Luna De Sangre

7

Capítulo 7: El traidor (versión extendida épica)

La noche había caído como un manto oscuro sobre la aldea del clan Luna Negra. El fuego central iluminaba los rostros de los lobos con un brillo anaranjado que parecía bailar entre la desesperación y la furia. La traición de Marcus había dejado cicatrices invisibles en todos, y cada guerrero sentía que la estabilidad de su mundo se había quebrado.

Adrián caminaba junto a su padre, Darian, cuya respiración era pesada y su frente estaba perlada de sudor. Los ojos del Alfa estaban llenos de decepción, pero también de determinación. Cada paso que daba el joven heredero estaba cargado de rabia contenida.

—¿Cómo pudiste, Marcus? —gruñó Adrián, la voz resonando entre los árboles—. Después de todo lo que hemos pasado, ¿traicionarnos así?

Marcus permaneció impasible, como si cada palabra de Adrián no tuviera peso. Sus ojos brillaban con un frío calculador que hacía temblar incluso a los lobos más veteranos.

—El mundo está cambiando —dijo con calma—. Viktor tiene razón. Somos piezas en su juego, y es hora de aceptarlo.

Un murmullo de incredulidad recorrió la aldea. Los lobos miraban a Marcus con horror y desconfianza. Nadie podía comprender que alguien que había crecido entre ellos y compartido su sangre los había vendido a un enemigo.

Valeria se colocó junto a Adrián, la luz del fuego reflejándose en sus ojos rojos. Su postura era firme, lista para intervenir, pero su calma parecía transmitir algo a Adrián: un recordatorio de que no podían perder la cabeza. Sus manos se rozaron apenas, y un escalofrío recorrió ambos cuerpos. La tensión prohibida crecía,mezclándose con el peligro de la traición.

—No puedes quebrar nuestra manada —dijo Adrián, transformando parcialmente sus ojos en dorado, un destello de su lobo interior despertando—. Marcus, pagarás por esto.

Marcus sonrió con desdén. —Sobrevivir o no, veremos si tu manada sigue creyendo en ti cuando Viktor mueva sus piezas.

Darian se incorporó con dificultad, apoyándose en un bastón improvisado. Su voz resonó firme, llena de autoridad:

—La fuerza de este clan no está en un solo lobo. Está en nuestra unidad. Marcus ha cometido un error: subestimó lo que significa pertenecer a Luna Negra.

Los lobos jóvenes comenzaron a discutir acaloradamente. Algunos insistían en atacar de inmediato, mientras otros pedían precaución. La traición había encendido una chispa de miedo y duda que podía ser más peligrosa que cualquier ataque externo.

—¿Y si hay más traidores? —preguntó un joven lobo, la voz temblorosa—. Si Viktor tiene a alguien más dentro de la manada…

Un silencio pesado cayó sobre todos. La posibilidad de que no fuera solo Marcus mantenía a cada lobo en alerta máxima. Nadie podía relajarse. Nadie podía confiar completamente.

Valeria apoyó su mano en el hombro de Adrián. —No podemos dejarnos consumir por el miedo —susurró—. Viktor quiere que dudemos de nosotros mismos. Por eso juega con la lealtad de tu gente.

Adrián asintió lentamente. Sentía cómo cada roce de su mano con la de ella lo mantenía centrado. Cada mirada que compartían era una promesa silenciosa de alianza, confianza… y un vínculo que ambos sabían prohibido.

—Marcus no decide por todos —gruñó Adrián—. La manada seguirá de pie, y yo lo demostraré.

Mientras hablaba, los lobos comenzaron a reorganizarse. Algunos defendían a los heridos, otros patrullaban el perímetro. Adrián y Valeria estaban en el centro, preparados para cualquier movimiento de Marcus o de los infiltrados que pudieran aparecer. Cada decisión era vital, cada segundo contaba.

—Debemos dividirnos en equipos —dijo Darian—. Uno protegerá la aldea, otro vigilará los alrededores, y un tercero se encargará de localizar a cualquier infiltrado. No podemos permitir que Viktor tenga ventaja.

Marcus observaba con indiferencia, como si cada palabra fuera solo un obstáculo menor en su plan. Pero los lobos no retrocedieron. Adrián sentía cómo la manada, pese al miedo y la traición, comenzaba a unirse bajo su liderazgo.

Valeria se acercó más a Adrián. —Debemos planear cuidadosamente. Viktor no se detendrá ante nada —murmuró—. Sus movimientos son precisos, su paciencia infinita.

Adrián tomó aire, sintiendo que su poder y su responsabilidad se entrelazaban. —Entonces debemos ser más listos —dijo—. Él mueve las piezas, pero nosotros también podemos jugar.

Por un instante, sus manos se entrelazaron. No era un gesto casual; era un pacto silencioso. La atracción entre ellos era intensa, imposible de ignorar, y mientras la guerra se avecinaba, ese vínculo se convertiría en su mayor fuerza… y su mayor debilidad.

El fuego crepitó, proyectando sombras danzantes sobre los rostros de los lobos. La traición de Marcus había abierto una grieta en la manada, pero también había encendido una chispa de determinación. Adrián lo sabía: la guerra estaba a punto de comenzar, y cada decisión definiría el destino de su clan, de Valeria… y de él mismo.

En lo profundo del bosque, ojos rojos observaban la aldea desde la penumbra. Viktor sonrió lentamente. Sus planes estaban avanzando más rápido de lo que los lobos podían imaginar. La batalla no había hecho más que empezar.

—Es hora —susurró Viktor—. Que comience el verdadero juego.




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