La Biblioteca estaba inusualmente tranquila.
Ni gritos ahogados entre páginas.
Ni estantes temblando.
Ni libros intentando escapar arrastrándose por el suelo.
Solo un sonido extraño rompía el silencio.
—Tsk… tsk… ¡no, no, no! ¡Corre más rápido!
Clic. Clic. Clic.
Como botones siendo presionados con demasiada intensidad.
Si avanzabas entre los pasillos infinitos, esquivando torres de tomos apilados y escaleras imposibles, la encontrabas enseguida.
Luna estaba sentada en el suelo.
Con las piernas cruzadas.
Descalza.
Frunciendo el ceño con concentración absoluta.
Frente a ella flotaba un rectángulo de luz, como una pantalla arrancada de la realidad. Sus manos se movían en el aire como si sostuviera un control invisible.
—¡Ja! Sabía que no ibas a esquivar eso —murmuró satisfecha.
Hizo un gesto con los dedos.
En la luz, algo explotó.
Un planeta entero se partió como porcelana.
A su alrededor, decenas de libros flotaban en círculos desordenados.
No intentaban huir.
No se agitaban.
No gemían.
Estaban quietos.
Obedientes.
Porque Luna estaba de buen humor.
Y cuando Luna estaba feliz… nadie sufría.
Así que nadie se atrevía a molestar.
—Oh —dijo sin girarse—. Llegaste.
Como si hubieras tocado la puerta de su habitación.
Otro gesto.
En la “pantalla”, una criatura gigantesca atravesaba una flota de naves espaciales como si fueran polvo. Tenía demasiadas extremidades, demasiados ojos, demasiada masa. Cada paso suyo borraba ciudades enteras.
—Dame un segundo —añadió—. Estoy en jefe final.
Sonrió.
—Bueno… soy el jefe final.
El monstruo —ella— aplastó un continente.
Los océanos hirvieron.
El cielo se abrió como papel rasgado.
Millones desaparecieron en un parpadeo.
Luna aplaudió, emocionada.
—¡Combo!
Entonces por fin te miró.
—¿Te gusta? Es nuevo.
Señaló la luz con el mentón.
—Este universo llevaba siglos desarrollándose. Imperios, religiones, héroes elegidos, profecías dramáticas… todo muy épico.
Se encogió de hombros.
—Me aburrí.
Otro movimiento.
Otra estrella colapsó.
Te acercas un poco más.
Y lo entiendes.
Eso no es un videojuego.
No hay interfaz.
No hay números.
No hay efectos.
Es real.
Son personas corriendo.
Ciudades cayendo.
Mundos muriendo.
—Técnicamente no es un juego —aclaró con tranquilidad—. Es uno de los universos que vigilo.
Sonrió de lado.
—Pero si no lo trato como juego… se vuelve deprimente.
La criatura levantó la cabeza.
Por un segundo, sus ojos coincidieron con los de Luna.
Exactamente los mismos.
Ella movió los dedos.
La criatura obedeció.
—Ellos creen que están luchando contra el “Destructor de Mundos” —dijo con tono teatral—. El “Azote Final”. El “Fin de Todas las Cosas”.
Se llevó la mano al pecho fingiendo emoción.
—Siempre me ponen nombres tan exagerados.
Apretó algo.
Un sol explotó.
—Ups.
Se dejó caer de espaldas sobre una pila de libros, usándolos como almohada.
—No te preocupes —añadió—. Si me derrotan, dejo de jugar.
Te guiñó un ojo.
—Si no… bueno… supongo que este mundo terminará archivado.
Los libros a su alrededor temblaron apenas.
Todos sabían lo que eso significaba.
Cuando Luna se cansaba de un universo…
ese universo terminaba con lomo, título… y gritos atrapados entre páginas.
Ella volvió a mirar la “pantalla”, satisfecha.
El último planeta ardía.
—Nuevo récord —susurró feliz.
Luego te sonrió como una niña que acaba de ganar una partida.
—¿Quieres que te cuente cómo empezó este mundo?
Era bonito… hasta que agarré el control.
—Universo XXX—
El hombre nunca creyó en dioses.
Creía en números.
En probabilidades.
En ecuaciones que podían predecir el movimiento de una estrella con siglos de anticipación.
Los dioses eran excusas para ignorantes; la ciencia, en cambio, era dominio.
Y él había nacido para dominar.
Desde la ventana blindada de la estación orbital observaba el planeta bajo sus pies, una esfera gris atravesada por cicatrices de minería y ciudades colmena que brillaban como infecciones sobre la superficie. Millones vivían allí, trabajaban allí, morían allí… todo para sostener su proyecto.
Un sacrificio necesario.
Siempre lo llamaba así.
Necesario.
Treinta años de recursos drenados de sistemas enteros. Lunas vaciadas hasta quedar huecas. Soles jóvenes desestabilizados para alimentar reactores imposibles. Flotas enteras convertidas en chatarra para financiar una sola cosa.
El Núcleo.
La culminación de toda su carrera.
Un generador capaz de abrir una brecha fuera del espacio conocido y extraer energía directamente del vacío primordial.
Energía infinita.
Poder infinito.
Y con poder infinito… obediencia.
No pretendía ganar la guerra.
Pretendía terminarla para siempre.
Porque nadie se rebela contra quien puede apagar un sol con solo apretar un botón.
Cuando los científicos comenzaron a advertirle que los cálculos no cuadraban, que lo que intentaban abrir no era una fuente sino algo más cercano a una grieta sin fondo, los escuchó con paciencia.
Luego firmó la orden de activación de todos modos.
El miedo, después de todo, siempre había sido cosa de mentes pequeñas.
El día de la prueba, la estación entera vibró como si el espacio mismo se quejara.
Las estrellas visibles a través de los ventanales comenzaron a deformarse, estirándose en líneas blancas. Los sensores se saturaron. Los instrumentos dejaron de responder. El vacío frente al Núcleo se oscureció, no como una sombra, sino como si algo hubiera borrado un pedazo de realidad.