rota para merecer algo bueno. Prometo caminar contigo. No delante. No detrás. A tu lado. Siempre.

Leticia, en primera fila, ya estaba aplaudiendo.

—¡Por favor cásense YA porque estoy sudando lágrimas!

—Por el poder que me confiere la iglesia, —dijo el sacerdote— los declaro marido y mujer. ¡Muchas felicidades señor y señora Cortés – Andrade!

Cuando los declararon marido y mujer, amigos, familia, dos gaviotas territoriales y Nico, transmitiendo muy discretamente, estallaron en aplausos.




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