El día que siguió a su paso por el Umbral amaneció frío y pesado, con un cielo gris que parecía reflejar la pesadez que ambos llevaban en el pecho. Luca y Aiden regresaron al refugio de la manada con la sensación de que algo había cambiado para siempre. No solo habían descubierto fragmentos oscuros del pasado, sino que también se sentían irrevocablemente unidos por las verdades compartidas y por la lucha que les esperaba.
Aiden se sentó junto a Luca frente al fuego apagado. Su mirada, normalmente llena de fuerza, denotaba ahora una sombra de incertidumbre.
—No sabía que la maldición era tan antigua, ni que tantos habían sufrido antes que nosotros —dijo en voz baja—. A veces siento que ser hombre lobo es solo una parte de un destino que nadie escogió.
Luca tomó la mano de Aiden, apretándola con ternura.
—Somos más que nuestra herencia. Lo que somos depende también de lo que elegimos. Y yo elijo estar a tu lado, en la luz y en la oscuridad.
El vínculo entre ellos se volvió más fuerte, pero el temor crecía. Sabían que la manada no solo necesitaba valor para enfrentar a sus propios fantasmas, sino también unidad para resistir amenazas externas, que se cernían como nubes negras en el horizonte.
días siguientes trajeron entrenamiento, vigilias y reuniones con los miembros de la manada. Se hablaba de enemigos ancestrales, de pactos rotos y de la necesidad de prepararse para un enfrentamiento inevitable. Luca, aunque humano, se integraba cada vez más, aprendiendo a responder con rapidez, a interpretar signos y a anticipar movimientos.