A la mañana siguiente me levanté temprano, decidida a aprovechar el desayuno que ofrecía el hotel. Bajé de la cama todavía con el cuerpo pesado por una noche inquieta y lo primero que hice fue mirar mi celular.
Pantalla limpia. Vacía. Ninguna notificación.
Me sorprendió que mi jefa no se hubiera comunicado conmigo. Conociéndola, ya debería haber exigido avances, fotos, respuestas. Ese silencio me resultó extraño… incómodo.
Bajé a la cafetería y, apenas crucé la puerta, las conversaciones se apagaron. No me sorprendió. Ya me estaba acostumbrando a esa sensación de ser observada.
A lo lejos distinguí una familia que hablaba animadamente; cuando me vieron, me sonrieron con naturalidad. Turistas, sin duda. Los únicos que parecían no mirarme como si fuera un problema.
Les devolví la sonrisa y me dirigí a una mesa. El desayuno era autoservicio, así que tomé una taza, me serví café solo, agarré unas masitas dulces y algunas cosas más antes de sentarme.
Recién entonces me di cuenta de lo hambrienta que estaba. No podía creer que el día anterior no hubiera comido casi nada. Mi estómago rugió, reclamando atención.
La cafetería estaba en la parte baja del hotel, con una vista directa al bosque.
Y ahí volvió todo.
Las marcas.
El árbol.
La sensación aplastante de que algo —o alguien— no quería que yo entrara.
Lo peor de todo no era el miedo lo que me movía, no era el trabajo lo que me impulsaba a quedarme acá, a seguir apesar de la constante sugerencia de marcharme.
Era que ahora quería hacerlo.
El desayuno fue tranquilo, aunque las miradas seguían, cada persona siguió su desayuno en paz. El resto de la mañana la pasé encerrada en mi habitación, revisando las fotos que había tomado el día anterior. Amplié imágenes, jugué con la luz, busqué detalles que se me hubieran escapado. Pero no encontré nada nuevo. Ninguna explicación lógica.
Suspiré y dejé la computadora a un lado. Miré mi almuerzo, intacto sobre la mesa, y me di cuenta de que ya no tenía hambre. Era como si mi cuerpo rechazara la idea de comida.
Me acerqué a la ventana.
El bosque estaba ahí. Silencioso. Expectante.
Y entonces lo sentí otra vez. Ese tirón en el pecho. Esa necesidad casi física de ir hacia él. Mis pies picaban, literalmente, como si quisieran salir corriendo por su cuenta.
No resistí más.
Tomé mi cámara y salí del hotel sin pensar demasiado. Mis pasos me llevaron directo al árbol.
El aire cambió de golpe. La brisa suave que había momentos antes se detuvo apenas crucé el límite del bosque. Todo quedó quieto, demasiado quieto.
Las marcas se hicieron más visibles a medida que avanzaba.
Mi primer impulso fue tocarlas. Pasé la yema de mis dedos por el tronco. No eran ni muy largas ni muy cortas, pero al hacerlo, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Sentí algo extraño, profundo, como si esas marcas me reconocieran de alguna forma.
Levanté la cámara y capturé cada detalle.
Más adentro, en otros árboles, había marcas similares. Con más claridad se notaba que no eran recientes, también las capturé, ésto es más de lo que estás personas me han dicho.
Bajé la vista… y entonces las vi.
El suelo estaba marcado.
Como si unas garras enormes se hubieran clavado con fuerza en la tierra.
No estaban demasiado lejos de donde yo me encontraba, pero sí lo suficiente como para que nadie pudiera verme desde afuera. Me adentré un poco más y las observé con atención.
Había huellas. Huellas de animal.
Pero esas no eran huellas de lobos comunes o animales similares.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Me costaba respirar. Mi pecho subía y bajaba con rapidez y mis pies quedaron clavados en el lugar.
Mi pie era más chico que esa huella.
Mucho más chico.
—No deberías estar acá.
Me sobresalté y giré de inmediato, buscando el origen de la voz. Un hombre salió de entre las sombras de los árboles. Su rostro estaba serio, casi endurecido, como si estuviera molesto conmigo. Sus ojos eran completamente negros. Su cuerpo, tenso, emanaba una intimidación imposible de ignorar.
—¿Qui… quién eres? —logré preguntar.
—Te dije que no deberías estar aquí.
—Lo siento —me aclaré la garganta—. Me llamo Elara. Soy periodista y quisiera saber si tú puedes—
Se acercó.
Por puro instinto di un paso atrás, olvidándome de lo que estaba tratando de decir. A él no pareció importarle en lo más mínimo.
—Escuchá bien, Elara —dijo, y mi corazón se apretó al oír mi nombre en su voz—. No lo voy a repetir. No deberías estar aquí. No me interesa si eres periodista o no. Este lugar no es apto para niñas que quieren confirmar rumores.
Algo dentro de mí cambió al oír esa palabra.
Niña.
El miedo desapareció, reemplazado por un enojo intenso que no supe de dónde salió.
—No soy ninguna niña —repliqué, aunque al decirlo, si sonó como si fuera una niña, pero no me importó—. Mi trabajo es registrar estas marcas y confirmar o negar lo que medio mundo habla. Si quiero estar acá, voy a estarlo. ¿O acaso me vas a detener?.
No supe en qué momento quedamos tan cerca. No recordaba haberme movido, pero ahí estaba, frente a él, sin retroceder. Nuestros ojos se sostuvieron. Por un instante sentí que el mundo se reducía solo a nosotros dos.
Y, por un segundo peligroso, quise acercarme más.
El crujido de ramas alrededor nos interrumpió.
Aparté la mirada, intentando ver algo entre los árboles, pero no vi nada. La luz del cielo apenas alcanzaba para iluminar donde estábamos.
—No quiero que vuelvas hasta acá —dijo con voz baja y firme—. ¿Me escuchaste? Si entras de nuevo aquí, lo único que vas a lograr es que te maten.
Y así como apareció, desapareció entre los árboles.
Yo también salí. Casi corriendo. El corazón acelerado, sin saber si huía del miedo… o de algo más.