El aire afuera no era tan denso como lo había sentido adentro.
Era frío, sí. Pero limpio.
No dije nada cuando cruzamos el umbral de la casa grande. Tampoco él. No hacía falta. Había algo en la forma en que caminaba, apenas por delante de mí, que decía más que cualquier explicación.
No parecía molesto.
Parecía… pensando.
Bajamos los escalones y avanzamos por el sendero de piedra. El bosque rodeaba la casa como si no necesitara permiso para estar ahí.
Fue entonces cuando alguien se nos acercó.
—Rhydan.
La voz era masculina, joven.
Levanté la mirada y vi a un chico de cabello claro, sonrisa tranquila, postura relajada. No había tensión en él. No había juicio.
Sus ojos se posaron en mí con curiosidad abierta.
—No solemos tener visitas —dijo, sin dejar de sonreír—. Así que… bienvenida.
Parpadeé, sorprendida.
—Gracias —respondí, quizá demasiado rápido.
Él asintió, como si eso fuera suficiente, y le dio una palmada en el hombro a Rhydan antes de seguir su camino.
No hubo susurros. No hubo miradas hostiles.
Solo normalidad.
Caminamos unos pasos más antes de que yo hablara.
—No todos parecen querer que me vaya.
Rhydan soltó una exhalación apenas audible.
—No todos temen lo desconocido.
—¿Y tú?
Giró apenas la cabeza hacia mí.
Cuando se acercó un paso, la distancia dejó de ser cómoda.
Sus ojos, de ese tono imposible entre avellana y sombra, no tenían suavidad. Pero tampoco eran crueles. Eran… conscientes.
Como si siempre estuviera alerta.
Como si nunca bajara la guardia.
Había una cicatriz mínima junto a su ceja izquierda que no había notado antes. Pequeña. Casi invisible. Pero estaba ahí. Recordándome que su mundo no era tan tranquilo como aparentaba.
Y por primera vez, pensé que quizás no era yo la única que no encajaba en este lugar.
—Yo prefiero entenderlo antes de decidir.
Lo miré por unos segundos más hasta que corrí mi mirada a cualquier cosa que no sea él.
Seguimos caminando por el pueblo. Las casas de madera oscura parecían formar un círculo invisible alrededor del centro. Todo estaba limpio. Ordenado. Demasiado cuidado.
—¿Siempre es así de… tranquilo? —pregunté.
—Depende del día.
—¿Y hoy qué día es?
Una sombra cruzó su expresión. Pero fue breve.
—Uno interesante.
Rodé los ojos.
—Eso no responde nada.
—Responde lo suficiente.
Lo miré de costado.
—¿Desde cuándo haces esto?
—¿Qué cosa?
—Caminar como si supieras más de lo que dices.
Una pequeña curva apareció en su boca.
—Desde siempre.
—¡Uf! Eres detestable —respondí, escuché una breve y casi inaudible risa por parte de él, pero no quise confirmarlo mirándolo.
Llegamos a la casa. Esta vez no me pareció tan ajena. Seguía sin ser mía, pero al menos ya no era territorio desconocido.
Seraphine no estaba en la sala. Tal vez quiso darnos espacio.
Rhydan dejó la puerta entreabierta y se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.
—No tenías que venir conmigo hoy —dije.
—Sí, tenía.
—Podría haber respondido sola.
—Lo hiciste.
—Entonces ¿por qué esa cara?
Me sostuvo la mirada.
—Porque no me gusta que te miren como si fueras una ecuación que deben resolver.
Mi estómago se tensó.
—Y ¿Lo soy?
—No lo sé.
Esa honestidad me desarmó más que cualquier mentira.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… expectante.
—¿Por qué haces esto? —pregunté finalmente—. ¿Por qué me ayudas?
No respondió enseguida.
Se acercó un paso. No demasiado. Lo justo para que su presencia cambiara el aire entre nosotros.
—Porque no creo que hayas venido aquí por casualidad.
—Eso suena inquietante.
—Tal vez lo es.
Lo observé unos segundos más.
—No confío en ti —admití.
No pareció ofendido.
—No deberías. Al menos, no por ahora.
Eso, extrañamente, me tranquilizó un poco.
Él me mostró una sala más que había en la casa.
Su padre al parecer tiene una fascinación con la lectura, tiene una biblioteca enorme llena de libros viejos y me quedé aquí, mientras él se iba nuevamente.
Agarré un libro cualquiera.
Historia antigua.
Al menos me va a entretener.
Más tarde, cuando subí a la habitación, el cansancio me cayó encima como un peso real. No físico. Mental.
Me acosté sin cambiarme.
Cerré los ojos.
Y escuché.
Al principio pensé que era el viento.
Luego no estuvo tan segura.
Era algo más bajo. Más profundo.
Como pasos.
Como algo desplazándose en la distancia.
Me obligué a respirar lento.
No voy a empezar a imaginar cosas, no de nuevo.
El sueño me tomó sin avisar, pero no fue un sueño claro, un sueño como los que tuve antes, está vez era distinto.
No hubo imágenes definidas, solo el bosque. La luna. Una luz plateada filtrándose entre los árboles. Algo corriendo. No hacia mí. Sino a mi lado. Una presencia que no me daba miedo. Pero tampoco era familiar. Sentí tierra bajo mis pies. Aire en mi rostro. Un latido que no parecía solo mío.
Desperté de golpe.
El corazón acelerado.
La habitación estaba oscura.
Por un segundo no supe dónde estaba.
Entonces escuché algo.
Un sonido real.
No dentro de mi cabeza.
Aullidos.
Lejanos. Pero claros.
Me levanté lentamente y caminé hasta la ventana.
No sé qué esperaba ver.
Tal vez nada.
Tal vez confirmar que aún estaba medio dormida.
Corrí apenas la cortina.
Y los vi.
Lobos.
Caminando por el pueblo.
Sin caos. Sin persecución. Sin miedo.
Como si pertenecieran ahí.
Uno pasó frente a la casa. Otro cruzó la calle. Un tercero levantó la cabeza hacia la luna.
Mi respiración se volvió irregular.
No puede ser.