No despiertas con sobresalto.
Despiertas como quien abre los ojos después de una siesta incómoda.
Antes de ver nada, escuchas una voz.
—Mmm~ ya despertó.
Es pequeña.
Ligera.
Casi cantarina.
Abres los ojos.
Estás sentado frente a una mesa. La luz no viene de ningún sitio concreto, simplemente existe, bañándolo todo con una claridad suave. Al otro lado de la mesa hay una niña balanceando los pies en el aire, como si la silla fuera un columpio.
Te sonríe.
Una sonrisa bonita.
Una sonrisa peligrosa.
—Hola —dice inclinando la cabeza—. Perdón, es que odio esperar. Me pongo de mal humor y luego pasan accidentes.
Señala el suelo con un dedo, distraída.
—Una vez se me cayó una ciudad entera por eso. Ups.
Ríe bajito, como si acabara de recordar algo gracioso.
Sobre la mesa hay un tablero de ajedrez perfectamente dispuesto.
Luna sigue tu mirada y aplaude una vez, emocionada.
—¡Sí! Lo viste. Bien, bien. Me gusta cuando no tengo que explicarlo todo.
Apoya los codos en la mesa y se acerca un poco.
—Te invité porque estaba aburrida —dice con total naturalidad—. Y porque últimamente no llegan almas interesantes. Todo muy repetido… —hace un puchero— mentirosos, abusivos, cobardes… lo de siempre. Como sopa recalentada.
Suspira exageradamente.
—Así que pensé: “¿Y si juego un ratito?” —te mira con brillo infantil—. Y aquí estás.
Toca una de las piezas negras con la uña.
—Vamos a jugar ajedrez. Un jueguito tranquilo. Sin gritos, sin sangre… por ahora.
Levanta un dedo, como recordando algo importante.
—Ah, sí. La apuesta.
Sonríe, balanceándose otra vez.
—Si tú ganas, te dejo pasear por mi Biblioteca. Ver mis estantes. Mis libros favoritos. Incluso podrías mirarme más de cerca. —Se encoge de hombros— A los mortales les gusta eso, ¿no? Sentirse especiales.
Inclina la cabeza, evaluándote como quien mira un insecto curioso.
—Pero si yo gano…
La temperatura baja apenas.
Lo suficiente para notarlo.
—Entonces empezaré a fijarme en ti. Nada serio. Solo mirarte. Ver qué haces. Qué piensas. Qué decides cuando nadie te obliga.
Dice esto como si hablara del clima.
—Si te portas bien, genial. —sonríe— Si no… —tararea suavemente— siempre puedo pensar en un castigo bonito. A medida. Me encanta personalizar.
Hace girar una pieza entre los dedos.
—No te preocupes, no soy cruel sin motivo. —se inclina hacia adelante, sus ojos brillando—. Pero cuando alguien me da motivos… ay, eso sí que es divertido.
Se reclina en la silla.
—Tú empiezas.
Te observa con atención infantil, divertida, expectante…
como una niña esperando ver qué hace su juguete nuevo.
—Vamos —dice cantando—. Juega. Que tengo curiosidad.
El tablero espera.
Y Luna sonríe, como si el resultado ya fuera solo un detalle.
El sonido seco de una pieza de ajedrez al moverse rompe el silencio.
—Tu turno —dice Luna, apoyando la barbilla en una mano, observándote con curiosidad infantil—. No te distraigas… aunque bueno, distraerse también tiene consecuencias interesantes.
La pieza cae en su lugar.
Luna sonríe y mueve la suya sin prisa.
—Mientras jugamos… te contaré sobre ella.
La luz cambia.
El tablero sigue ahí, pero las paredes de la Biblioteca se disuelven lentamente, como tinta en agua, y dan paso a un mundo antiguo.
Ella nació en una época donde la belleza era considerada una bendición divina.
Un mundo de piedra, velas y rezos.
Castillos de muros altos.
Calles empedradas.
Y dioses que observaban desde templos llenos de oro y mármol.
Desde el momento en que abrió los ojos, supo algo sin que nadie se lo dijera:
Todos la miraban.
No con curiosidad.
No con afecto.
Con devoción.
Las parteras se quedaron en silencio al verla.
Su madre lloró, convencida de haber dado a luz a algo más que una niña.
Y su padre… sonrió como quien acaba de ganar una guerra sin levantar la espada.
—Es un regalo —susurró alguien—. Los dioses la han marcado.
Ella creció escuchando esas palabras.
Una y otra vez.
Hasta que dejaron de sonar como elogios… y se convirtieron en verdades absolutas.
—¿Ves? —dice Luna mientras mueve un alfil—. A algunos nunca les enseñan a dudar de sí mismos. Y eso… es peligrosísimo.
De niña, nunca tuvo que pedir nada.
Si quería algo, bastaba con mirar.
Si deseaba algo, alguien lo traía.
Si se enojaba, alguien pagaba el precio.
Los adultos se inclinaban.
Los niños bajaban la mirada.
Y los sacerdotes murmuraban oraciones cuando ella pasaba, como si temieran ofender a la divinidad que creían ver reflejada en su rostro.
Aprendió rápido una lección simple:
Si eres hermosa, todo te pertenece.
Y si alguien no estaba de acuerdo…
era porque estaba equivocado.
—No me mires así —le dijo una vez a una sirvienta que tardó demasiado—. Agradece que puedas ver algo tan perfecto.
La bofetada que siguió no fue suya.
Fue ordenada.
Y fue ejecutada sin cuestionamientos.
Ella no sintió culpa.
¿Por qué la sentiría?
Para ella, la belleza justificaba todo.
—Peón —murmura Luna, moviendo una pieza—. Siempre caen primero.
Cuando creció, su belleza dejó de ser solo admirada.
Comenzó a ser temida.
Hombres poderosos competían por su atención.
Nobles ofrecían alianzas.
Poetas escribían versos que ella no leía.
Escultores suplicaban inmortalizar su rostro.
Y ella aceptaba todo.
Pero nunca daba nada.
—Si me deseas —decía con una sonrisa—, agradécelo. No todos tienen este privilegio.
Los rechazados no eran rechazados con compasión.
Eran humillados.
Porque ¿cómo se atrevían a creer que estaban a su altura?
Los que la criticaban eran castigados socialmente.