Oscuridad.
Un olor a papel viejo… y algo más espeso, metálico.
La Biblioteca respira.
No es una metáfora: realmente respira. Una brisa tibia exhala entre los estantes, arrastrando susurros que no pertenecen a ningún ser vivo. El lector avanza —o cree avanzar, porque el suelo cambia según el paso— y las luces suspendidas en el techo se encienden y apagan como si alguien estuviera caminando sobre ellas.
Un golpecito suena entre los estantes.
Otro.
Otro más.
No es un sonido de pasos.
Son lamentos, pequeños sollozos que parecen estar atrapados en las páginas mismas. Algunos libros tiemblan, como si quisieran cerrarse, esconderse, huir. Otros, los más viejos, simplemente lloran tinta negra que cae entre las grietas del suelo como si fuera un reloj de arena derramándose.
Un libro se sacude con tal fuerza que cae del estante. Al golpear el suelo… salpica.
Sangre. Literal. Sangre fresca, roja, caliente
—Ay… —dice una voz infantil justo detrás del lector—. Qué descuidados son mis libros.
Cuando el lector se gira, no hay nadie.
Hasta que sí hay alguien.
Luna aparece como si siempre hubiera estado ahí, con su melena oscura flotando un poco por encima del hombro, los ojos brillando como luciérnagas encerradas en frascos.
—¡Hola de nuevo! —saluda con voz suave, inocente… demasiado inocente—. ¿Otra vez aquí? ¿De verdad? Curiosos… siempre curiosos. Y ustedes saben lo que dicen, ¿no? La curiosidad mató al gato… pero aquí los gatos son un manjar delicioso.
Aparece al fondo, luego a tu lado, luego arriba, colgando boca abajo como si el espacio no existiera. Cada vez que parpadeas, está en un lugar distinto.
Se detiene ante un libro enorme, que respira con movimientos entrecortados.
Lo acaricia como quien mima a un cachorro.
—Este… —dice con un susurro dulce—. Ah, este fue un violador. Tenía la violencia muy enterrada, ¿sabes? Por eso su sabor principal es… metálico. Un hierro caliente mezclado con un asco profundo que no es suyo, sino de sus víctimas. Lo que hago es simple: amplifico esa sensación. La hago hervir. La convierto en vapor emocional. Mmm… intenso, robusto, un plato fuerte.
Da un golpecito suave en el lomo y el libro gime.
Luego, aparece en otro estante, levantando un libro más pequeño, tembloroso.
—Este otro… ¡ah, un estafador! Pura codicia con una capa finita de falsa amabilidad. Como un pastel con demasiada azúcar y un relleno podrido. El sabor es dulce al principio… pero luego te deja una sensación rancia. Muy rancia. A este le subo el ego, se lo inflo hasta que implota dentro del libro. Es como caramelizarlo. ¡Delicioso!
Tira un beso en el aire, y el libro se estremece como si tratara de huir.
Aparece tres estantes más allá, abrazando un libro grueso y aceitoso.
—Mmm… este es especial. Ira pura. No violencia… ira. Es curioso cómo la rabia tiene textura, ¿sabes? Como un guiso muy picante, pero sin equilibrio. Un plato barato. Vulgar. Aunque debo reconocer… —suspira teatralmente— que cuando lo dejo hervir aquí dentro por un par de siglos, ¡la intensidad se vuelve exquisita!
El libro retumba como un tambor contenido.
Luna ríe.
Gira sobre sí misma y aparece sosteniendo otro libro, pequeño, delgado, mohoso.
Frunce los labios con disgusto.
—Flojos. Los almas flojas saben a pan viejo. A sopa fría. A nada. Son decepcionantes para mí. ¿Cómo amplifico algo que nunca sintieron con fuerza? —chupa un dedo como si evaluara un sabor—. Les doy miedo. Mucho miedo. Algo que nunca enfrentaron en vida. Y entonces, ¡ahí! aparece un saborcito nuevo. Terror recién exprimido. Pero aun así… —hace un gesto con la mano— siguen siendo comida barata. Como un menú infantil sin aderezos.
Deja caer el libro al estante, y este solloza de forma apagada.
Pero luego, Luna aparece con otro libro… uno que brilla ligeramente. Un brillo oscuro. Profundo.
Ella sonríe.
—Este… este es de mis favoritos. Un alma consumida por la envidia.
Oh, la envidia es… sofisticada.
Tiene capas.
Capas y capas de emociones densas que puedo sazonar, hervir, macerar, fermentar.
Acaricia el libro como si fuera un violín precioso.
—La envidia es como una cena de varios tiempos —explica elevando un dedo—. Primero amarga, luego salada, luego ácida… y si le quito las máscaras, si le muestro lo que nunca tuvo, lo que otros disfrutaron… ¡ah! se convierte en un soufflé perfecto de desesperación.
El libro tiembla, tratando de cerrarse solo, pero Luna lo mantiene abierto con un dedo.
—¿Ven? Miren qué reacción tan bonita cuando toco sus recuerdos. Esto… —inhala profundamente— es alta cocina.
Salta a otro estante sin caminar, como si hubiera sido colocada ahí por manos invisibles.
—Cada alma aquí —explica mientras señala hileras infinitas— tiene su sabor. Algunos intensos, algunos decepcionantes… pero todos tienen algo que puedo amplificar. El truco es simple: convertir sus emociones en algo más grande que ellos. Más fuerte. Más puro. Eso mejora el sabor.
Acaricia otros libros que se retuercen bajo su mano.
—Algunos son aperitivos… otros, platos principales… y unos pocos, muy pocos, merecen ser postre.
Su sonrisa se vuelve filosa, pero no pierde la inocencia.
Luna parpadea dos veces, su sonrisa dulce sigue ahí… hasta que un sonido extraño atraviesa la Biblioteca.
Un crujido.
Un murmullo.
Un gruñido que claramente no pertenece a una niña.
La sonrisa de Luna se estira demasiado, casi hasta las mejillas, y su voz se torna doble: una infantil y otra grave, como un eco enterrado bajo kilómetros de piedra.
—Y ustedes… todavía están fuera del menú.
P o r a h o r a…
El aire se tuerce. Las lámparas tintinean como dientes chocando.
Durante un segundo, algo aparece detrás de ella. Una sombra. No una proyección: otra mandíbula. Otra forma. Algo que la habita o que ella contiene.