Pov Rhydan:
Antes de que su cuerpo golpeara el suelo, la sostuve.
Su peso cayó sobre mí sin resistencia, demasiado liviano… demasiado frío.
—Elara.
Su nombre salió más bajo de lo que esperaba.
Le di un leve golpe en la mejilla para ver si reaccionaba, pero no pasó nada.
Mi lobo se movió bajo mi piel, inquieto. No era miedo todavía. Era alarma.
La cargué en brazos sin pensarlo dos veces. El pueblo nos miró, las miradas no eran curiosas, eran acusadoras, con miedo, pero también había otra cosa... Era algo más...
Rechazo.
No me conocen. No saben quién soy ni de dónde vengo. Hace años que no piso estas calles. Pero el aire estaba distinto… espeso, como si algo se hubiera activado.
Bajé la cabeza para mirar su rostro.
Estaba pálida, sus labios sin color.
Su respiración apenas se sentía, apenas podía decir que estaba viva.
Un frío comenzó a subir por mi espalda.
Mientras avanzaba por la calle con Elara en mis brazos, el murmullo comenzó primero bajo, como viento entre hojas secas… pero fue creciendo.
—Te dije que no era coincidencia.
—Trajo desgracia.
—Veinticinco años… y justo ahora aparece.
Algunos no disimulaban.
Otros hablaban creyendo que yo no podía oírlos.
—Es igual a…
—No digas ese nombre.
—¿No lo ves? Los ojos… mírala bien.
—Esto no puede volver a pasar.
Eso me dejó pensando ¿A quién se parece?.
Una puerta se cerró con fuerza cuando pasé frente a una casa.
Una mujer apretó contra su pecho a su hijo, como si yo fuera el peligro.
— Deberías haberla dejado en el bosque, que se la lleven lo que sea que esté ahí —me dijo una mujer jóven. La miré y en sus ojos ví como se le iba lo valiente.
Mi lobo gruñía dentro de mí.
No por mí.
Por ella.
Nadie se acercó a ayudar.
Nadie preguntó qué le pasaba.
Solo miradas.
Acusadoras.
Temerosas.
Como si sostuviera en brazos una bomba a punto de estallar.
Y lo peor…
Es que no sabían exactamente de qué tenían miedo.
Llegué al hotel.
La puerta se abrió con un sonido seco.
La mujer detrás del mostrador levantó la vista.
Cincuenta años, piel blanca, arrugas marcadas que endurecían su expresión. Sus manos estaban apoyadas sobre la madera.
No temblaban.
No estaba sorprendida.
Estaba… esperando.
Sus ojos bajaron hacia Elara que todavía seguía en mis brazos.
Luego volvieron a mí.
—No deberías haberla traído aquí.
Mi mandíbula se tensó.
El piso crujió bajo mis botas cuando avancé.
—¿Por qué?
Sus dedos golpearon el mostrador. Una...dos veces.
Rítmico.
Controlado.
—El pueblo no es amable con los extraños.
No era una explicación.
Era una advertencia.
Mi lobo gruñó, un sonido bajo que vibró en mi pecho.
—¿A qué te refieres? —pregunté, más bajo ahora.
Ella sostuvo mi mirada.
Y por un segundo… vi algo.
Rencor.
Dolor.
Satisfacción.
—Nada que no fuera necesario.
No dijo más.
No hizo falta.
Subí las escaleras sin despedirme.
La puerta de la habitación estaba entreabierta.
Eso fue lo primero que me detuvo.
La empujé con el pie.
La habitación estaba oscura, iluminada con la luz que ingresaba a través de las cortinas.
Estaba en completo silencio.
La dejé con cuidado sobre la cama.
Su cuerpo no reaccionó.
Me quedé inclinado sobre ella un segundo más de lo necesario.
Respiré.
Y entonces lo sentí.
Algo en el aire.
No era visible.
Pero era incorrecto.
Giré despacio la cabeza.
En el escritorio, había un frasco destapado. Una gota espesa descendía por el vidrio.
Me acerqué.
El olor me golpeó como una bofetada.
Ácido.
Dulce.
Corrupto.
Mi garganta ardió apenas.
Retrocedí medio paso.
Mi lobo se agitó, pero no con dolor… con alerta.
Volví a inclinarme.
Lo olí otra vez.
Más profundo.
Esperé el mareo.
El ardor.
Algo.
Nada.
El olor seguía siendo insoportable.
Pero no me afectaba.
Fruncí el ceño.
Eso no tenía sentido.
Tomé el frasco y cerré con cuidado la tapa, lo guardé en una bolsita que había en el escritorio y lo metí dentro del bolsillo del pantalony. La madera del escritorio crujió bajo mis pies.
La habitación no estaba forzada. No había señales de lucha. Todo estaba en su lugar.
Demasiado en su lugar.
El aire estaba contaminado, no tengo forma de comprobarlo, pero tampoco tengo dudas sobre eso.
Un pensamiento cruzó mi mente.
Y me heló.
Volví hacia ella.
Su respiración era débil.... Demasiado débil.
Tomé el bolso del armario y empecé a guardar sus cosas con rapidez: la laptop, la cámara, sus cuadernos, su ropa.
No iba a quedarse aquí.
No después de esto.
La cargué nuevamente.
—Te llevaré con Thyra —susurré contra su cabello.
Al bajar, la mujer seguía allí.
No preguntó nada.
No se movió.
Solo me observó.
Mi mirada le prometió algo sin palabras.
Volveré.
El camino a casa fue lento.
No podía transformarme con ella en brazos.
Cada paso se me hizo eterno.
Mi mente repetía una sola pregunta:
¿Por qué hacerle esto a ella?
La puerta de mi casa se cerró con un golpe seco.
No saludé.
No miré a nadie.
Crucé el living bajo las miradas tensas de mis padres y subí las escaleras.
—Rhydan… —susurró mi madre.
Pero ya estaba cerrando la puerta de mi habitación.
La dejé sobre mi cama.
El colchón cedió bajo su peso.
Me senté a su lado.
Su cabello oscuro contrastaba con la palidez de su piel.
Deslicé mis dedos por su mejilla fría.
Mi lobo dejó de gruñir.
Se aquietó.
No por calma.
Por reconocimiento.
Mi cuerpo reaccionó a tenerla cerca de mí, quiero quedarme a su lado por siempre, abrazarla a mi todo el tiempo que ella me permita. Pero algo en mi pecho se tensó.
No podía explicarlo.