Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 3: Sabor a Nada

La Biblioteca respiraba.

Cada estante exhalaba un susurro distinto, como un coro de almas inquietas. Todo era silencio… hasta que un golpecito húmedo rompió la calma:

flop… flop… flop…

Un libro arrastrándose.

Literalmente arrastrándose, dejando un rastro de páginas rasgadas mientras avanzaba con la torpeza de una rata moribunda.

Se retorcía, levantando su tapa como si fuera una mandíbula muda, intentando gatear hacia la penumbra.

flop… flop… flop…

—Ay, por favor… —suspiró una voz suave detrás de él.

Una sombra infantil cayó sobre el libro justo antes de que un pie descalzo lo aplastara con la delicadeza de alguien que pisa una cucaracha por costumbre.

El libro tembló.

Intentó huir igual, pero el pie no se movió ni un milímetro.

Luna inclinó la cabeza, su cabello oscuro cayendo como un velo líquido.

—¿De verdad? ¿Otra vez tú? —preguntó, con ese tono dulce que solo usan las madres… o los psicópatas contentos—. ¿Qué te dije la última vez sobre intentar escapar?

Apretó un poco.

Las tapas crujieron como huesos.

—Ah, cierto… no puedes responder —sonrió con falsa lástima—. Porque no tienes boca. Ni piernas. Ni dignidad. Pero eso no te detiene, ¿eh?

Le dio un golpecito suave con la punta del pie, como si probara si aún estaba vivo.

—Mira que eres adorable. Toda esa desesperación… toda esa fe inútil… ¡y yo sin desayunar!

Se agachó, lo tomó con una sola mano como si fuera un gatito rebelde, y lo levantó a la altura de su rostro.

—Escúchame bien, pequeño desastre con tapas —dijo, pellizcando una de sus páginas como si fuera una mejilla—. En mi Biblioteca nadie se escapa.

Ni los asesinos, ni los mentirosos, ni los políticos… y mucho menos tú, que ni crimen digno tienes. ¡Imagínate! Eres tan patético que tu castigo es existir aquí. Eso debería darte una pista.

El libro tembló violentamente entre sus dedos.

Luna suspiró con cariño macabro.

—De verdad me obligas a comportarme como una madre estricta. Y mira que yo soy pésima madre… —sonrió—. Me las como.

Lo acercó a su pecho y le dio unos golpecitos como si calmara a un bebé.

—Shhh… ya, ya… no llores. Bueno, no puedes llorar. Pero si pudieras, tus lágrimas serían deliciosas.

Luego lo separó, lo observó con ojos brillantes y concluyó:

—Ahora, sé un buen condenado y vuelve a tu estante. Si te vuelvo a encontrar arrastrándote por ahí… —susurró con una sonrisa lenta, predatoria— te reescribo. Y te juro que no vas a disfrutar el nuevo final.

Con un movimiento ligero, casi elegante, lanzó el libro al estante correspondiente.

¡clap!

El libro quedó encajado, temblando.

Luna se limpió las manos como si hubiera terminado una tarea doméstica.

—Listo. Qué cansado es ser la única adulta responsable aquí… —rodó los ojos con teatralidad—. Y pensar que estoy rodeada de libros llenos de errores. A veces siento que soy bibliotecaria, mamá y verdugo… ¡todo al mismo tiempo!

Se río sola, infantil y oscura, mientras los demás libros temblaban ligeramente en sus lugares.

---

Cuando abrió los ojos, el mundo ya estaba muerto.

No había colores, ni formas definidas, ni horizonte.

Solo un camino gris, extendiéndose como una cicatriz interminable.

A los lados, miles de figuras marchaban en silencio.

Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos… todos iguales, todos apagados, todos sin rostro.

Él también caminaba.

No recordaba quién era.

Pero sabía que, de alguna forma, ya había caminado así antes.

Un paso.

Otro.

Otro más.

Hasta que el silencio se rompió en su cabeza como un cristal.

Y los recuerdos comenzaron a sangrar.

---

No recordaba su nombre, pero sí recordaba una sensación constante:

la necesidad desesperada de agradar.

“¿Puedo jugar con ustedes?”, preguntaba el niño que había sido.

Pero los otros nunca se detenían.

Lo ignoraban como si fuera aire… hasta que descubrían que podían usarlo.

—Tráeme eso.

—Corre tú.

—Dile eso a él.

Y el niño obedecía.

Porque cuando obedecía, dejaban de ignorarlo durante algunos segundos.

Porque su mayor terror no era el abuso… sino volver a ser invisible.

Una tarde, un grupo se burló de un chico nuevo.

El niño miró la escena con el estómago revuelto.

Sabía que estaba mal.

Sabía que era cruel.

Y aun así… rió.

Rió porque todos reían.

Rió para pertenecer.

Rió para no quedarse fuera.

En el mundo gris, su cuerpo seguía avanzando junto a la multitud.

Esa misma risa sin alma seguía resonando dentro de él.

---

En la secundaria aprendió algo más importante que matemáticas:

que la masa siempre tiene razón.

Vio golpizas.

Vio humillaciones.

Vio a profesores destruir sueños frente a él.

Nunca dijo nada.

Nunca ayudó.

Nunca se enfrentó.

Porque la verdad era simple y amarga:

No quería ser bueno.

Quería ser aceptado.

Cuando todos señalaban a un inocente, él señalaba también.

Cuando todos repetían un rumor, él añadía un detalle más para parecer útil.

Cuando todos buscaban a quién culpar, él daba nombres sin temblar.

Porque en su mente, él no hacía daño.

“Solo seguía lo que todos hacían”, se decía.

En el mundo gris, quiso detenerse.

Quiso salir de aquella fila sin fin.

Pero sus pies siguieron avanzando.

Como siempre lo hicieron.

---

Consiguió un trabajo.

Un jefe abusivo.

Compañeros crueles.

Un ambiente donde todos, absolutamente todos, se sometían al más fuerte.

Y él también.

Se volvió experto en sonreír cuando debía.

En guardar silencio cuando era conveniente.

En adular a quienes lo pisoteaban.

En culpar al débil cada vez que necesitaban un chivo expiatorio.

—Solo hago lo que cualquiera haría —se decía mientras firmaba una acusación falsa.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

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