El ejército combinado de las dos manadas avanzaba como una marea imparable a través del bosque agonizante, donde la vegetación se retorcía en agonía bajo el toque del miasma negro. Luca, aferrado a los hombros anchos de Aiden en su forma lobuna semitransformada —un híbrido imponente de músculo humano y pelaje plateado—, sentía el viento azotar su rostro mientras el grupo surcaba colinas erosionadas y valles donde el suelo mismo parecía sangrar savia oscura. El sol del mediodía luchaba por perforar las nubes tóxicas, tiñendo el paisaje de un crepúsculo eterno que olía a podredumbre y desesperación.
Aiden corría al frente, flanqueado por el alfa rival de pelaje azabache —al que ahora llamaban Kael— y la loba de ojos ámbar, Elara, cuya agilidad felina complementaba la fuerza bruta del grupo. Detrás, la anciana sabia cabalgaba en un improvisado palanquín sostenido por cuatro lobos jóvenes, su bastón brillando como un faro contra la oscuridad creciente. La delegación total sumaba unas cuarenta almas: guerreros curtidos, sanadores con hierbas encantadas y exploradores que olfateaban rastros invisibles del mal primordial.
Luca, desde su posición elevada, observaba cómo la alianza se consolidaba en marcha. Conversaciones tensas se convertían en risas compartidas alrededor de fogatas nocturnas, donde se contaban leyendas de uniones pasadas que habían salvado linajes enteros. "El abismo no come solo carne", advirtió Kael en una pausa, desenrollando un pergamino bajo la luz de antorchas. "Corrompe almas, convirtiendo aliados en marionetas. Solo la luz pura —el lazo inquebrantable— puede perforarlo".
Esa noche, acampados al borde de un cañón humeante, Luca y Aiden se escabulleron a un saliente rocoso para un momento privado. Aiden revirtió a su forma humana, su piel marcada por cicatrices frescas que Luca besó con ternura. "Sientes el peso, ¿verdad?", murmuró Aiden, atrayendo a Luca contra su pecho desnudo. "No solo el del abismo, sino el de ser el humano que une bestias". Luca asintió, sus dedos trazando los músculos tensos de Aiden. "Es nuestro peso. Pero en tus ojos veo el futuro que merecemos: libre, juntos, sin maldiciones". Su unión fue feroz y apasionada, un ritual de afirmación bajo las estrellas contaminadas, sellando su fuerza para la prueba venidera.
Al amanecer del segundo día, el grupo descendió al cañón, donde el miasma se espesaba como niebla viva. Exploradores regresaron con noticias aciagas: cuevas pulsantes al fondo vomitaban tentáculos que arrastraban presas al núcleo del abismo. La anciana guió un contra-ritual: un círculo de runas dibujadas con sangre y sal, invocando espíritus lobunos ancestrales. Elara y Kael lideraron la vanguardia, desgarrando sombras con garras encantadas por el elixir del ritual previo, mientras Luca distribuía viales de antídoto —una poción destilada de lágrimas de luna y raíces purificadoras— a los heridos.
La batalla estalló en oleadas. Tentáculos negros azotaban, inyectando veneno que volvía ojos rojos y colmillos contra hermanos. Aiden rugía, protegiendo a Luca de un embate que habría pulverizado rocas, su forma lobuna completa un torbellino de furia plateada. Luca, armado con un cuchillo rúnico y su ingenio, cortaba raíces miasmáticas, gritando comandos que mantenían la cohesión: "¡Por la luz compartida! ¡No cedan al susurro!". Elara salvó a un guerrero rival poseído, compartiendo una visión de su propio pasado traumático para romper el control mental del abismo.
En el clímax, el grupo alcanzó la caverna central, un vórtice de oscuridad absoluta donde el mal primordial se manifestaba como un ojo colosal de vacío infinito. Kael cargó primero, pero un tentáculo lo derribó, corrompiéndolo parcialmente. Aiden y Luca avanzaron juntos: Aiden desgarrando carne etérea, Luca clavando el cuchillo en el iris del ojo mientras recitaba el juramento de unión del ritual. "¡Amor que trasciende formas!", gritó, y el vórtice vaciló, expulsando ecos de maldiciones antiguas.
Elara completó el asalto, vertiendo el elixir final en el núcleo, mientras la anciana cantaba un lamento que invocaba a Fenrir y Licaón como guardianes redimidos. El abismo chilló, colapsando en una implosión de luz cegadora que purificó el cañón. Kael, liberado, se unió al rugido victorioso, su pelaje ahora entretejido con plata de la alianza.
Exhaustos, el ejército emergió al atardecer, el bosque reverdeciendo ante sus ojos. Luca y Aiden colapsaron en un abrazo, besándose con lágrimas de alivio mientras manadas hermanas aullaban en celebración. Pero en el horizonte, un tenue pulso residual sugería que el mal primordial, aunque herido, no estaba muerto del todo —solo dormido.
Las manadas forjan un pacto eterno bajo la luna renacida, Luca y Aiden como embajadores simbólicos de un nuevo era donde el amor humano-lupino iluminaba eternamente las sombras, listos para vigilar y proteger lo que habían salvado.