No pude dormír. Aunque la habitación era cálida, la cama era demasiado cómoda para alguien que debería sentirse agradecida… pero mi mente no se calló en ningún momento.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el dolor punzante en mi cabeza. Las voces. El olor extraño. El momento exacto en que el mundo se inclinó y todo se volvió negro.
Y sus brazos.
Abrí los ojos antes del amanecer.
Me incorporé lentamente. No estaba en el hotel. Eso ya lo sabía. Pero aún así, verlo de nuevo me tensó el pecho.
Respiré hondo.
No estaba atada. No estaba encerrada.
La puerta estaba apenas entreabierta.
Y, sin embargo, parecía haber cruzado una línea que nadie me había mostrado.
Me giré hacia la ventana. El bosque seguía allí. Silencioso. Inmóvil.
Como si esperara. Aparté la mirada.
No voy a empezar a imaginar cosas, me repetí.
El aroma a pan recién horneado me guió hasta la cocina a la mañana siguiente.
La casa estaba en silencio, pero no un silencio incómodo. Era más bien… medido.
Seraphine estaba de espaldas, sirviendo té.
Cuando me vio, sonrió con esa calma que no parecía forzada.
—Buenos días, Elara. ¿Descansaste?
—Buenos días —respondí con una sonrisa—. Lo suficiente.
—Es normal —respondió ella también con una sonrisa.
Me indicó que me sentara. La mesa era grande, de madera oscura, no era sumamente una casa lujosa, pero era lo suficiente como para saber que este no era mi entorno.
El asiento frente a mí estaba vacío.
—Rhydan ya salió —dijo ella con suavidad, como si supiera exactamente lo que estaba buscando con la mirada—. Tenía asuntos que atender.
No pregunté qué asuntos.
—Siempre fue así —continuó, como si pensara en voz alta—. Desde niño. Observador. Protector. Callado… pero intenso.
La miré.
No parecía estar evaluándome. Solo hablaba.
—¿Y tú? —preguntó después—. Cuando no estás haciendo preguntas incómodas en pueblos ajenos… ¿Qué te gusta?.
Parpadeé, sorprendida, sentí mis mejillas sonrojarse.
Eso no era un interrogatorio.
Era una curiosidad real.
—Leer —respondí—. Y escribir. Supongo que también por eso estudié periodismo. Me gusta entender lo que otros no miran.
—Eso puede ser peligroso —dijo con suavidad.
—Ya me lo dijeron.
Una sombra cruzó su mirada, pero desapareció rápido.
—Eres valiente —dijo de la nada.
No supe qué responder.
Porque yo no me sentía valiente.
Me sentía fuera de lugar.
Horas después, la puerta principal se abrió con más fuerza de la necesaria.
Levanté la vista, en ese momento me encontraba ayudando a Seraphine a acomodar.
Rhydan entró con expresión cerrada. Tensa.
Pero cuando me vio… algo en su rostro cambió. Apenas. Pero cambió.
—Tenemos que irnos —dijo.
No pregunté a dónde.
Sabía la respuesta.
Rhydan no explicó nada cuando dijo que debíamos irnos.
Solo me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Y yo asentí.
No porque confiara.
Sino porque necesitaba respuestas.
El aire afuera estaba frío. El bosque parecía más denso de día que de noche. O tal vez era mi imaginación.
Caminamos en silencio al principio.
La casa quedó atrás, y con ella la sensación de falsa seguridad que había empezado a instalarse.
Apenas cruzamos la primera calle del pueblo, sentí las miradas.
No eran hostiles.
Eran… evaluadoras.
Una mujer dejó de colgar ropa cuando pasamos.
Un hombre apoyado en la pared bajó el cigarrillo sin apartar los ojos de mí.
Dos niños dejaron de jugar.
No susurraban.
No murmuraban.
Solo miraban.
—No les prestes atención —dijo Rhydan sin mirarme—. No es común ver gente nueva aquí.
“Gente nueva.”
La forma en que lo dijo me hizo sentir como si yo fuera una grieta en algo perfectamente construido.
—No parecen sorprendidos —murmuré.
—Lo están.
Lo miré de reojo.
—Entonces ¿qué es lo que veo?
Tardó en responder.
—Curiosidad. Y preocupación.
Eso no ayudó.
Seguimos caminando.
El pueblo no era grande, pero tenía algo como viejo en su estructura. Casas de madera oscura, techos inclinados, ventanas amplias que dejaban entrar la luz pero no revelaban demasiado.
Todo parecía… organizado.
Controlado.
Y yo era lo único que no encajaba.
—¿Siempre es así? —pregunté.
—¿Así cómo?
—Como si todos supieran algo que yo no.
Por primera vez desde que salimos, me miró de frente.
—Porque lo saben.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
—¿Y tú? —pregunté sin mirarlo—. ¿Siempre haces esto? ¿Traer desconocidas a tu casa?.
Una sombra cruzó su boca.
—No.
No explicó más y yo no pregunté nada más después de eso.
Porque estaba empezando a entender que en este lugar, cada respuesta tenía un precio.
Te lo escribo a vos de nuevo, pero no hace falta que me respondas jaja es para poder copiarlo bien y poder pegarlo en otro lado
La mansión apareció entre los árboles como si no hubiera sido construida, sino plantada allí.
Oscura. Firme. Silenciosa.
No parecía una casa.
Parecía una decisión.
Rhydan no habló mientras subíamos los escalones. Pero su cuerpo estaba tenso. Lo sentía incluso sin tocarlo.
—Pase lo que pase ahí dentro —dijo sin mirarme—, no hables más de lo necesario.
Eso me irritó un poco.
—No soy imprudente.
—No. Pero eres curiosa.
No supe si eso era un reproche o una advertencia.
Entramos.
El aire dentro era distinto. Más pesado. Más contenido.
La habitación donde nos hicieron pasar no tenía decoración innecesaria. Una mesa robusta en el centro. Sillas alineadas con precisión casi incómoda. Ventanas cerradas pese a la luz del día.
Lucien estaba de pie.
No necesitaba presentarse. Se notaba.