Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 6: Así Muere la Superioridad

Los estantes susurran.

Los pasillos tiemblan.

Algo se mueve entre las sombras de la biblioteca como un cometa pequeño pero extremadamente molesto.

Es Luna.

Aparece entre un estante, desaparece por otro, asoma la cabeza por encima de un tomo polvoriento, luego surge en un pasillo que no debería existir. Cada vez que reaparece lleva un libro distinto.

Un libro gordo.

Uno diminuto.

Uno con tapas negras.

Otro que tiembla solo.

Uno que llora.

Otro que ríe.

—No, tú no —dice Luna tirando un libro al suelo sin mirar—. Tú también no. Y tú… mmm… tú sí. Tienes un pecado precioso. Ven aquí.

El libro llora más fuerte.

Luna sigue andando, coleccionando pecados como si fueran estampitas.

Cuando pasa junto a dos estantes, estos se separan solos, temblando, para dejarla pasar.

Finalmente aparece en el pasillo principal.

Y allí está:

una montaña de libros ya seleccionados, tan grande que parece que en cualquier momento va a declarar independencia.

Luna aparece encima de la montaña, luego desaparece, luego aparece al lado, y al final decide que será más fácil caminar con una pila enorme de libros en los brazos. La pila es más grande que ella. De hecho, la mitad de su cara ni se ve.

—Ah, hola —dice con esa voz casual que esconde el fin del mundo—. Ya volviste.

Se inclina un poquito, como si hiciera una reverencia, pero en realidad solo trata de acomodar los libros para que no se le caigan.

—Bienvenido de nuevo a mi territorio. Ya sabes, donde los libros me odian, yo los derroto y tú… bueno, tú observas como buen mortal.

Hace un pucherito exagerado.

—Estoy ocupada, ¿sabes? Voy a hacer un colache. Sí, un “colache”. No collage. Colache. Suena más dramático. Más artístico. Más yo.

Levanta uno de los libros. En su tapa se ve un hombre llorando sangre.

—Estoy tomando diferentes pecados. Gula, avaricia, falsedad, traición, ego, fanatismo religioso… ¡Todo lo que hace interesante a los humanos! —dice entusiasmada.

Mientras habla, Luna tropieza con su propio pie.

La torre entera de libros cae encima de ella.

¡PUF!

Los libros explotan como una pequeña avalancha y la entierran por completo.

El silencio dura exactamente tres segundos.

Luego, una mano pequeñita emerge de entre los tomos.

Después la cabeza.

Luna sale levantando un mechón de cabello despeinado.

—…Ignoren eso.

Se sacude un libro que había quedado pegado a su cara.

—Bueno, mientras arreglo este desastre para la foto, puedo contarte una nueva historia. Ya sabes… algo para entretenerte mientras yo trabajo.

Se agacha, toma uno de los libros que había caído en el piso.

Lo observa con una sonrisa que no anuncia nada bueno.

—Este está perfecto.

Lo abre de golpe hacia el lector.

Las páginas se iluminan.

Y la historia… comienza.

El hombre avanza por la calle con el pecho inflado, la barbilla alta, la mirada afilada.

Una ciudad gris se extiende a su alrededor, llena de gente de piel oscura, clara, cobriza, ojos rasgados, cabellos rizados, lisos, trenzados…

Gente que él desprecia.

Gente que para él, siempre estuvo “por debajo”.

Camina entre ellos como si fueran sombras sucias que manchan su camino.

Lo ha hecho toda su vida: mirar por encima, fruncir la nariz, sentir ese calorcito de superioridad que lo alimenta más que el pan.

—Miserables —murmura mientras algunos lo cruzan.

Pero algo… no encaja.

Mira a un grupo de jóvenes riendo en una esquina.

A una mujer con un niño en brazos.

A un anciano vendiendo frutas.

Todos lo observan.

No con miedo.

Ni con respeto.

Con una especie de… curiosidad extraña.

Uno de ellos se atreve a hablarle.

Un chico, piel morena, ojos tranquilos. Las manos en los bolsillos, sin miedo.

—¿Por qué caminas así? —pregunta, ladeando la cabeza—. Como si fueras mejor que todos.

El racista arquea las cejas.

—Porque lo soy.

El chico lo mira de arriba abajo.

Entonces sonríe, una sonrisa suave que no debería inquietar a nadie… pero lo hace.

—¿Y cómo lo sabes?

—¿Perdón?

—Si ni siquiera recuerdas cómo eres tú mismo.

El racista se queda mudo.

El calor de la superioridad se le extingue del pecho.

Y por primera vez en su vida… siente algo parecido al frío.

—¿De qué hablas? —gruñe—. Claro que sé quién soy.

—¿Sí? —pregunta el chico, inclinándose un poco—. Entonces descríbete.

Silencio.

El racista abre la boca.

Nada sale.

Un vacío absoluto.

Un agujero negro en su memoria.

No recuerda su rostro.

No recuerda su color de piel.

Ni sus ojos, ni su cabello, ni siquiera la forma de sus manos.

“No puede ser”, piensa.

Y el frío se transforma en angustia.

Corre hasta una vitrina cercana.

Una ventana.

Un escaparate.

Algo que le devuelva su imagen, que le confirme lo que siempre creyó:

“Yo soy superior. Soy mejor. Soy…”

Pero cuando apoya las manos en el vidrio y mira…

Lo que ve no es él.

No puede ser él.

En el reflejo aparece un hombre de piel oscura, o tal vez cobriza, con rasgos que él siempre despreció, con el tipo de rostro que trató como basura toda su vida.

Se queda helado.

—No… no… yo no soy… eso…

Pero el reflejo no cambia.

Y detrás de él, en la calle, la gente sigue caminando.

Como si nada fuera diferente.

Como si él fuera el único que ya no pertenece a su propio mundo.

El racista retrocede un paso.

Luego otro.

Como si el reflejo pudiera saltar del vidrio y arrancarle la garganta.

—No… no… no. —Su respiración se vuelve cortante—. ¿Qué clase de… broma es esta?

Su mente corre.

Se atropella.

Alguien me cambió el rostro.

Esto no es mío.

Esto no soy yo.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

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