Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 10 El mundo que dejo de respirar

Luna está sentada sobre una pila de libros.

No es un trono.
No es una silla ceremonial.

Es una torre mal armada de tomos viejos, algunos respirando, otros gimiendo bajito, acomodados de tal forma que, milagrosamente, no se derrumban… todavía.

Balancea una pierna en el aire.

En una mano sostiene una taza humeante. El líquido dentro es oscuro, espeso, y cambia de color lentamente, como si no pudiera decidir qué ser. Té, tal vez. O algo que finge serlo.

En la otra mano, un libro enorme.
Uno de los más grandes de la biblioteca.
Tan pesado que ningún humano podría sostenerlo sin temblar.

Luna pasa una página con un dedo, tranquila.

—Mmm… —murmura—. Ah. Este final siempre me da risa.

Da otro sorbo a la taza.

Entonces levanta la mirada.

Te ve.

Parpadea una vez.
Sonríe.

—Oh. —inclina la cabeza—. Mira nada más.

Cierra el libro con cuidado, como si no quisiera despertarlo, y lo deja apoyado contra la pila de libros que usa como asiento.

—Hola —dice, con naturalidad—. Ya era hora.

Da otro sorbo.

—Nueve historias. —levanta un dedo—. Dos prólogos. —levanta otro—. Y aun así sigues aquí.

Ríe bajito, divertida.

—Debo admitirlo, lector… tienes constancia. O curiosidad crónica. No estoy segura de cuál es peor.

Se acomoda mejor sobre los libros. Uno se queja. Ella le da una palmada suave.

—Shhh. Compórtate.

Vuelve a mirarte.

—Lo sé, lo sé. —hace un gesto con la mano—. Después de todo este tiempo, todos están pensando lo mismo.

Imita una voz ajena, exageradamente solemne:

—“¿Qué es Luna?”

Ríe.

—¿Dios?
—¿Diablo?
—¿Un demonio antiguo?
—¿Un ángel torcido?
—¿Un ser cósmico interdimensional sacado de un libro que leyó demasiado Lovecraft?

Hace una pausa.
Te observa.
Sonríe con dulzura peligrosa.

—Ay… —suspira—. Son adorables cuando intentan entender.

Bebe otro sorbo.

—Los mortales aman poner nombres —continúa—. Etiquetas. Títulos. Clasificaciones. Es su manera favorita de fingir control.

Inclina la cabeza.

—“Si puedo nombrarlo, entonces no me supera.”
—“Si tiene un título, entonces tiene límites.”
—“Si entra en una categoría, entonces puedo dormir tranquilo.”

Chasquea la lengua.

—Ternuritas.

Se ríe de verdad esta vez.

—No me gustan esos títulos. —dice con calma—. Dios. Diablo. Entidad suprema. Guardiana. Jueza. Castigadora.
Son palabras… muy pequeñas.

Mira su taza.

—Sus dioses me dan risa —añade—. Y no por crueldad. Es que hacen tanto esfuerzo por parecer importantes.

Vuelve a mirarte.

—Pero no te culpo —dice, casi amable—. Buscarle sentido a algo incomprensible es un reflejo natural cuando tu mente tiene límites tan… definidos.

Da un golpecito al enorme libro a su lado.

—Así que no. —sonríe—. No soy ninguna de esas cosas.

Se inclina un poco hacia adelante.

—Y tampoco voy a decirte qué soy.

Guiña un ojo.

—Porque esta historia… —dice con voz suave— no trata de respuestas.

Da otro sorbo a su taza.

—Trata de observación.

Luna se levanta.

O, más exactamente…
deja de estar sentada.

Su cuerpo se eleva con pereza, como si la gravedad fuera solo una sugerencia que hoy decidió ignorar. Los libros que formaban su “silla” se acomodan solos, regresando a su lugar con quejidos suaves, resignados.

Ella flota entre los estantes.

Pasa rozando lomos que tiemblan al sentirla cerca. Algunos libros susurran su nombre. Otros se encogen, como animales que saben cuándo no deben moverse.

Luna los ignora.

—¿Sabes? —dice, mirando al lector desde el aire—. Nunca me importó ocultarme.

Se gira lentamente, suspendida entre pasillos infinitos.

—Para qué hacerlo —continúa—. La mayoría de ustedes iba a terminar aquí de todos modos.

Extiende un brazo.

Los estantes se abren ante ella como alas de un animal gigantesco.

—Mira bien —dice—. Cada uno de estos libros fue un lector de su propio mundo. Caminó. Eligió. Decidió. Y ahora… respira papel.

Un libro cercano late con fuerza.
Otro exhala un gemido húmedo.

—No intervení en sus vidas —añade con ligereza—. No los empujé. No los forcé.
Solo observé.

Sonríe.

—Eso es lo divertido de los mortales. Se destruyen solos con una creatividad admirable.

Se detiene en el aire, frente a ti.

Por primera vez, su mirada es… directa.

—Entonces —dice— ¿por qué ahora?

Inclina la cabeza.

—¿Por qué dejarme leer? ¿Por qué hablarte? ¿Por qué mostrarme, aunque sea un poquito?

Se lleva un dedo a los labios, pensativa.

—Porque tuve una idea.

Sonríe.
Una sonrisa lenta.
Genuinamente interesada.

—Me pregunté… —susurra— a qué sabrá un alma que llega aquí sabiendo que existo.

La biblioteca parece contener la respiración.

—No creyendo —aclara—. Eso no importa. Pueden creer o no. La fe es aburrida.
Pero saber… aunque sea como duda… como incomodidad… como una espina chiquita en el pecho…

Hace un gesto mínimo, como si clavara algo invisible.

—Eso cambia el sabor.

Se mueve otra vez, flotando en círculos.

—Un mortal que leyó mis historias.
Que rió nervioso.
Que pensó “qué buena ficción”.
Y luego… por la noche… se preguntó si alguien lo estaba mirando.

Ríe bajito.

—No necesito que me acepten.
Solo necesito que no me olviden del todo.

Se detiene.

—Una semilla basta.

Sus ojos brillan con curiosidad infantil.

—Una espinita.
Una duda.
Un pensamiento incómodo que no se va.

Se encoge de hombros.

—Y ahora que empecé a dejarme ver un poquito… —dice— en distintos mundos… en distintas historias…

Mira los estantes infinitos.



#686 en Thriller
#298 en Misterio
#1958 en Otros
#389 en Relatos cortos

En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 19.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.