Pov' Rhydan
Unas horas antes de la llegada de Elara .
—Rhydan.
Escuché mi nombre y me giré. Mi padre estaba de pie detrás de mí, tan recto como siempre. Era un hombre alto, de piel pálida, completamente calvo, sin rastro de barba ni expresión innecesaria en el rostro. Solo sus cejas marcadas daban cuenta de que estaba observándome con atención.
Me puse firme.
—Padre.
—El Alfa Lucien te llama.
Asentí sin responder y caminé hacia la mansión del Alfa, sintiendo cómo el peso del deber se acomodaba sobre mis hombros una vez más.
Mi padre fue el primer y único guerrero oficial encargado de la custodia del Alfa durante siglos. Cuando él envejeció —si es que esa palabra aplica a los nuestros—, ese título pasó a mí. El Alfa nunca tuvo un heredero, y aunque eso desestabilizó a la manada durante un tiempo, encontró la forma de asegurarse lealtad absoluta.
Ahora, yo era esa forma.
Entré a la mansión y avancé por el pasillo que conocía desde niño. Podía recorrerlo con los ojos cerrados, contar cada paso, cada grieta en la madera. Me detuve frente a la puerta de roble y golpeé dos veces.
—Adelante.
La voz del Alfa era firme, afilada. No me provocaba miedo, pero noté cómo los guardias a mi alrededor tensaban los hombros apenas la escucharon.
—Señor. Me dijeron que quería verme.
—Así es.
Levantó la vista de los papeles que tenía en sus manos. A pesar de tener más de cien siglos, su apariencia seguía siendo la de un hombre joven. Algunas canas plateadas surcaban su cabello oscuro y su barba corta, pero sus ojos… sus ojos estaban llenos de veneno.
—Los renegados están destrozando todo a su paso en los límites de nuestro territorio. Corremos el riesgo de ser descubiertos —dijo con calma—. Ve y mátalos a todos. No quiero sobrevivientes.
—Sí, Alfa.
—Lleva a tu mejor grupo —se acercó lentamente hasta quedar frente a mí—. Nadie se salva.
Asentí y me retiré.
Mi mejor grupo estaba formado por quince guerreros. Algunos jóvenes, rápidos y letales; otros antiguos, curtidos por siglos de batallas. Todos sabían lo que tenían que hacer.
—No me importa quiénes sean ni a quién pertenezcan —les dije—. Los renegados deben morir. Ninguno vuelve a respirar.
—Sí, señor —respondieron al unísono.
Nos internamos en el bosque.
Transformarse siempre fue liberador. El crujido de los huesos, el desgarro de la carne, la bestia rompiendo la jaula del cuerpo humano. Era doloroso… y exquisito. El mundo se volvió más nítido, más real.
El olor a sangre fresca nos guió hasta un claro cercano al pueblo.
—Cuidado —advertí mentalmente—. Nadie debe verlos.
Fue entonces cuando todo cambió.
La sangre nos llevó hasta un grupo de cadáveres mutilados y llenos de sangre, el olor era repugnante, pero no por el líquido rojo que corre por los cuerpos, sino, por el olor que desprenden los renegados.
Pero algo está diferente a las demás veces, un...algo que no debería estar aquí.
Mis patas se clavaron en la tierra con violencia. Un aroma distinto atravesó el aire, dulce, tibio, imposible de ignorar. No era sangre. No era miedo. Era… algo más.
Mi lobo reaccionó antes que yo.
Corrió hacia el límite del bosque, buscando el origen de ese llamado.
Y entonces la vi.
Una humana acababa de bajar de un taxi. Sostenía una maleta con manos tensas, los hombros rígidos, el cuerpo en alerta. Era pequeña, frágil a los ojos del mundo… pero algo en ella no lo era. Su presencia alteraba el aire. Su olor se me metió en el pecho como fuego.
Mi instinto gritó una sola palabra: mía.
Retrocedí un paso. Estaba en forma de lobo, demasiado cerca del pueblo, demasiado cerca de una humana. Un error podía costarnos todo.
—Señor —la voz de Austin me sacó de ese trance—. ¿Qué hace aquí? Pueden verlo.
—¿Qué ocurrió?
—Encontraron a cinco renegados vampiros cerca del límite del territorio. Esperan sus órdenes.
Mis ojos se endurecieron.
—Córtenles la cabeza —ordené—. Clávenlas en estacas. Que todos sepan quién manda aquí.
Me alejé del borde del bosque, pero el deseo de quedarme, de observarla, de proteger algo que no entendía, me quemaba por dentro.
Una humana era sinónimo de debilidad. Y la debilidad, aquí, se eliminaba.
Aun así… no me fui lejos.
Más tarde la vi hablar con gente del pueblo. Hacer preguntas. Tomar notas.
—¿Qué piensa sobre los rumores del bosque? —preguntó—. Sobre los animales que…
Una turista. Curiosa. Demasiado curiosa.
Cuando cayó la noche, regresé.
Ella estaba en su habitación, de pie frente a la ventana, como si supiera que alguien la observaba. Y tenía razón.
Entré sin hacer ruido. El lugar era simple, limpio. Había una cámara fotográfica sobre la mesa y una libreta abierta.
Me acerqué.
“La gente aquí es rara.”
“Nadie quiere hablar.”
“¿A qué le tienen miedo?”
Sonreí apenas.
Si supieras, humana… si supieras.
Y aun así, algo dentro de mí susurró una verdad que no quería aceptar:
Ella no debería estar aquí.
Y yo haría lo que fuera para mantenerla con vida.
Un ruido me hizo girar de inmediato, el cuerpo en alerta, los músculos tensos. Ya estaba listo para atacar a quien fuera que hubiera invadido mi territorio.
Pero no era un enemigo.
Mi padre apareció entre las sombras, transformado en lobo. Su sola presencia bastó para que mi instinto se replegara un poco. No dijo nada, no hizo falta. Su mirada fue suficiente.
Quería que me fuera de ahí.
Era peligroso para nosotros acercarnos tanto al pueblo.
Los hogareños no conocían nuestra existencia… pero tampoco eran idiotas. Sabían que algo habitaba el bosque. Lo que no toleraban eran los extraños.
Cuando creí que se daría la vuelta para regresar a la manada, algo cambió en él. Sus patas se detuvieron. Giró la cabeza hacia el pueblo, atento, inquieto.