La luna estaba roja la noche en que el mundo se quebró.
El bosque ardía.
La sangre empapaba la tierra sagrada.
Y los gritos se mezclaban con el aullido de los lobos y el eco de la guerra.
Seraphine Valenor sostenía a su hija contra el pecho mientras el caos los rodeaba. Elara apenas lloraba; sus ojos brillaban con una luz imposible para una criatura tan pequeña.
Una luz que no pertenecía a ningún mundo conocido.
—No pueden llevársela —susurró Seraphine, con la voz rota—. Ella no es parte de esta guerra.
Alaric Valenor, cubierto de sangre ajena y propia, se mantuvo firme frente a ellas, protegiéndolas incluso cuando todo parecía perdido.
—Justamente por eso la quieren —gruñó—. Porque es todo lo que temen.
La unión prohibida.
La sangre híbrida.
El poder que podía romper el equilibrio entre clanes.
—Seraphine…
La voz llegó desde las sombras.
Maelis apareció entre el humo y el fuego, con los ojos brillando de magia antigua. Su rostro estaba marcado por la urgencia y el dolor.
—Es ahora o nunca —dijo—. Si cruzan el umbral, no habrá forma de esconderla.
El enemigo avanzaba.
El Clan Fenrik reclamaba sangre.
Y el mundo no estaba preparado para una criatura como Elara.
Seraphine besó la frente de su hija, dejando una marca de sangre y amor eterno.
—Perdóname —susurró—. Viví… aunque sea lejos de nosotros.
Maelis trazó el círculo. La magia se alzó como un rugido antiguo, envolviendo el bosque.
El hechizo no solo ocultaría a Elara… la arrancaría de ese mundo.
—El precio será alto —advirtió Maelis—. Sus recuerdos, su poder… y parte de su esencia.
—No importa —dijo Alaric sin dudar—. Mientras viva.
Elara lloró cuando la magia la envolvió.
Y luego… desapareció.
Para el mundo sobrenatural, la heredera Valenor murió esa noche.
Para la guerra, fue una victoria.
Para sus padres, una herida que jamás cerraría.
Alaric alzó la vista hacia la luna ensangrentada y juró:
—Cuando regrese, el mundo pagará lo que nos quitó.
Muy lejos de la magia, del odio y de la guerra, una niña abrió los ojos por primera vez como humana.
Sin saber que su sangre sellada era la más peligrosa de todas.