Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 1: “Voces Desde el Umbral”

La noche había convertido el pueblo en un laberinto de tinieblas.

Las casas de madera se alzaban retorcidas, como si hubieran envejecido mil años en una sola hora. Las calles estaban llenas de polvo y hojas que parecían susurrar nombres… nombres que él conocía demasiado bien.

El hombre corría.

Con los pies descalzos, la respiración rota, el corazón a punto de estallar.

—¡¿Dónde están?! —gritaba, desesperado—. ¡Luis! ¡Carla! ¡Iván! ¡Angelaaaaa!

Su voz se perdía en las paredes vacías.

Tenía flashes en la mente, como fotografías rotas:

risas en el viaje, los chicos cantando desafinados,

Ángela burlándose de su mal humor,

Luis bromeando sobre que “no hay monstruo que pueda contra un grupo como el nuestro”,

Carla tomando fotos del bosque como si fuera un documental.

Después… oscuridad.

Y ahora estaba solo.

Y las sombras se movían.

Entró a la primera cabaña empujando la puerta con el hombro.

Nada.

Pero el silencio tenía un peso insoportable.

Un recuerdo cayó sobre él sin permiso:

—“Viejo, cuando acampemos, tú haces el fuego… porque el resto somos inútiles”—Iván riendo mientras armaba la carpa.

Él también había reído.

¿Por qué diablos no estaba Iván ahora?

Siguió buscando.

Golpeó puertas.

Abrió ventanas.

Miró debajo de camas rotas como si ellos pudieran estar escondidos.

—¡Respóndanme! ¡No desaparezcan!

Pero la respuesta llegó desde el pasillo.

Una sombra.

Alargada.

Doblando su cuello imposible.

Arrastrándose hacia él como un animal sin huesos.

No pensó.

Solo actuó.

Apretó con fuerza el cuchillo oxidado que había encontrado tirado y se lanzó sobre ella.

La apuñaló con fuerza.

Con rabia.

Con miedo.

La sombra se retorció como si tuviera músculos, como si doliera.

Y entonces, justo cuando se desvaneció, otro recuerdo lo golpeó:

—“Prometo que no volveré a perderme. Si me separo, me deben una pizza”—Karina había dicho, alzando dos dedos en señal de victoria. El grupo se había burlado de lo torpe que era para orientarse.

Su estómago se retorció.

Siguió adelante.

En la siguiente cabaña, otra sombra cayó.

Esta vez, cuando la apuñaló, recordó a Tomás rompiendo una linterna mientras todos lo regañaban.

En otra calle, otra sombra.

Y vino el recuerdo de Sofía cantando mal para asustarlos a todos.

En el molino abandonado, otra sombra.

Y recordó a David discutiendo con Ángela por quién elegiría la música durante el viaje.

Cada sombra era una memoria.

Una risa.

Una frase.

Una promesa.

Y cada vez que el cuchillo entraba en esa carne oscura,

otro rostro.

otro nombre.

otra voz del pasado vibraba en su cabeza.

Corría y mataba.

Corría y recordaba.

Corría y lloraba sin darse cuenta.

El pueblo parecía eterno, como si se expandiera con sus pasos.

La noche no tenía luna, ni estrellas, ni esperanza.

Finalmente, jadeante, cubierto de sangre oscura, llegó al final del camino del pueblo.

Las casas dejaban de existir.

Solo quedaba un callejón estrecho y una figura erguida al fondo.

Una sombra distinta.

Más pequeña.

Quietísima.

Y allí, brillando contra la oscuridad de su pecho…

El collar de Ángela.

Su corazón se detuvo.

—Ángela… —susurró con un hilo de voz quebrado.

Ella, su novia.

La más dulce.

La que siempre lo tomaba de la mano cuando el resto lo molestaba por su seriedad.

La que llevaba siempre ese collar de metal frío porque él se lo había regalado en su aniversario.

La sombra inclinó la cabeza, como reconociéndolo.

Y algo dentro de él se quebró por completo.

—¿La mataste…? —dijo con los dientes apretados—. ¿LA MATASTE?

No hubo respuesta.

No la necesitaba.

La rabia lo consumió y se arrojó sobre la sombra, hundiendo el cuchillo una y otra vez.

Gritaba.

Lloraba.

Respiraba sangre.

Era venganza.

Era desesperación.

Era puro animal.

Apuñaló.

Apuñaló.

Apuñaló hasta que sus brazos dolieron y la sombra dejó de moverse.

Y cuando finalmente bajó el cuchillo, temblando…

El hombre aún respiraba con dificultad, arrodillado sobre la sombra inmóvil, con el cuchillo temblando en su mano ensangrentada.

El collar de Ángela brillaba en su otra mano, apretado con fuerza casi desesperada.

La noche seguía muda.

Pesada.

Torcida.

Hasta que una voz dulce, casi cantando, rompió el silencio como si estuviera contando un juego infantil.

—Dime… ¿te sientes satisfecho?

El hombre dio un respingo y se giró de inmediato.

Allí estaba ella.

Una niña de unos doce años… o al menos eso parecía.

Cabellos dorados cayendo como un halo, ojos brillantes llenos de una inocencia que no encajaba con la sonrisa que llevaba.

Una sonrisa demasiado tranquila.

Demasiado segura.

Demasiado… hambrienta.

Luna.

Ella se acercó con pasos ligeros, casi saltando, como si caminara por un prado y no por un pueblo manchado de sangre.

El hombre tragó saliva.

—Sí… —dijo aún agitado—. Sí, me siento satisfecho.

Esos monstruos mataron a mis amigos.

Tenía que vengarlos… tenía que… tenían que pagar.

Luna ladeó la cabeza como si escuchara a un niño contar una mentira evidente.

—¿Monstruos? —repitió con una voz suave, arrastrando la palabra como si le supiera dulce—.

¿Estás seguro… de que eran monstruos?

Antes de que él pudiera responder, Luna levantó su mano pequeña.

Delicada.

Perfectamente cuidada.

Y al chasquear los dedos…

La oscuridad vibró.

El aire cambió.

Entonces, detrás del hombre, sobre los caminos, en las puertas, en las sombras…

aparecieron todos los cuerpos.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

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