Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 9: Motín de Papel

La Biblioteca no estaba en silencio.

La Biblioteca estaba furiosa.

Los estantes temblaban como costillas bajo presión. Las lámparas colgantes parpadeaban con una luz nerviosa, como si incluso la electricidad tuviera miedo de quedarse demasiado tiempo encendida.

Y los libros…

Los libros no se quedaban quietos.

Uno se arrastraba por el suelo como una cucaracha con lomo de cuero, dejando un rastro de tinta negra. Otro se sacudía violentamente sobre una repisa hasta que—con un golpe seco—se soltó y cayó, rebotando como si tuviera huesos dentro.

Un tomo gigantesco intentó abrirse paso empujando a otros, como un animal atrapado en una jaula demasiado pequeña.

Las páginas batían en el aire.

Como alas.

Como dientes.

Como manos.

Un estante completo cedió con un crujido, derramando una avalancha de portadas y hojas que gritaban sin voz. Los títulos se asomaban apenas, visibles por un segundo antes de desaparecer entre el caos.

“CONFESIONES DE UN PADRE COBARDE”

“EL HOMBRE QUE VENDIÓ A SU HIJA”

“SANTA PUREZA (MENTIRA)”

“DIARIO DE UNA ENVIDIA PERFECTA”

“YO NUNCA HICE NADA (Y ESO FUE LO PEOR)”

Algunos tenían letras que se borraban y reaparecían como si el propio nombre intentara escapar de la memoria.

Otros… ni siquiera tenían título.

Solo manchas oscuras.

Solo uñas marcadas en el cuero.

Solo el sonido húmedo de algo que quería salir.

En medio de todo eso…

Luna.

Una niña pequeña, pálida, con el cabello oscuro desordenado, estaba parada sobre una montaña de libros como si fuera el centro del huracán.

Con el ceño fruncido.

Con una vena invisible de paciencia a punto de romperse.

—¡NO! —gritó, atrapando un libro al vuelo con una mano.

El libro se sacudió como un pez fuera del agua.

Luna lo miró fijo.

Y el libro se quedó quieto.

No por obediencia.

Por miedo.

—Ni se te ocurra —le susurró con una sonrisa tan dulce que daba asco—. Tú no vas a “escapar”. Tú no tienes piernas. Tú tienes pecados.

Lo empujó de vuelta al estante como quien mete un animal rabioso en una jaula.

Otro libro salió disparado desde arriba, directo a su cara.

Luna se agachó a tiempo.

El tomo pasó silbando y chocó contra una pared, dejando una marca negra como quemadura.

—¡AH! —Luna levantó la voz, ya sin paciencia—. ¿En serio? ¿Ahora me tiran cosas? ¿Qué sigue? ¿Una huelga? ¿Un sindicato?

Un libro delgado se arrastró por el suelo, intentando esconderse debajo de un estante caído.

Luna lo vio.

Luna siempre los veía.

Se agachó, lo tomó del lomo como si fuera un gatito… y lo levantó.

El libro pataleó con las páginas.

—Oh, qué valiente —dijo Luna con sarcasmo—. Míralo. Mira cómo huye. Igualito que en vida.

Lo golpeó suavemente contra el estante para “acomodarlo”.

El libro gimió.

Luna suspiró.

Luego giró el rostro hacia ti.

Sí.

A ti.

Como si tú fueras lo único normal en ese lugar.

Como si ella estuviera en una casa ajena y tú hubieras llegado justo cuando todo se estaba incendiando.

—Hola, lector —dijo con una sonrisa falsa, sosteniendo dos libros con los brazos como si fueran bolsas del supermercado—. Perdón por el… ambiente.

Detrás de ella, un estante explotó en una lluvia de páginas.

Un libro chilló como si lo estuvieran arrancando por dentro.

Luna ni parpadeó.

—Esto pasa a veces —continuó, con tono de “no es para tanto”—. No siempre, claro. Pero pasa. Ya sabes…

Un libro enorme intentó morderla.

Sí.

Morderla.

Las tapas se abrieron de golpe como una mandíbula.

Luna metió dos dedos dentro del libro y lo cerró de un golpe seco.

¡CLAP!

El libro se quedó temblando, humillado.

—…cuando no es un boicot —terminó Luna— es una fuga masiva.

Se acomodó el vestido con dignidad infantil, como si no acabara de someter un tomo vivo a la fuerza.

—¿Sabes lo gracioso? —preguntó mientras corría dos pasos para atrapar otro libro que intentaba volar hacia el techo—. Que creen que pueden escapar.

Lo sujetó por la esquina.

El libro forcejeó.

Luna sonrió.

—¿A dónde?

Lo estrelló contra el estante con cariño falso.

—¿A la libertad? —se burló—. Ay, sí. Claro. A vivir una vida nueva. A empezar de cero. A ser mejores personas.

Se inclinó hacia el lomo del libro como si le contara un secreto.

—Tú ya tuviste tu oportunidad. La desperdiciaste. Ahora eres… literatura.

El libro se estremeció.

Y volvió a su lugar.

A su alrededor, otros seguían intentando huir.

Unos se arrastraban.

Otros se empujaban entre sí.

Algunos volaban como aves desesperadas.

Otros simplemente lloraban tinta y sangre por el borde, como si el esfuerzo de escapar los estuviera desangrando por dentro.

Luna chasqueó la lengua.

—De verdad, yo no sé qué creen que soy —murmuró, levantando un libro pesado con ambas manos—. ¿Una bibliotecaria amable? ¿Una maestra? ¿Una mamá?

Lo dejó caer en el estante con un golpe.

El estante crujió.

—Yo no soy ninguna de esas cosas —dijo, y por un segundo su voz no fue infantil.

Fue vieja.

Fue enorme.

Fue algo que no cabía en el aire.

Los libros se detuvieron.

Solo un segundo.

Como si recordaran lo que ella era.

Luna parpadeó.

Volvió a sonreír como niña.

—Pero sí —añadió, fingiendo dulzura—. Soy la única adulta responsable aquí.

Se escuchó un golpe seco.

Un libro cayó del techo directo hacia su cabeza.

Luna lo atrapó sin mirar.

Como si tuviera reflejos de monstruo.

—Gracias —dijo con sarcasmo—. Qué amable.

Lo devolvió al estante.

Y siguió hablando contigo, como si nada.

—Y tú… —te señaló con el dedo— no me mires así. Esto no es un infierno. Los infiernos tienen orden.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

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