Luna: Escritura de Pesadilla

Interludio 2

Algo no encaja.

No hay estantes.

No hay susurros de libros.

No hay tinta sangrando ni páginas respirando.

Hay calles.

Calles que reconoces.

El ruido lejano de autos.

Un semáforo cambiando de color.

El murmullo normal de una ciudad que existe todos los días, incluso cuando nadie la está observando.

Es tu ciudad.

O una lo suficientemente parecida como para inquietarte.

Las veredas están gastadas en los mismos lugares.

Los edificios tienen esa mezcla exacta de descuido y costumbre.

Incluso el cielo… es el mismo cielo que ves cuando sales de casa.

Y sin embargo, lo estás leyendo.

No como una historia lejana.

No como un recuerdo.

Sino como si alguien estuviera narrando lo que ocurre ahora.

Entre la multitud, algo se mueve distinto.

Risas.

Risas infantiles.

Un grupo de niños corre en círculo en una plaza pequeña, esa que siempre está ahí, aunque nadie le preste atención. Saltan, se empujan, inventan reglas que solo ellos entienden.

Y en medio de ellos…

Ella.

Luna.

No destaca.

No brilla.

No altera nada.

Es solo una niña más, riendo, agachándose para esquivar una pelota invisible, aplaudiendo cuando uno de los niños “gana” algo que no existe.

—¡Trampa! —protesta uno.

—No, no, no —dice Luna, señalándolo con el dedo—. Las reglas las inventé yo.

Los niños ríen más fuerte.

Uno de ellos tropieza.

Luna lo ayuda a levantarse, sacudiéndole las rodillas con exagerada seriedad.

—Los héroes no lloran —dice—. Pero pueden quejarse un poquito.

El niño asiente, solemne, como si acabara de recibir una ley universal.

Los adultos pasan cerca.

Madres hablando por teléfono.

Padres mirando el reloj.

Personas cansadas que no miran al suelo, ni al cielo, ni a los niños.

Nadie la ve.

Para ellos, si algo llega a cruzar su atención, es solo eso:

una “amiga imaginaria”.

Una excusa.

Un nombre inventado para justificar risas sin explicación.

Luna se gira de pronto.

Te mira.

Directamente.

Sonríe.

—Oh —dice, como si recién notara tu presencia—. Tú sí que sabes mirar.

Se agacha para que su rostro quede al nivel de los niños, pero sus ojos siguen clavados en ti.

—Tranquilo —añade en voz baja—. Ellos pueden verme porque todavía no aprendieron a mentir bien. Eso ayuda mucho.

Uno de los niños tira de su vestido.

—¿Jugamos otra vez?

—Claro —responde Luna al instante—. Pero ahora yo escondo las reglas.

Guiña un ojo.

No a los niños.

A ti.

—¿Ves? —continúa, mientras corre con ellos—. Aún no están rotos. Todavía no saben qué hacer con el mundo… así que el mundo no sabe qué hacer con ellos.

Da una vuelta completa.

Ríe.

Se deja caer al pasto como si el cuerpo no pesara nada.

—Los adultos, en cambio… —dice sin dejar de sonreír— ya vienen condimentados de fábrica.

La escena parpadea.

Los niños siguen jugando.

Pero Luna ya no está allí.

Ahora está más arriba.

Mucho más arriba.

Flotando sobre la avenida principal, suspendida entre cables eléctricos y señales de tránsito, balanceando los pies en el aire como si se sentara en un columpio invisible.

La ciudad sigue funcionando debajo de ella.

Personas cruzan la calle.

Alguien discute.

Un perro ladra.

Una sirena suena a lo lejos.

Nadie mira hacia arriba.

Luna observa.

Inclina la cabeza.

Entrecierra los ojos.

—Mmm… —murmura—. Sí. Aquí hay material.

Se lleva un dedo a los labios, pensativa.

—No muchos platos fuertes… —dice—. Pero bastantes botanas.

Te mira de nuevo.

Su voz baja apenas.

No es amenaza.

Es constatación.

—Qué curioso, ¿no? —susurra—. Creían que este era su mundo seguro.

Sonríe.

Y la ciudad no se da cuenta de nada.

Luna camina.

No sobre la calle.

No sobre los techos.

Sobre los cables de alta tensión.

Sus pies pequeños pisan el acero como si fuera una cuerda floja de circo. Cada paso es ligero, equilibrado, casi elegante. La electricidad recorre los cables bajo sus plantas, chisporrotea, vibra… y a ella no le hace nada.

Ni cosquillas.

Balancea los brazos como si mantuviera el equilibrio por pura diversión.

—A veces bajo —dice, con voz tranquila—. No por necesidad… solo por curiosidad.

Mira hacia abajo.

La ciudad se despliega como un tablero vivo: personas caminando rápido, rostros tensos, miradas cansadas, pensamientos apretados como puños en los bolsillos.

—Me gusta observar —continúa—. Ver qué está creciendo. Qué se está pudriendo. Qué todavía cree que puede esconderse.

Da un paso más.

El cable se curva apenas bajo su peso inexistente.

—Mira ese de ahí —dice, señalando con el mentón a un hombre que habla por teléfono, sonriendo demasiado—. Mentiroso. El sabor suele ser amargo… persistente. De esos que se quedan en la lengua incluso después de tragarlos.

Parpadea.

Desaparece.

Aparece sentada en la cornisa de un edificio, con las piernas colgando al vacío, viendo a una mujer discutir con alguien en la calle.

—Codicia —tararea—. Salada. Siempre salada. Al principio no molesta… pero deshidrata el alma con el tiempo.

Inclina la cabeza, interesada.

—Aunque reconozco que cuando se mezcla con miedo… —sonríe— mejora bastante.

La ciudad sigue moviéndose. Nadie mira hacia arriba. Nadie siente el peso de su atención.

Luna ya no está ahí.

Ahora camina sobre un semáforo, sentada en la luz roja como si fuera un columpio detenido en el aire.

—Y por supuesto… —dice, mirando a una pareja que se besa con desesperación— la lujuria.

Hace un gesto con la mano, como espantando una mosca.

—Picante. Ardiente. Divertida al principio. —Se encoge de hombros—. Pero rara vez es plato principal. Se quema rápido si no se cocina bien.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

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