Luna de sangre

Capítulo 2

Seguí caminando hasta que el hotel apareció al final de la calle principal. Era un edificio de madera oscura, de dos plantas, con un cartel sencillo colgando sobre la entrada.

Nada ostentoso. Nada acogedor.

Empujé la puerta.

El contraste fue inmediato. El interior estaba cálido, con olor a café recién hecho y madera antigua. Una chimenea apagada ocupaba una de las paredes, y detrás del mostrador una mujer mayor levantó la vista al escucharme entrar.

Sus ojos se detuvieron en mí.

No fue sorpresa.

Fue reconocimiento.

—Elara —dijo, como si confirmara algo que ya sabía.

Me quedé quieta.

—Sí… soy yo.

La mujer asintió lentamente y buscó una llave sin decir nada más.

—Habitación doce. Segunda planta —indicó—. El desayuno es a las siete. No salga de noche.

Alcé la vista.
—¿Perdón?

—Es solo un consejo —respondió, evitando mirarme—. Aquí la noche no es amable con los que no conocen el lugar.

Tomé la llave con un nudo en el estómago y subí las escaleras. La habitación era simple: cama, escritorio, una ventana que daba directo al bosque.

Demasiado cerca.

Dejé la valija, apoyé la cámara sobre la mesa y respiré hondo. Trabajo, me recordé. Solo trabajo.

Un rato después, ya más tranquila, salí con mi libreta en la mano. El bar que había visto antes parecía el lugar más lógico para empezar.

Empujé la puerta.

El murmullo se apagó.

Varias personas estaban sentadas alrededor de mesas de madera. Un hombre limpiaba vasos detrás de la barra. Todos me miraron.

Sonreí, incómoda.

—Hola —dije—. Soy periodista. Estoy haciendo un reportaje sobre Waldheim.

Silencio.

Me acerqué a una mesa donde un hombre mayor bebía solo.

—¿Le molestaría responderme unas preguntas? Solo cosas simples.

El hombre levantó la vista lentamente. Sus ojos eran claros, cansados.

—Sí —dijo.

Sentí alivio.

Abrí la libreta.

—Quería saber qué piensa sobre los rumores del bosque. Sobre los animales que—

—No.

Parpadeé.
—¿No…?

—No hablamos de eso —repitió, más firme.

—Entiendo, pero quizá solo su opinión, nada que lo comprometa—

El hombre se levantó de golpe, haciendo que la silla chirriara contra el piso.

—Si vino buscando historias —dijo en voz baja—, llegó tarde.

Se alejó sin mirarme.

Tragué saliva y me giré hacia la barra.
—¿Usted podría—

—No hacemos entrevistas —interrumpió el cantinero—. Y sería mejor que no pregunte esas cosas.

—¿Por qué? —pregunté, casi en un susurro.

El hombre me sostuvo la mirada por un segundo.
—Porque el bosque escucha.

El frío volvió a recorrerme la espalda.

Salí del bar con el corazón acelerado, sin respuestas y con una certeza inquietante:
no solo no querían hablar.
Tenían miedo.

Y mientras caminaba de regreso al hotel, sentí otra vez esa presencia.

Esa mirada invisible, atenta.

Como si alguien —o algo— hubiera notado que yo ya había hecho la pregunta equivocada.

Llegué al hotel y me encerré en mí habitación.

Estás aquí por trabajo. Estás aquí por trabajo.

La noche cayó sobre Waldheim con una rapidez inquietante.

Desde la ventana de mi habitación, el bosque parecía distinto. Más oscuro. Más profundo. Como si la ausencia de luz no lo ocultara, sino que lo volviera más presente. Las sombras se acumulaban entre los árboles, espesas, inmóviles… expectantes.

Cerré las cortinas.

No ayudó.

El silencio era extraño. No era el silencio tranquilo de la ciudad dormida, sino uno cargado, atento. El crujido ocasional de la madera del hotel parecía demasiado fuerte, y el murmullo lejano del viento entre las hojas sonaba como un susurro constante.

Estaba por apagar la luz cuando escuché pasos en el pasillo.

Me acerqué a la puerta y la abrí apenas. La mujer del mostrador caminaba despacio, como si midiera cada baldosa. Al notar mi presencia, levantó la vista.

—Si escucha ruidos esta noche —dijo—, no se asuste.
Fruncí el ceño.

—¿Ruidos?

—El bosque no duerme —respondió, y siguió caminando sin decir nada más.

Cerré la puerta con cuidado.

Un nudo incómodo se instaló en mi estómago.
Me cambié, me senté un momento en la cama con la libreta cerrada entre las manos y respiré hondo. La entrevista había sido un fracaso. Nadie hablaba. Nadie quería hacerlo. Y aun así, sentía que todos sabían exactamente por qué estaba allí.

Apagué la luz y me acosté, de espaldas a la ventana.

El cansancio pesaba en mi cuerpo, pero el sueño no llegaba.

Entonces lo escuché.

Un golpe seco.

Me incorporé de inmediato. Sonó como algo cayendo… o como una puerta cerrándose con demasiada fuerza. Esperé. Contuve la respiración.
Nada.

—Es el hotel —murmuré—. Madera vieja.

Me obligué a recostarme de nuevo.

Fue entonces cuando lo sentí.

No fue un sonido.
Fue una certeza.

Abrí los ojos.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, como si mi cuerpo hubiera entendido algo antes que mi mente. Giré despacio la cabeza hacia la ventana, ignorando cada parte de mí que me gritaba que no lo hiciera.

Las cortinas se movían.
Apenas.
Como si algo hubiera pasado cerca.

Me incorporé con cuidado y caminé hasta la ventana. Separé apenas la tela y miré hacia afuera.

Nada.
Solo el bosque.

Pero el aire estaba distinto. Más tenso. Más vivo.
Un crujido rompió el silencio.

No fue el sonido de una rama cayendo…sino el de un peso desplazándose con cuidado.

Mis dedos se aferraron a la cortina.

Entre los árboles, algo se movió. Grande. Demasiado grande para ser un animal común. Una silueta oscura se recortó entre las sombras, casi imperceptible, pero innegable.

Mis piernas se aflojaron.
No de miedo.
De reconocimiento.

Como si una parte de mí supiera exactamente qué estaba viendo… y la otra se negara a aceptarlo.




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