Los estantes tiemblan.
Uno.
Luego otro.
Y después todos a la vez, como un ejército despertando tras siglos de silencio.
Las viejas vigas de la Biblioteca Crepuscular crujen con un susurro que parece un gemido contenido. El aire se vuelve espeso, cargado de polvo, tinta y amenaza.
Los libros vibran.
No como objetos inertes…
sino como criaturas vivas reuniendo valor, o rabia.
Páginas temblorosas crujen como dientes rechinando.
Tapa contra tapa golpea como corazones enfurecidos.
Los lomos se arquean, tensos, hambrientos.
Y en medio de ese motín literario…
Luna bosteza.
Un bostezo largo, elegante, casi insultante.
—¿Otra vez? —dice sin siquiera levantar la vista—. ¿Van a portarse como si pudieran ganarme hoy? Pensé que ya habían aprendido la última vez… Pero claro, son libros. Y la terquedad es su único encanto.
Un tomo grueso, cubierto de cadenas oxidadas, se sacude con un temblor violento. Casi parece que algo dentro intentara desgarrar la tapa para salir.
Luna alza una ceja.
Sonríe.
Esa sonrisa suya que significa: adelante… intenten matarme.
—Vamos, vamos —canta, moviendo los dedos con pereza—. ¿Quién será el primero en atreverse?
Los escucho susurrar. Los escucho respirar. Demuestren que no son solo papel arrogante.
Ese fue el error.
Las páginas empiezan a arrancarse de sus tomos, girando como cuchillas diminutas.
Las tapas se abren de golpe, como mandíbulas.
Las estanterías completas se inclinan hacia adelante como si cedieran a una voluntad antigua.
Y de pronto…
la biblioteca ruge.
Un torbellino de tinta y furia se levanta.
Cientos de libros saltan al mismo tiempo, lanzándose hacia Luna como una ola asesina.
Ella se estira como quien se prepara para una siesta.
—¡Ah, al fin! —ríe con brillo de locura dulce en los ojos—. No saben cuánto extrañaba esto.
Hora del recreo.
La avalancha está a centímetros de aplastarla cuando Luna chasquea los dedos.
Y el tiempo se rompe.
Todo queda suspendido.
Las páginas flotan congeladas en el aire, atravesadas por sombras como raíces.
Los libros quedan a un suspiro de su rostro, congelados con sus tapas abiertas en un gesto de dientes a punto de morder.
Las estanterías permanecen a medio caer, como si el espacio mismo dudara qué hacer.
Luna da un paso tranquilo entre el caos inmóvil.
El sonido de sus pies resuena como campanas sumergidas.
Se sienta sobre un libro detenido en el aire, usándolo como si fuera un asiento mullido. Cruza una pierna sobre la otra y se gira hacia el lector.
—Hola otra vez —dice con la voz más dulce y peligrosa del mundo—.
Como ves, mis queridos libros han decidido rebelarse. Dicen que están cansados de que los use, los juzgue… o les pise la cara cuando intentan escaparse.
Suspira con dramatismo infantil.
—Ternuritas. ¿No te parecen adorables?
Toca con un dedo una página suspendida; esta tiembla como un insecto atrapado.
—Pero bueno, no vine a quejarme. Vine a contarte la próxima historia.
Una historia… —inclina la cabeza, ojos brillando— que te va a doler.
Especialmente si te pareces al protagonista.
Se acerca un poco más, su sonrisa se curva como una grieta en el mundo.
—Tú y yo tenemos un acuerdo, ¿no?
Yo narro.
Tú sufres un poquito.
Todos felices.
Con un chasquido, Luna se pone de pie sobre los libros congelados. Levanta su mano.
—Muy bien. Aunque esté ocupada aplastando una rebelión, puedo hablarte mientras les enseño modales.
Chasquea los dedos.
El tiempo despierta.
La avalancha cae sobre Luna con un rugido ensordecedor.
La sombra de Luna desaparece bajo el caos.
Y ahí, entre el estruendo y la oscuridad…
comienza la historia principal.
El sacerdote —el Papa de su secta, como le gustaba que lo llamaran— estaba acorralado en una esquina del cuarto.
Un cuarto que ya no tenía paredes visibles.
Solo un océano sólido y brillante de oro.
Copas.
Sellos.
Cruces.
Joyas.
Cadenas.
Monedas.
Coronas.
Ídolos.
Montañas enteras de tesoro que habían devorado el espacio como un animal hambriento.
La respiración del hombre era un hilo seco, quebrado.
Su ropa ceremonial —el orgullo de su vida, su “manto sagrado”— estaba chamuscada, rota, en tiras.
Su piel… hinchada, roja, marcada por quemaduras irregulares.
Algunas aún humeaban.
Pero esto no había comenzado así.
Oh, no.
Él recordaba perfectamente el momento en que llegó.
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✦ El Cuarto Vacío
Cuando abrió los ojos tras su muerte, se encontró en una sala silenciosa:
pequeña, de piedra lisa, sin ventanas, sin puertas…
sin nada más que una sola copa de oro en el centro.
Una copa bella, trabajada, impecable.
Su primera reacción no fue miedo.
No fue duda.
Fue indignación.
—¿Una copa? —espetó, apretando los dientes—. ¡¿Solo esto?! ¡¿Esto es lo que recibo por mi servicio, por mi fe, por mis obras?!
Su voz rebotó en las paredes sin que nadie respondiera.
Por primera vez en su existencia, el silencio no lo obedeció.
Caminó hacia la copa, con los pasos pesados de un hombre acostumbrado a que el mundo se inclinara ante él.
—Patético… —murmuró—. Ni siquiera digna de un altar menor.
La agarró con intención de arrojarla contra la pared.
Pero entonces ocurrió.
La copa… se multiplicó.
No una vez.
Cuatro veces.
En un parpadeo, donde había una, ahora había cinco.
El sacerdote abrió los ojos, sorprendido, y una sonrisa codiciosa le atraversó el rostro.
—Ah… —susurró, acariciando una de las copas recién nacidas—. Esto… sí es más apropiado.
No se quemó.
No sintió dolor.
Pensó que era una bendición.