Me desperté con un dolor punzante detrás de los ojos.
No había dormido nada.
Las voces volvieron durante la noche.
No eran sueños.
No eran pensamientos propios.
Eran murmullos superpuestos, como si varias personas hablaran a la vez dentro de mi cabeza, diciendo palabras que no lograba comprender.
Cuando abrí los ojos, la habitación estaba fría.
Demasiado fría.
Me senté en la cama y apoyé los dedos en mis sienes, intentando calmar el latido que parecía sincronizado con algo… con algo más que mi corazón.
Desde que llegué, el pueblo era extraño.
Pero hoy era distinto.
Más denso.
Más hostil.
Al bajar al lobby, las miradas no fueron solo curiosas.
Fueron acusadoras.
Una mujer cruzó la calle al verme y aunque eso era común desde que llegué, la mirada de esa mujer, hoy, fue distinta.
Un hombre cerró la puerta de su negocio cuando me aproximé.
Y lo peor no fue eso.
Fue la indiferencia.
Como si mi presencia fuera una amenaza silenciosa.
Mandé un mensaje largo a mi jefa.
Le conté todo.
Las actitudes.
Las marcas en el bosque.
La sensación constante de que algo me observaba.
La respuesta fue fría.
“Ok.”
Solo eso.
Nada más.
Me reí sin humor.
Perfecto.
Estoy sola.
—Las cosas han cambiado, Martha.
Me detuve.
Las voces venían desde la plaza.
—Lo sé… pero no sé por qué.
—Yo sí lo sé.
No me habían visto.
Me acerqué con cuidado, intentando no llamar la atención, pero pisé una rama seca.
El sonido rompió el aire.
Las dos mujeres giraron.
No parecían sorprendidas.
—Elara, ¿verdad? —dijo la rubia con una sonrisa que me pareció extraña.
Su sonrisa me hace creer que estaban esperando que escuchara su conversación.
Asentí con algo de desconfianza.
—Vamos a por un café ¿Vienes? —esa no fue una pregunta, fue más como si fuera una orden.
Y eso me desconcertó.
Era la primera vez que alguien del pueblo me hablaba sin hostilidad.
Acepté con algo de miedo.
Nos sentamos en una pequeña cafetería frente a la plaza.
El bosque se veía desde allí, inmóvil, oscuro, como si estuviera esperando.
—Desde que llegaste… —empezó la morena— las cosas se movieron por aquí.
—¿Moverse cómo? —pregunté con curiosidad.
La morena, que identifico como Martha, miró hacia el bosque.
—Como cuando algo dormido respira después de mucho tiempo.
Un escalofrío me recorrió.
—En los últimos veinticinco años no pasó nada… —continuó—. Nada importante, nada que nos hiciera cuestionarnos, ni temer a lo que pueda pasar.
Veinticinco.
Temor.
Las palabras vibraron en mi cabeza.
—Mi madre decía que el bosque tiene memoria —agregó la morena—. Y que hay cosas que no se olvidan… solo esperan.
—¿Esperan qué?
En ese momento apareció un muchacho, un mesero, con tres tazas de café.
Lo miré extrañada, nadie había pedido café.
Las mujeres, de unos cincuenta y tantos años, recibieron la bebida con una sonrisa, el muchacho se fue.
—A que las despierte... a qué alguien la despierte —contestó la otra mujer con su vista en su taza de café, luego me miró, pero me miró de una forma rara, difícil de descifrar.
Sentí que el aire se volvía más pesado.
Mí cuerpo se tenso.
—Hace algunos años atrás, pasó algo que alertó al pueblo —continúo ella.
—¿Qué pasó? —pregunté, acercándome más a la mesa y apoyando mis codos sobre la misma.
—Una guerra.
La voz no fue de ellas.
Me giré.
Él estaba ahí.
De pie, detrás de mí.
El chico del bosque.
Las mujeres no parecieron incómodas.
Le sonrieron.
Tomaron sus cafés.
Se marcharon.
Como si supieran que su papel ya había terminado.
Eso me extrañó, pero no dije nada.
Él se sentó frente a mí.
De cerca era aún más intimidante.
No solo por su físico.
Sino por la forma en que parecía… contener algo.
Y aunque me intimidaba, también me pareció el chico más hermoso que haya visto.
La frialdad que emana de su cuerpo, hace que me sienta incómoda y hasta pequeña en mí asiento.
—Hola —dije, odiando que mi voz temblara.
—Hola.
—¿Puedes decirme tu nombre? No quiero seguir llamándote “el chico del bosque” —dije sin pensar .
Una sombra de algo —¿diversión?— cruzó sus ojos.
—¿Pensándome?
Mis mejillas ardieron.
—No fue lo que quise decir.
—Rhydan —contestó sin más.
El nombre encajó en mi mente como si ya lo conociera.
—Rhydan… ¿A qué te refieres con una "guerra"?
Se reclinó apenas.
—Una que nadie quiere recordar.
—Pero yo si quiero conocerla.
Sus ojos se endurecieron.
—No deberías.
—Nada es más peligroso que no saber.
Su mandíbula se tensó.
—Sí lo es.
El silencio entre nosotros fue espeso.
—Este bosque destruyó a dos familias —dijo finalmente.
Mi respiración se ralentizó.
—¿Cómo?
—Hubo una unión que no debía existir.
Dos familias enfrentados.
Una decisión imprudente.
Y de esa unión… nació algo.
Algo que no pertenecía completamente a ninguno de los dos mundos.
Mi cabeza comenzó a latir más fuerte.
—Eso desató el miedo —continuó—. Y el miedo desató la guerra.
—¿Qué tenía de peligroso?.
Me miró directo a los ojos.
—Su sangre.
El dolor en mi cabeza se intensificó.
Las voces.
Volvieron.
Más fuertes.
—¿Y qué pasó con… eso que nació?
Silencio.
Rhydan desvió la mirada.
—Murió.
El mundo pareció inclinarse.
Un frío me atravesó el pecho.
Las voces ya no eran murmullos.
Eran un eco. Palabras sin sentido.
—¿Hace cuánto…? —mi voz sonó lejana incluso para mí.
Rhydan dudó.
Solo una fracción de segundo.
—Hace veinticinco años.