La manada se congregó bajo la luna menguante, un cielo tachonado de estrellas que parecía observar con aprobación el ritual que estaba por comenzar. Luca y Aiden, ahora portadores de la sabiduría ancestral, lideraban el círculo junto a la anciana sabia, cuya presencia evocaba el peso de siglos de guardianes lobunos. El aire estaba cargado de incienso natural —hojas de salvia y ramas de enebro quemadas en un fuego central—, y cada miembro de la manada sostenía una piedra tallada con runas que simbolizaban la dualidad: humano y lobo, sombra y luz.
El ritual no era mera ceremonia; era un renacimiento colectivo. La anciana inició el canto, una melodía gutural que resonaba desde lo más profundo del bosque, invocando a los espíritus protectores de las leyendas lupinas. Luca sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal mientras colocaba su piedra en el altar improvisado, un monolito de granito cubierto de musgo luminoso. Aiden, a su lado, le tomó la mano con firmeza, sus ojos dorados brillando con una intensidad que mezclaba devoción y deseo.
—Este es nuestro pacto con el pasado y el futuro —murmuró Aiden, su voz un ronroneo bajo que solo Luca podía oír—. Nuestra luz no se apaga porque nos tenemos el uno al otro.
La anciana continuó explicando las runas: una representaba el equilibrio de Licaón, el rey transformado por su hybris, pero redimido en interpretaciones posteriores como guardián de la frontera entre mundos. Otra evocaba a los lobos de las estrellas nórdicas, Fenrir y sus hermanos, símbolos de fuerza indomable pero también de lealtad familiar. Luca, el humano entre bestias, recitó las palabras de unión que había aprendido, su voz ganando fuerza con cada sílaba, tejiendo un hechizo invisible que fortalecía los lazos de la manada.
A medida que el ritual avanzaba, visiones compartidas invadieron sus mentes: flashes de batallas antiguas donde lobos alados defendían aldeas de sombras primordiales, amores prohibidos que habían salvado clanes enteros, y traiciones que habían forjado maldiciones. Luca vio su propio reflejo en esas historias —un outsider convertido en pilar—, y Aiden, la bestia que hallaba paz en brazos humanos. El fuego central crepitó con más vigor, proyectando sombras danzantes que parecían lobos guardianes protegiendo el círculo.
Pero no todo era paz mística. En el clímax del ritual, un viento gélido irrumpió desde el norte, trayendo ecos de aullidos hostiles. La manada rival, alertada por la energía liberada, se aproximaba. La anciana sonrió con serenidad, rompiendo una ampolla de elixir ancestral —una mezcla de sangre lupina y hierbas lunares— que salpicó el altar. El suelo tembló, y una barrera etérea se alzó, un velo de luz plateada que rechazó las sombras invasoras.Luca y Aiden, exhaustos pero empoderados, se abrazaron en el centro del círculo mientras la manada rugía en victoria simbólica. Su beso, apasionado y cargado de promesas, selló el ritual: un juramento de que su amor no solo los uniría a ellos, sino que serviría de faro para romper ciclos eternos de oscuridad.
Al alba, con el cielo tiñéndose de rosados y dorados que filtraban a través de las copas de los árboles centenarios, Luca y Aiden lideraron a una delegación selecta de la manada hacia el territorio neutral acordado por el mensajero rival. El bosque parecía contener la respiración, consciente de que este encuentro podía sellar la paz o desatar una guerra mayor. Luca sentía el pulso acelerado, no solo por el riesgo, sino por la responsabilidad de ser el puente humano entre dos mundos lupinos divididos por siglos de rencor.
Aiden caminaba a su lado, su presencia un muro de músculo y determinación, pero con una vulnerabilidad en los ojos que solo Luca conocía. "Si fallamos aquí, no será por falta de corazón", le susurró Aiden mientras cruzaban un arroyo cristalino que marcaba la frontera invisible. La anciana sabia los acompañaba, su bastón tallado con runas pulsando con una luz tenue, un recordatorio del ritual que aún resonaba en sus venas.
El claro de encuentro era un anfiteatro natural, rodeado de rocas musgosas y un círculo de pinos guardianes. La manada rival ya esperaba: su alfa, un lobo imponente de pelaje negro azabache y cicatrices que narraban batallas legendarias, flanqueado por guerreros tensos. Entre ellos destacaba una loba de ojos ámbar, cuya mirada se clavó en Luca con una mezcla de curiosidad y desconfianza. "Un humano como emisario", gruñó el alfa, su voz un trueno bajo. "Valiente o imprudente".
Luca dio un paso al frente, canalizando la fuerza del ritual. "Ni lo uno ni lo otro. Soy el lazo que une lo que la maldición dividió. Vuestra oscuridad mayor no distingue manadas; nos devorará a todos si no unimos luces". Aiden respaldó sus palabras con un aullido corto y resonante, un saludo ancestral que suavizó las posturas rivales.
La negociación se extendió horas, revelando la amenaza común: un antiguo mal primordial, despertado por la magia prohibida del Umbral, una entidad sin forma que corrompía la tierra misma, convirtiendo bosques en desiertos áridos y lobos en bestias sin alma. El alfa rival compartió pergaminos robados de ruinas olvidadas, mapas que coincidían con los del Umbral, confirmando que la maldición original había sido un sello frágil contra esta abominación.
Tensiones surgieron: acusaciones de traiciones pasadas, demandas de territorio, dudas sobre lealtades. La loba ámbar desafió a Aiden a un duelo ritual de voluntades —no letal, sino de dominio espiritual— para probar la sinceridad de la alianza. Aiden aceptó, transformándose parcialmente bajo la luz del sol naciente, sus ojos dorados ardiendo mientras compartían visiones mentales: flashes de su amor con Luca, de la manada unida, de un futuro sin cadenas.
Luca intervino en el clímax, tocando el hombro de Aiden y extendiendo la mano a la loba. "La fuerza no divide; multiplica". Su gesto humano, desarmado, rompió la barrera: la loba inclinó la cabeza en respeto, sellando la tregua con un juramento de sangre compartida —una gota de cada alfa y de Luca, el humano, vertida en el arroyo.