Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 4: El plato frio de la vanidad

La oscuridad se remueve como una manta que no quiere que la despierten.

El aire vibra con pequeños sollozos, gemidos apretados entre páginas y murmullos que se arrastran como insectos. En la Biblioteca de Luna nada está quieto. Nada está en paz. Cada libro llora de una forma distinta… culpa hirviendo, angustia salada, arrepentimiento ácido.

Y entre todo ese concierto de tormentos…

Luna.

Sentada sobre una colina absurda de libros, las piernas oscilando sin gracia, las mejillas infladas en un puchero monumental. Parece una niña que lleva horas esperando un juguete que jamás llega.

—Uuuuugh… —gime, estirando la palabra como si fuera un hilo pegajoso—. ¿Otra vez tú…? No me mires así, tampoco es como si estuviera emocionada de verte.

Bosteza exageradamente, casi teatral.

—Últimamente todo lo que me llega es tan… soso —resopla—. Pecaditos de baja calidad. Sentimientos recalentados. Nada gourmet. Nada que valga la pena masticar. Estoy empezando a pensar que el mundo se quedó sin gente interesante.

Patea uno de los tomos bajo sus pies. El libro responde con un sollozo. Ella lo ignora.

—¡Encima tengo hambre! —reclama al aire, al techo, a la existencia entera—. ¿Cuándo fue la última vez que me dieron un plato fuerte? ¡No lo recuerdo! Y odio, ¡odio! cuando no recuerdo cosas importantes.

Y justo cuando va a seguir quejándose…

PLOK.

Un libro cae directo sobre su cabeza.

Luna queda congelada un segundo.

Parpadea.

Luego deja escapar un sonido que es mitad indignación, mitad berrinche.

—¡A-AY! ¡PEEERO QUÉ…! ¡¿QUIÉN FUE?! ¡¿QUIÉN SE ATREVE A…?!

Hace un gesto exagerado de escándalo, lleva ambas manos a la cabeza como si le hubieran lanzado una roca, tambalea dramáticamente…

Y se deja caer de espaldas entre los libros como una actriz amateur en una obra escolar.

—¡Uuugh, mis pobres sinapsis! —se queja desde el suelo.

Pero el universo, tan misericordioso como un martillo, decide rematarla.

THUP.

El libro vuelve a caer, esta vez abierto, directo en su cara.

Luna queda inmóvil.

Muy inmóvil.

—… —silencio absoluto.

Los estantes alrededor se estremecen. Las páginas tiemblan. Todos los libros de la biblioteca sienten la tormenta que está por caer.

Luna arranca el tomo de su cara con un gruñido.

—¡Ya está bien! ¡Primero hambre, luego aburrimiento, ahora LIBROS ASESINOS! ¡UN DESASTRE! —bufa mientras se sienta de golpe—. ¡Estoy harta de que mis propios archivos me falten el respeto!

Pero justo cuando va a lanzar el libro lejos…

Se detiene.

Sus ojos se clavan en la primera línea.

La mirada cambia.

La ira se evapora como vapor.

La pupila se dilata.

La respiración se vuelve lenta.

Fascinada.

Hambrienta.

Los estantes lo sienten.

Las páginas crujen anticipándose.

La biblioteca entera deja de llorar por un instante.

Luna sonríe.

Lenta.

Afilándose.

Cruel.

—Uff… —Luna hace un gesto de asco, arrugando la nariz—. Ya sé qué tipo de alma es esta. El tipo que cree que el sol sale para iluminarle la cara y nada más.

La luz chisporrotea, como si se ofendiera.

Luna le saca la lengua.

—Brilla todo lo que quieras. Igual vas a terminar en mi menú.

Las páginas se estremecen, tensas como músculos, y luego se estiran.

Comienza a proyectarse la vida de Marceleia de Lúmen, hija única de un conde demasiado rico y demasiado débil para negarle algo.

Luna ladea la cabeza.

—Vamos, veamos por qué hueles a vanidad rancia —susurra, sus ojos brillando con gula intelectual.

Y la historia comienza.

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★ Infancia

Desde el instante en que abrió los ojos, el mundo la decepcionó por no aplaudir.

Ella nació rodeada de seda, oro y personas incapaces de contradecirla.

Los sirvientes caminaban con pasos medidos, como si el ruido pudiera molestar a su “gracia natural”.

A los cuatro años ya daba órdenes con la seguridad de una reina coronada.

Si un sirviente no la miraba como ella esperaba, arrugaba la nariz, estiraba el cuello y decía con voz chillona:

—¿Por qué no me miras como si fuera lo más hermoso que has visto?

Si el sirviente tartamudeaba, ella lloraba.

Si lloraba, sus padres despedían al sirviente.

A los seis, un niño del servicio cometió el error imperdonable de llamarla “señorita” sin la reverencia suficiente.

Ella lo señaló como si señalara un mueble roto.

—Ese niño no sabe quién soy. Sáquenlo.

El niño fue trasladado esa noche.

Durmió satisfecha, creyendo que esa era la forma natural del mundo.

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★ Adolescencia

Las personas cambiaron.

Su ego, no.

Cada cumplido era para ella un derecho adquirido.

Cada espejo, un altar personal.

A los catorce, ordenó colocar espejos en todas las esquinas de su habitación “para observar su perfección desde cualquier ángulo”.

Practicaba miradas, sonrisas, poses.

A veces, cuando nadie la veía, daba instrucciones a su reflejo:

—Más elegante. No olvides quién eres.

Las fiestas de sociedad eran escenarios donde solo ella debía brillar.

Entraba tarde a propósito.

Si alguien no se giraba a verla, lo marcaba mentalmente como “posible enemigo por envidia”.

A los quince rechazó públicamente a un joven noble que tuvo la osadía de declararle amor.

Él, arrodillado.

Ella, de pie como una estatua viva.

—No soy un regalo del que cualquiera pueda presumir. Busca a alguien de tu nivel.

Las risas fueron silenciosas, pero ella las escuchó como aplausos.

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★ Juventud

Al crecer, su mundo se convirtió en un museo… y ella, la única obra digna de admiración.

Ordenó retratos en cada pasillo.

Esculturas en cada sala.

Poemas que la ensalzaran.

Músicos que tocaran piezas dedicadas a su “gracia celestial”.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

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