REYNA
Dije que sí.
¿Pero me estoy arrepintiendo?
Las burbujas de jacuzzi explotan en mi piel. El calor que emana el agua me relaja. No puedo creer que esté en el baño del rey Alfa, dándome un largo baño después de todo lo que he tenido que pasar en las últimas horas. Las quemaduras de mi espada pican por el contacto del líquido burbujeante. He usado un jabón a lavanda y el olor se expande por todo el cuarto de baño.
Estoy relajada, y por alguna extraña razón, me siento protegida. Es obvio, en este lugar no me pueden hacer nada. Él me ha salvado de morir en la hoguera. Todo el mundo parece odiarme, pero él me invita a pasar la noche en su habitación. A solas. Sin cámaras, ni ojos expectantes capturan toda interacción.
Devon está esperándome detrás de la puerta para tenderme la mano y ayudarme.
¿Es estúpido que haya aceptado?
Después de todo tiene fama de mujeriego.
Y los hombres de esa calaña no te ayudan sin más.
Quieren algo a cambio.
Cuando estoy satisfecha del baño, salgo de la bañera y atraigo el albornoz blanco de una de las perchas doradas. Las decoraciones de este palacio están fabricadas de oro. Yo misma pude extraer kilos y kilos de ese material en las minas de Vampyr. Es cotizado.
Me siento rara, jamás había tenido la posibilidad de lavar mi suciedad en una bañera tan lujosa como esta. Ni estar en ningún lugar como este. Es mucho más magnifico que el palacete donde nos ubican a las elegidas.
Me ajusto el albornoz, e inspecciono mi cabello castaño en el espejo. Esta húmedo todavía. Largo con ondas. Las marcas de ceniza y humo han desaparecido de mi rostro dejando ver mi piel pálida. Mis ojos verdes tienen un extraño brillo. No me gusta, no quiero que mis ojos brillen. Lucen bien pareciendo muertos.
Abro la puerta del baño, el vapor que se ha mantenido retenido en la estancia se disparada junto a mi cuando comienzo a andar. Ya es de noche, las estrellas surcan en el cielo y los grandes ventanales me dan vistas hacia el bosque. Su cama está desecha, debe haberse sentado mientras esperaba. Tarde demasiado en salir.
Devon está en su escritorio, concentrado en un cuaderno que parece lo más importante en su vida ahora, utiliza un lápiz para contonear el dibujo que está creando. Es un gran artista, no puedo negarlo. Los cuadros que están repartidos por toda su alcoba son abrumadores. Levanta la cabeza para observarme, su sonrisa de ladrón aparece.
—¿Ya no me quieres matar? —bromea, cierra el cuaderno y guarda su lápiz.
Me mojo los labios, estoy sedienta.
—Todavía siento ganas de hacerlo.
—Tu sed de venganza es imparable.
Se me escapa una sonrisa.
—Túmbate en la cama.
Parpadeo abrumada.
—¿Qué?
—Para revisar tus quemaduras —lo expresa como si fuera obvio —. Le pedí a una doctora que creara una crema para ti. No tengo mucha idea de cómo se curar a una vampira, ni cómo sanar quemaduras vampíricas. Tuve que informarme.
—¿Por qué?
Se cruza de brazos.
Devon se desplaza hasta su escritorio, extiende la mano para atrapar un bote con una crema blanca en su interior. Vuelve a mi lado, ladea la cabeza pidiéndome que vaya hasta su cama y me tienda en ella. Mi corazón se estruja por si petición. No estoy segura de hacer eso. Hay una sensación de desconfianza en mi pecho.
—¿Por qué te preocupas por mi, Devon?
Abre la tapadera del tarro, unta sus largos dedos en la crema. Se ve tan sexy utilizando sus dedos. Esta hombre se vería sexy hasta durmiendo.
—Porque sí —responde —. Ahora quítate el albornoz y túmbate en mi cama.
Trago saliva.
No controlo mis instintos cuando lo obedezco, mis pies caminan hasta el borde de su cama. Suelto el albornoz por la zona de mis hombros, lo bajo poco a poco sin mirar. Termino tumbándome en la cama, el colchón es tan blando que cierro los ojos por el placer. Dios mío, este palacio es un sueño. Esta vida que tiene Devon es una locura.
—Aún tienes quemaduras, ¿los vampiros no os regeneráis? —cuestiona preocupado.
Siento su presencia detrás de mí, eso me perturba. Podría hacer cualquier pedirle cualquier ahora mismo, y no podría negarme. Porque hay algo magnífico dentro de mi, que se estira y tiembla cuando se acerca.
Su dedo se desliza por mi quemadura, suelto un gemido. Debería ser de dolor, pero es del placer. Está tocándome con su dedo y estoy al borde de un acantilado. Necesito controlarme, esto que siento no es real. ¿Qué pasa? ¿Por qué hay pensamientos extraños cruzando por mi mente?
—No, nuestra piel tarda en sanar si nos da el sol o nos quemamos. Nuestro gen es diferente al vuestro, hay cosas que no tienen nada que ver —le explico.
Por eso vosotros ganáis siempre.
Y nosotros estamos a vuestra merced.
Silencio, Reyna.
—¿Hay alguna forma de hacer que el proceso de sanación sea más rápido? —quiere saber.
Hay una.
Pero no se lo voy a contar.
—Supongo, pero no lo sé. Nunca nos herimos a tal magnitud.
Los secretos de vampiros no se le cuentan a los enemigos. Y por ahora, él y los de su especie tienen a la mía en una dictadura que no deja vivir a ningún habitante de mi reino. Tengo que encontrar la manera de pedirle que cambie eso. Puedo seducirle.
Me quedo callada cuando esparce la crema en mis heridas, al principio pica pero después siento ligereza. Lo agradezco, porque no son para nada pequeñas. Esa hoguera me ha hecho mucho daño. Casi me vuelvo cenizas. No es agradable quemarte lentamente.
Cuando termina con mi espalda, me pide que me siente en su cama. Me abrocho el alborozo hasta el cuello, es estúpido porque él ya me ha visto desnuda. Se arrodilla en el extremo de la cama, levanta mi pie y desliza ese potingue en la planta de mi pie. Me distraigo observando sus mechones rubios.
—¿Mejor?
—Gracias.
—Es un placer —sonríe ladino, poniéndose de pie de nuevo.
Devon se acerca a mí, pone sus manos a ambos lados de mi cuerpo en el colchón y se inclina para observar mi rostro esperando que le diga algo. Pero yo no tengo nada que decir. ¿Está coqueteándome de nuevo? Está demasiado cerca, sus labios a centímetros de los míos.