Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 7: Donde muere la verdad

La Biblioteca Crepuscular estaba extrañamente silenciosa.

Ni un libro respiraba.

Ni una página se movía.

Ni un hilo de tinta temblaba en el aire.

En medio de ese silencio, Luna estaba sentada, las piernas cruzadas, apoyando los codos sobre las rodillas, con la expresión de alguien que ya había tenido un día entero de problemas.

Frente a ella, un niño de unos diez años temblaba, con los ojos húmedos y la respiración entrecortada.

—Shh… shh… tranquila, tranquila —dijo Luna, inclinándose juguetonamente hacia él—. No pasa nada…

El niño comenzó a sollozar, y Luna emitió un suspiro teatral:

—¡Oh, genial! No es mío. No es de mi menú. Es… correspondencia, justo lo que me faltaba hoy —murmuró, llevándose una mano a la frente.

Se levantó con un resoplido exagerado, pateando suavemente un par de libros cercanos en su frustración. Caminó hasta el niño y lo abrazó con suavidad, aunque dejando claro con gestos de exasperación que preferiría estar en cualquier otro lado.

—Mira, yo sé que quieres llorar —dijo con sarcasmo, moviendo los dedos frente a su cara como si estuviera enseñándole un truco—. Pero no es momento de arruinar mi biblioteca con lágrimas.

Sacó de su escondite un pastelito pequeño, guardado para ella misma más tarde, y se lo ofreció al niño. Él lo tomó, y Luna lo observó con una mezcla de irritación y resignación:

—Mis pasteles… míos… y ahora están arruinados por tus lágrimas. Felicidades —susurró con sarcasmo—. Nada sabe peor que un alma insípida empapada de llanto.

Entonces, Luna hizo un movimiento decisivo: se inclinó hacia el lector, lo agarró suavemente del brazo y lo llevó a un rincón de la biblioteca.

—Sí, sí, tú quieres saber qué pasa —dijo, con un tono cansado y molesto—. Mira, de vez en cuando llegan almas como esta. Sin pecado, sin maldad, sin nada que les dé sabor… insípidos, entiendes. Para mí, son básicamente… inútiles. Pero alguien tiene que cuidarlas hasta que vengan a buscarlas.

Se incorporó, cruzando los brazos y frunciendo el ceño. Sus ojos brillaban con un destello de sarcasmo mientras observaba al niño:

—Y adivina qué… hoy me tocó a mí. Sí, yo, la dueña absoluta de este caos literario. Yo tengo que lidiar con esto mientras espero que “el otro lado” envíe a alguien a llevárselo. Y no, no puedo hacerlo yo. Solo puedo llamar y esperar, como si fuera… no sé… tu niñera personal.

El niño, entre sollozos y mordisqueando el pastel, parecía calmarse un poco. Luna dio un paso atrás, moviendo las manos con gestos exagerados de exasperación:

—Respira, respira un poquito, no manches nada más, y no me mires con esos ojitos de cachorro desesperado. Sí, sí, sé que eres adorable, pero eso no hace esto menos fastidioso.

Se volvió hacia el lector otra vez, arqueando una ceja y con un suspiro teatral:

—Mira, lector… sí, yo puedo manejar esto. Puedo calmar a este insípido, entretenerlo, mantener mi biblioteca intacta y no perder la paciencia… más o menos. Pero créeme, no es divertido. Nada de lo que hacen estas almas lo es. Solo hay que esperar.

Luna se sentó de nuevo sobre un montón de libros, cruzando las piernas y lanzando pequeños golpes irritados con el puño en su rodilla, mientras vigilaba al niño:

—Así que ahí lo tienes. Mi biblioteca, mis pasteles, yo de niñera y este pequeño llorón que arruina todo… sí, es un paquete completo. ¿No te parece adorablemente molesto?

El niño empezó a calmarse un poco más, y Luna, todavía con gestos sarcásticos y exagerados, lo acomodó con cuidado mientras se preparaba para esperar la llegada del otro lado.

—Paciencia, pequeño, paciencia —murmuró—. Hasta que vengan a por ti, tendrás que aguantarme… y créeme, eso ya es suficiente castigo.

La Biblioteca permaneció silenciosa, inmóvil. Y allí estaba Luna, irritada, sarcástica, cansada y absolutamente en control, cuidando a un alma que ella no quería, mientras el lector podía ver cómo maneja incluso lo más insípido sin perder su autoridad.

El océano era infinito, gris y cruel. Cada brazada que daba quemaba sus músculos y drenaba su fuerza, pero no había otra opción: debía moverse, debía mantenerse a flote, debía sobrevivir. Maldecía entre dientes, maldecía al agua, al cielo, a todos y a nadie a la vez. Cada gota salada que le quemaba los ojos le recordaba lo insignificante que era en medio de esa vastedad.

No recordaba cómo había llegado allí. Ni quién era. Ni siquiera si había alguien esperándola en algún lugar. Lo único que tenía eran recuerdos fragmentados, como retazos de sueños que se deshacían entre sus manos. Tal vez llevaba meses nadando. Tal vez años. Eso no importaba. Lo que importaba era que seguía viva… y, a veces, eso no bastaba.

De vez en cuando, surgían barcos en el horizonte. Se acercaba nadando con la última chispa de esperanza que le quedaba. Y ellos la recogían. Barcos grandes, barcos pequeños, velas negras, cascos dorados. Por unos días, todo era casi perfecto. Le daban comida, refugio, un lugar donde descansar. Sonrisas. Palabras amables. Promesas. Por un instante, se sentía parte de algo, conectada, reconocida.

Pero no pasaba mucho tiempo antes de que comenzara la discordia. Lo veía en las miradas furtivas de algunos tripulantes, en los gestos que no encajaban, en las conversaciones que se interrumpían cuando ella se acercaba. Les advertía, les mostraba lo que estaba mal, les decía la verdad: sus advertencias eran precisas, claras, necesarias.

Y aún así… siempre la desacreditaban. Le mentían, la manipulaban, la hacían sentir que estaba equivocada. Cuando insistía, cuando señalaba lo que nadie quería ver, la expulsaban. Siempre. Una y otra vez. Cada barco, cada tripulación. Cada oportunidad que parecía ser un refugio seguro terminaba convirtiéndose en un juicio donde ella era la culpable de todo.

Se encontraba de nuevo en el agua, sola, el sabor salado llenando su boca, sus brazos ardiendo, su espíritu desgastado. Y mientras flotaba, mientras luchaba contra las olas, no podía entenderlo: había dicho la verdad. Siempre había querido lo mejor para todos. Siempre.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

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