—Perdóname —susurró—. Viví… aunque sea lejos de nosotros.
Desperté sobresaltada, con una sensación de vacío instalada en el pecho. Mi respiración era rápida, desordenada; el pecho subía y bajaba con desesperación mientras un leve temblor recorría mi cuerpo.
Una semana entera soñando lo mismo. Una y otra vez. Sin descanso.
Llevé una mano a la frente y, como cada noche, la sentí húmeda por el sudor. Me incorporé despacio y caminé hasta la pequeña ventana de mi habitación. La abrí para dejar entrar la brisa nocturna, fría y suave, esperando que se llevara consigo los restos del sueño.
La noche estaba despejada. La luna brillaba imponente, rodeada de estrellas que parecían acompañarla sin robarle protagonismo.
Entonces, una vibración me hizo girar la cabeza. Mi celular se iluminó sobre la mesa de luz. Lo tomé.
—Hola, Elara. Sé que es tarde para decírtelo, pero necesito que mañana a primera hora viajes hasta Waldheim.
¿Waldheim?
Fruncí el ceño mientras releía el mensaje de mi jefa.
—Hola, Sra. Sullivan. ¿Por qué hasta allá?
Mi trabajo era simple. O, al menos, solía serlo. Soy fotógrafa y periodista para una de las revistas más influyentes de Nueva York. Pero viajar de la noche a la mañana a un lugar que apenas conocía… no tenía sentido.
Una llamada interrumpió mis pensamientos. Contesté sin pensarlo.
—Elara —dijo su voz—, hay rumores sobre el bosque de Waldheim. Dicen que está embrujado. Que hay especies que no deberían existir. Personas que van… y desaparecen. Lobos más grandes de lo que cualquiera haya visto jamás.
Mi pecho se contrajo por unos segundos, dejándome sin aire.
—¿Lobos… grandes? ¿Personas que desaparecen? —tragué saliva—. ¿Y quiere que vaya yo?.
—Nadie quiere ir —respondió con calma—. No tenés que entrar al bosque. Solo hablar con la gente del pueblo, tomar algunas fotos y volver. Nada más que eso.
Claro, pensé. Tranquilo, porque no era ella la que iba a estar ahí.
Y, sin embargo, algo dentro de mí no sentía miedo.
Sentía otra cosa.
Una necesidad inexplicable de ir.
—Sé que no es lo que querías —continuó—, pero si vas y conseguís relatos nuevos, cosas que no se hayan dicho antes… te prometo un ascenso.
El silencio se estiró. Mi pecho vibraba con una sensación que no lograba comprender, y mi garganta ardía por decir las palabras.
—Acepto.
—Muy bien —respondió sin dudar—. Mañana a las nueve sale tu vuelo. Avisame cuando llegues.
La llamada se cortó.
Me quedé mirando el celular más tiempo del necesario.
¿Por qué acepté?
Miré el reloj. Las cuatro de la mañana. En cinco horas me iría. Sin darme más tiempo para pensar, tomé mi pequeña maleta y empecé a guardar lo necesario: ropa, mi cámara, la libreta, un lápiz. Cuando quise darme cuenta, ya casi eran las siete.
El sueño había desaparecido. El miedo y la adrenalina se mezclaban en mi cuerpo, pero una extraña sensación de alivio se acomodó en mi pecho.
Algo me llamaba hasta allí.
Algo que no sabía si quería descubrir.
Me duché, intentando despejarme. El agua caliente me envolvió, pero la sensación de estar pegajosa, adormecida… no se iba.
No quería salir de allí.
…
—¿Dónde se quedará? —preguntó el taxista, mirándome por el espejo retrovisor.
Le di la dirección que mi jefa me había enviado al llegar al aeropuerto: un hotel de cuatro estrellas, reservado para mí.
—Es nueva por aquí, ¿verdad?
Observé mejor al hombre. Tendría unos cuarenta y cinco años, barba entrecana, piel morocha, cuerpo robusto. Vestía una camisa celeste de manga larga y anteojos para ver.
Asentí.
—Hay un dicho aquí, señorita —continuó—: “Aquí aprendimos a no entrar al bosque sin motivo… y a no preguntar por los que no volvieron.”
Un escalofrío recorrió toda mi columna.
—¿Por qué me dice eso? —pregunté—. ¿Cómo sabe qué hago aquí?.
—Nada personal —respondió—. Se lo decimos a todos los nuevos.
El auto se detuvo.
—Llegamos. Es aquí.
Le pagué sin mirar a mí alrededor y estaba por bajar cuando habló una vez más, con la voz más baja.
—Y recuerde algo más… Si escuchás algo que te llama por tu nombre entre los árboles, seguí caminando. Y no mires atrás.
Miré por la ventanilla y frunci el ceño. Delante de nosotros, el camino continuaba hacia el pueblo, bordeado por árboles altos que parecían cerrarse unos contra otros.
Olvidado por un momento lo que el taxista me dijo antes, pregunté. —¿El hotel no queda más adelante?.
—Sí —respondió, sin mirarme—. A unas pocas cuadras. Puede ir caminando.
Su tono no admitía discusión.
Asentí despacio y bajé del auto con mi valija. El aire era distinto allí. Más frío. Más denso. Como si el bosque respirara demasiado cerca.
Cuando el taxi se fue, el silencio se volvió absoluto.
Waldheim apareció ante mí como una postal detenida en el tiempo. Casas de madera y piedra, techos inclinados, ventanas pequeñas. Todo estaba prolijo, ordenado… y aun así, incómodamente quieto.
Avancé unos pasos.
Las miradas no tardaron en llegar.
Un hombre frente a una tienda dejó de hablar al verme. Dos mujeres sentadas en un banco bajaron la voz. Una madre tomó a su hijo del brazo y lo alejó apenas crucé su campo de visión.
Tragué saliva.
Solo no están acostumbrados a extraños, me repetí.
Pero la sensación no se iba.
Cada paso que daba sentía que algo me observaba. No desde las casas. No desde el pueblo.
Desde el bosque.
El aire se volvió más pesado, y por un segundo juré ver movimiento entre los árboles. Una sombra. Un cambio apenas perceptible.
Seguí caminando.
No sabía por qué, pero estaba segura de una cosa:
el taxi no se había detenido ahí por casualidad.
Waldheim no dejaba entrar a cualquiera.
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Holaaa, buenas queridos lectores ☺️ bienvenidos al primer capítulo de esta hermosa historia que están por comenzar. Solo vengo para aclarar algunas cosas. El libro cuenta con nombres de lugares que no existen, no podrán encontrar esos nombres en otros lados, así que no se asusten si no los reconocen jajaja.