Pov Rhydan
La habitación quedó en silencio absoluto.
Lo único que se escuchaba eran los pájaros cruzando el cielo del amanecer y el leve crujido de la madera bajo nuestros pies.
—¿Cómo que la despertó? —preguntó mi padre, su voz grave cortando el aire.
Thyra no respondió de inmediato. Se acercó un poco más a la cama y observó a Elara con detenimiento. No la tocó. Solo la miró, como si pudiera leer algo bajo su piel.
—No sabría decirte con certeza —dijo al fin—. Pero hay algo dentro de ella que estaba… dormido. Lo que respiró no fue un ataque. Fue un detonante.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Detonante.
—Algo despertó —murmuré, recordando el momento exacto en que sus párpados temblaron.
Sentí la mirada de todos clavarse en mí. Levanté la vista lentamente.
—Cuando la traje… abrió los ojos apenas unos segundos. No fue mucho. Pero los vi.
Tragué saliva.
—Eran amarillos.
El silencio que siguió fue distinto. Más pesado.
Thyra se irguió despacio.
—¿Amarillos? —repitió, y esta vez no había duda en su voz.
Había alarma.
Mi padre frunció el ceño.
—Eso no es humano.
—Eso cambia muchas cosas, Rhydan —dijo Thyra, mirándome fijamente—. ¿Estás completamente seguro de que esta chica es solo una simple humana?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
—No lo sé —admití, y odié sentir esa grieta en mi seguridad—. Lleva dos días haciendo preguntas. Sobre el bosque.
Sobre las desapariciones. Sobre lo que somos. Y lo hacía como alguien que realmente no sabe nada. No parecía estar fingiendo.
—A veces el desconocimiento es el mejor disfraz —murmuró mi padre.
No respondí. No quería escuchar eso.
Thyra volvió a mirar a Elara.
—Tienes que hablar con Lucien.
El nombre cayó como una sentencia.
Mi mandíbula se tensó.
—Lo sé.
—¿Cuándo despertará? —preguntó mi madre, acercándose a la cama. Su voz era suave, pero sus ojos estaban atentos a cada detalle.
—Pronto —respondió Thyra—. Su cuerpo está adaptándose. Lo que sea que haya olido alteró su sistema… pero no lo destruyó. Está reorganizándose.
Reorganizándose.
Eso no sonaba mejor.
—¿Tienes idea de qué pudo haber sido? —preguntó Eirik.
Sin decir nada, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué el frasco envuelto en tela. Lo sostuve con cuidado antes de entregárselo a Thyra.
—Lo encontré en su habitación. Estaba abierto.
Thyra lo tomó sin tocar directamente el vidrio. Apenas lo destapó un milímetro y su expresión cambió.
No era miedo.
Era reconocimiento.
—Muy bien pensado —dijo, cerrándolo enseguida—. Yo me encargaré de investigar esto. Pero tú, Rhydan… encárgate del Alfa.
Su mirada fue directa.
—Un mal movimiento con Lucian y no dudará. Si sospecha que esta chica es una amenaza… no tendrá cuidado en eliminarla.
Mis dedos se cerraron en puños.
—Eso no va a pasar.
—Eso depende de lo que realmente sea —respondió Thyra con calma inquietante.
El aire volvió a volverse pesado.
Mis ojos regresaron a Elara. Seguía inmóvil. Demasiado quieta. Demasiado pálida.
—Yo me haré cargo de ella —dijo mi madre, apoyando suavemente una mano en el borde de la cama.
La miré. Por un momento volví a ser el niño que buscaba su aprobación.
Ella me sonrió.
No era una sonrisa tranquila.
Era una sonrisa de “sea lo que sea, lo enfrentaremos”.
Asentí apenas y me dirigí hacia la puerta.
Antes de salir, volví a mirarla una última vez.
Si sus ojos volvían a abrirse amarillos…
nada volvería a ser simple.
Pov Elara
Abrí los ojos y supe de inmediato que algo estaba mal.
El techo no era blanco.
No había lámpara moderna colgando encima de mí. No escuchaba el murmullo lejano de autos ni el ascensor del hotel subiendo y bajando.
Había vigas de madera oscura sobre mi cabeza.
Me incorporé de golpe. Un mareo me atravesó y llevé la mano a mi frente. No dolía… no exactamente. Era una presión rara.
—¿Dónde estoy…? —susurré.
La habitación era grande. Demasiado grande. Las paredes eran de madera profunda, casi negra, y había una chimenea frente a la cama. Las cortinas gruesas dejaban entrar una luz dorada que no parecía la de la ciudad.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Entonces los recuerdos llegaron, fragmentados.
El dolor de cabeza.
Las mujeres hablando sobre el bosque.
La voz de Rhydan diciéndome cosas imposibles.
Desapariciones.
Oscuridad.
Me levanté tambaleándome y caminé hasta la ventana.
Corrí la cortina, lo primero que ví fue el bosque...Árboles interminables. No.habia calles. Ni autos. Ni hotel.
—No… —murmuré.
—Tranquila, querida.
El sonido de la voz me hizo girar tan rápido que casi pierdo el equilibrio.
Una mujer estaba de pie cerca de la puerta.
Alta. Elegante. Su cabello oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros y sus ojos… sus ojos eran demasiado serenos para mi gusto.
Retrocedí un paso.
—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?.
Levantó las manos con suavidad.
—Mi nombre es Seraphine. Soy la madre de Rhydan.
Mi estómago se tensó.
—Él te trajo aquí para protegerte.
Protegerme.
La palabra no me tranquilizó.
¿Protegerme de qué?
Miré otra vez alrededor. No era simplemente una casa. Era enorme. Antigua. Los muebles parecían tallados a mano, con símbolos que no lograba entender. Todo olía a madera, a bosque… a algo viejo.
—No recuerdo haber aceptado venir —dije, intentando que mi voz no temblara.
Ella sonrió apenas.
—Lo sé. Pero era necesario. Estabas en peligro.
Mi cabeza volvió a latir.
Tragué saliva.
—Ven. Debes comer algo —continuó con una calma que me resultaba desconcertante—. Luego Rhydan podrá explicarte todo mejor.
No confiaba en ella.
No confiaba en nada.
Pero necesitaba respuestas.
Y si Rhydan estaba allí…