REYNA
—Los mujeriego como tú suelen pensar que por decir palabras sucias van a cautivar a sus presas.
Y lo está haciendo.
Soy una estúpida.
Una tonta que no controla sus instintos sexuales.
Porque mi cuerpo hierve en pura lava ardiente que bloquea cada pensamiento coherente de mi cerebro. Solo puedo pensar en una cosa, solo puedo pensar en morder esos labios tan apetecibles que tiene. Y vengar a todo mi pueblo por las crueldades de sus antepasados.
Quiero su sangre.
Quiero su cuerpo caliente y vivo, brotando sangre deliciosa que me elevaría hasta lo más alto.
—¿Piensas que soy tu presa? —cuestiona ladeando su sonrisa.
—No. La presa eres tú, y las dieciocho elegidas que quedamos concursando somos los lobos hambrientos por obtener nuestro trofeo.
No puedo borrar la estúpida sensación que se expande en mi cuerpo. Es tan patética, que no la soporto. Estoy completamente expuesta en sus brazos, sus músculos me acarician mi piel desnuda. Quiero huir, porque esto me asusta. Pero algo me dice que si lo hago, podría empezar a extrañarlo más tarde.
No quiero sentir esto.
Yo no quiero sentir nada por Devon.
Él es el enemigo.
Un enemigo que puede darme todo lo que he soñado por años.
Que puede hacerme la reina de un imperio.
Y por eso, hay una parte de mi que quiere quedarse y empezar a devorar esos labios carnosos que posee. Y la otra parte, es una alarma que resuena en mi subconsciente, no me permite sentir absolutamente nada.
—Así que piensas eso, murciélago. Que me pueden atrapar —me toma de la barbilla con dureza y me hace mirarlo —. Pueden intentar cazar a la bestia, pero yo tengo la última palabra. Sé cuáles son las aptitudes que me interesan para la reina de mi imperio. Quién sabe. A lo mejor te elijo a ti.
—Te haría la vida un infierno.
—Y yo te la llenaría de placer —se acerca para lamerme la parte posterior de mi cuello, justo donde empieza mi mandíbula.
Que me lleven al maldito infierno, prefiero eso antes que estar al lado suyo. Con su estúpida sensualidad redimiendo cada pizca de fortaleza que tengo. Yo no sabía que Devon era así, sabía que era un mujeriego pero no que sabía tan bien jugar sus cartas. Maldita sea, yo no tengo la más mínima idea de seducir.
—El único placer que sentiría de ti es ver cómo te arruinas. Como te arrodillas contra mí. Como le devuelves a mi pueblo todo lo robado.
Devon me suelta, aprovecho para dar una gran bocado de aire. Me posiciono en frente de él, con todo mi cuerpo desnudo bajo su mirada de lobo que estoy segura que está disfrutando lo que observa. Está tan serio que me da miedo, mi estómago empieza a estrujarse por los nervios.
—¿Quieres que me arrodille?
Frunzo las cejas asombrada.
—¿Qué?
—Déjame que te demuestre porque tienes que ser mi reina.
Su cuerpo desnudo se doblega ante mi, sus músculos se tensan en el movimiento. Su piernas duras como rocas se inclinan para arrodillarse ante mi persona. Abro los ojos tanto que casi se salen de mis cuencas. Su cabeza se baja como rendición. Me muestra que daría lo que fuera por que yo le dijera que sí, que aceptara ser su elegida. Su reina. ¿Como demonios está pasando esto? Yo ni siquiera debería estar en este concurso en un reino donde todo es una amenaza para mi.
Tengo a un maldito rey arrodillado.
Uno que...
Que creo que está obsesionado conmigo.
Esto es peor que el infierno.
No resisto con esta agonía que se desata en mi sistema, yo no puedo ser la reina de nada. ¿Y si lo fuera? Si lo fuera podría salvar a todo mi pueblo, pero está condenada a cosas secretas mucho peores. Estaría condenada a amar al reino de los lobos. A cuidar de ellos. A tener que preocuparme por su bienestar y tratar de que los reinos vivieran en paz. Pero la paz no existe. No cuando hay almas tan corrompidas.
Mis extremidades de los brazos se trasforman en alas de murciégalo, tengo que huir a un lugar seguro. Tengo que pensar este suceso, ¡yo no he hecho nada para llamar su atención! Yo no puedo hacer esto. Aunque por una vez pensara en hacerlo.
Si que es verdad que quiero el poder.
¿Pero qué costo tendría eso?
Que costo tendría ser la reina del imperio que destruyó la mitad de los reinos del planeta.
Uno que está maldito.
🌙
No he podido dormir en toda la noche, estoy en la academia de las elegidas. La clase de ejercicio es la peor que se me da de todas. Tengo buena conducción física, pero no es justo. Algunas de las elegidas son muy rápidas, sobre todo las hadas y las conejas. No soy capaz de cumplir con el récord que hay establecido para aprobar esta materia.
Estoy muy frustrada porque no dejo de pensar en lo que sucedió ayer. No puedo sacarme de la mente todos esos sentimientos. Toda esa calentura que mi frío cuerpo canalizo. Lo peor es que lo sentí tan agradable que quiero volver a repetirlo.
Soy la maldita favorita del rey.
Por eso está mirándome mientras le explica a un grupo de chicas cómo defenderse si algún dragón vuela sobre sus cabezas. Está dando instrucciones precisas, no puedo dejar de mirarlo. No tiene la corona puesta, luce mejor sin ella porque sus cabellos dorados se mecen con la brisa de la mañana. Sus abdominales se notan bajo esta camiseta blanca, y esos pantalones deportivos se le pegan a la pierna como una segunda pie.
¿Estoy babeando?
Puede.
No me culpen por eso, este hombre es una perdición.
—¡Apura ese ritmo, Reyna Larsson! Estás entre las últimas y eso va a restarte puntos —me grita la entrenadora Mireiya. Es una de las mejores guerreras y nuestra instructora en esta clase.
Cargué con carretillas llenas de diamantes, rubíes, esmeraldas y obsidianas. Trabajé durante la noche jornadas enteras, martilleando contra duras piedras impenetrables. No es posible que me cueste tanto mover las piernas como a estas estupidas. Mi fuerte definitivamente no es el atletismo. Por lo menos soy bonita.