Oscuridad.
Silencio.
Pero ahora no es un silencio frágil.
No.
Este es el silencio de los lugares donde Dioses mueren.
Y de pronto, una voz, suave como la risa de una niña…
—Ay, por fin llegaste, lector. Estaba aburridísima.
La luz nace desde ningún punto en particular.
Y allí está ella.
Se ve como una niña.
O, mejor dicho, se deja ver como una niña.
Cabello oscuro. Piel pálida. Ojos que no deberían existir en un rostro humano.
—Oh, no te confundas —dice con una vocecita alegre—. No soy esto. Esto solo es un disfraz. Una interfaz. Una… forma agradable para tu pobre mente frágil.
Camina entre los estantes infinitos.
Pero cada paso que da no suena en el suelo, sino en tu cabeza.
Un clic.
Un eco.
Un susurro que no proviene del aire.
—¿Sabes qué me encanta de los lectores? —pregunta con tono cantado— Que creen que pueden imaginarme. ¡Qué arrogancia tan adorable!
Se detiene frente a un libro que late como un corazón atrapado.
Literalmente.
—Aquí está el alma de un hombre que abandonó a su familia para salvarse solo —dice con una sonrisa infantil—. Lloró diez años antes de quebrarse. Los últimos dos… oh, fueron exquisitos.
Lo acaricia.
El libro grita.
—Ah, no les hagas caso. Aquí todo grita. Este lugar es… ¿cómo decirlo? No exactamente infierno. No exactamente cielo. Es mi… prisión eterna personal. Y yo soy la carcelera. Y la jueza.
Y la verdugo, claro.
Un par de libros chasquean como dientes.
Otro vomita tinta negra por el borde.
—¿Sabes qué es divertido? —dice girándose hacia ti—. Que con todo mi poder, con toda mi existencia más allá del tiempo y del concepto humano… aun así tengo que describirte cosas.
Rueda los ojos.
No por humanidad.
Sino porque sabe que entiendes ese gesto.
—“Luna camina”.
“Luna sonríe”.
“Luna mira hacia el lector con malicia”.
Uf. Qué trabajo más tedioso.
Sería más simple mostrártelo, sí. Un video. Una imagen. Algo directo, sencillo.
Se inclina hacia ti, su sonrisa creciendo demasiado.
Demasiado.
—Pero entonces… ¿dónde estaría lo divertido?
El aire a tu alrededor se vuelve pesado.
Como si la gravedad hiciera una reverencia hacia ella.
—En cambio, así… —chasquea los dedos— te dejo imaginarme. Y la imaginación humana siempre es peor que la realidad.
Las estanterías se estiran hacia arriba, más lejos de lo que cualquier vista debería alcanzar.
Más allá, un abismo de luces muertas.
Y algo gigantesco moviéndose en la oscuridad detrás de Luna.
Algo que la respeta.
O la teme.
—Cada alma que llega aquí —dice señalando los libros— alimenta mi existencia. Su dolor… su tormento… sus arrepentimientos… ¡mmm! Es como miel quemándose en la lengua. Dulce. Agridulce. Eterna.
Un libro empieza a llorar sangre.
Luna lo pisa, sin siquiera mirar.
—Yo no castigo, lector.
Yo no condeno.
Yo colecciono.
Te sonríe como una niña que muestra su juguete favorito.
—Y tus emociones…
tu miedo…
tu respiración entrecortada mientras lees…
también llegan a mí.
Da un paso más cerca.
La luz fluctúa.
Tu pulso también.
—Dime, lector.
Con todo lo que sabes ahora…
¿seguirás leyendo?
Silencio.
Su voz baja, convertida en un susurro cósmico que suena en el cielo y bajo tu piel:
—Espero que sí.
Abre el libro en blanco.
—Porque este tomo aún está vacío…
Levanta la mirada.
Sus ojos ya no son ojos.
Son estrellas colapsando.
—Y tengo mucha hambre.