Luna: Escritura de Pesadilla

El Rumor que Fue Real

Luna camina entre los estantes con la misma calma de siempre.

En su mano sostiene un libro antiguo. El lomo está gastado, las páginas amarillentas asoman apenas por los bordes, como si el tiempo hubiera decidido quedarse atrapado dentro de él.

No lo mira.

No lo necesita.

—Sabía que llegaríamos a esto —dice, casi con pereza.

Sigue caminando.

Los libros a su alrededor se tensan apenas, como si enderezaran la espalda al verla pasar.

—Era inevitable.

Inclina levemente la cabeza, como si escuchara un pensamiento que no fue dicho en voz alta.

—La pregunta, quiero decir.

Una pequeña sonrisa aparece.

—El “¿y si…?”

Pasa el dedo por el lomo del libro.

—Sabía que lo pensarías.

Ahora sí te mira, apenas.

—Siempre lo hacen.

Suspira.

No cansada.

Más bien… resignada.

—Aunque tengo que admitir algo —añade—. Entiendo por qué suena… trillado.

Hace una mueca ligera.

—Multiverso. Realidades alternas. Decisiones que cambian destinos.

Se encoge de hombros.

—Lo han repetido tanto que ya no impresiona a nadie.

Se detiene frente a un estante, pero no guarda el libro.

—Pero dime…

Apoya el libro contra su palma.

—¿Para qué crees que empecé con los castigos?

Silencio.

Luna ladea la cabeza.

—¿De verdad pensabas que era solo entretenimiento?

Una pequeña risa escapa de sus labios.

—La mente mortal es limitada. Necesita ejemplos. Necesita ver consecuencias… antes de entender causas.

Da un paso más.

—Por eso comencé con algo simple.

—Una decisión.

—Un error.

—Un resultado.

Levanta el libro apenas.

—Un alma.

Hace un pequeño puchero, cruzando los brazos por un instante.

—Y aún así esperan que me detenga a explicarles todo esto como si fuera una clase.

Rueda los ojos con un gesto casi infantil.

—Qué dolor de cabeza.

Suspira exageradamente.

—No estoy aquí para dar lecciones.

Se recompone al instante.

Su tono vuelve a ser tranquilo.

—Deberían agradecer que me tomé la molestia de darles un pequeño resumen.

Mira el libro otra vez.

—Porque créeme… para mí esto es simple.

Pausa.

Luego, con suavidad:

—Una decisión diferente.

—Un solo momento alterado.

—Y la historia que conoces… deja de ser la misma.

Sus dedos se deslizan por el borde de las páginas.

—A veces ni siquiera es algo importante.

Una sonrisa leve.

—A veces es algo que suena ridículo.

—Un detalle.

—Un rumor.

—Un error insignificante.

Levanta la mirada.

—Y sin embargo…

Inclina la cabeza.

—En algún lugar…

El libro se mueve apenas en su mano.

—Ya ocurrió.

Se gira lentamente, retomando su caminar.

—Y la historia cambió.

La Biblioteca no desaparece.

No se rompe.

No se disuelve.

Simplemente deja de estar.

No hay transición clara. No hay sensación de movimiento. No hay luz cegadora ni vacío absoluto.

Solo un cambio.

El aire se vuelve más frío.

Más húmedo.

Más pesado.

Cuando parpadeas, ya no estás rodeado de estantes infinitos.

Ahora hay calles.

Calles estrechas, empedradas, iluminadas por faroles de luz cálida que titilan suavemente con el viento nocturno. El murmullo de la gente llena el espacio: conversaciones, risas, pasos apresurados, el crujir de ruedas sobre piedra.

Es un mundo vivo.

Un mundo que no sabe lo que va a pasar.

Luna camina delante de ti.

Sus pasos son ligeros, casi inexistentes, como si no tocara realmente el suelo. A su alrededor, las personas pasan sin verla, rozando su figura como si atravesaran una corriente de aire que no logran percibir.

Ella no se aparta.

No lo necesita.

—Esto debería resultarte familiar —dice con calma, sin girarse.

Su voz no compite con el ruido de la calle, pero aun así la escuchas con claridad.

—Un momento importante. Uno de esos que la historia humana decidió recordar.

Gira en una esquina.

El sonido cambia.

El murmullo se vuelve más intenso.

Más cercano al mar.

El aire trae consigo el olor salado del océano, mezclado con humo, madera y metal.

—Curioso, ¿no? —continúa—. La historia siempre parece inevitable… cuando ya conoces el final.

Sus pasos no se detienen.

—Pero antes de eso… todo es incertidumbre.

Avanza unos metros más.

Y entonces lo ves.

A lo lejos, dominando el puerto como una promesa imposible.

El barco.

Gigante.

Iluminado.

Perfecto.

Demasiado perfecto.

Las luces recorren su estructura como si quisieran demostrar que nada podría tocarlo, que nada podría hundirlo, que nada podría desafiarlo.

La gente a su alrededor ríe, celebra, se despide, se emociona.

Nadie está asustado.

Nadie sospecha.

Nadie imagina.

Luna se detiene.

No por respeto.

Por observación.

—Sí… ese —dice suavemente.

No lo nombra.

No hace falta.

—Supongo que no necesitas que te explique qué es.

Inclina apenas la cabeza, observando el barco como si evaluara una obra de arte.

—Uno de los eventos más conocidos de tu historia.

Una pausa.

—Y no precisamente por algo que quisieran recordar.

Se gira ligeramente hacia ti, lo justo para que veas su expresión.

—Pero aquí…

Su sonrisa es leve.

—eso no ocurrió.

El puerto sigue igual.

Nadie corre.

Nadie grita.

No hay urgencia.

No hay destino inevitable.

Solo… una noche normal.

—En este mundo —continúa— ese barco no es recordado por hundirse.

Se encoge de hombros con naturalidad.

—Porque no lo hizo.

El silencio que sigue no viene del mundo.

Viene de la idea.

Luna vuelve a caminar, alejándose del puerto.



#885 en Thriller
#384 en Misterio
#2165 en Otros
#447 en Relatos cortos

En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 01.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.