No hay aviso.
No hay tiempo para entender.
Un segundo estás de pie… y al siguiente estás corriendo.
El aire ya no es aire; es una mezcla densa de polvo, humo y calor que quema al entrar en los pulmones. Cada respiración duele. Cada paso es inestable. El suelo bajo tus pies no es firme, está cubierto de fragmentos, de restos, de cosas que antes eran parte de algo entero.
Explosiones.
No a lo lejos.
No como ruido de fondo.
Cerca.
Demasiado cerca.
El mundo no suena, golpea. Cada detonación empuja el aire, sacude el cuerpo, hace vibrar el suelo como si todo estuviera a punto de colapsar por completo.
Corres sin dirección clara. Solo te mueves. Solo te alejas de donde estabas hace un segundo, porque donde estabas… ya no existe.
Un edificio cae a lo lejos con un estruendo seco, levantando una nube espesa que cubre la calle. Los gritos se mezclan con el sonido metálico de disparos continuos, ráfagas que no se detienen, órdenes gritadas por voces que ya no suenan humanas, solo urgentes.
Un tanque avanza lentamente por la calle principal. El metal de sus orugas aplasta todo lo que encuentra, sin distinguir entre escombros o recuerdos. Su torreta gira con un movimiento pesado, calculado.
Dispara.
La explosión abre otro edificio como si fuera papel.
No hay pausa.
No hay orden.
Solo destrucción organizada.
El instinto te obliga a moverte. Te lanzas contra lo que queda de un muro medio derrumbado. El impacto contra la superficie áspera te detiene lo suficiente para respirar, o al menos intentarlo.
Te asomas apenas.
Soldados avanzan entre el humo, disparando hacia algo que no alcanzas a ver. Algunos gritan, otros ya no se mueven. Hay cuerpos en el suelo, pero nadie se detiene. Nadie mira atrás.
Todo sigue.
Siempre sigue.
El sonido es constante. No hay silencio entre explosiones. No hay espacio para pensar.
Y entonces—
algo no encaja.
Entre el ruido, entre el caos, entre el peso de todo lo que se está rompiendo a tu alrededor…
escuchas un tarareo.
Suave.
Ligero.
Como si perteneciera a otro lugar.
Giras la cabeza.
Y ahí está.
Luna.
Sentada a tu lado.
No llegó. No apareció. No interrumpió nada.
Simplemente está.
Una silla sostiene su peso, una silla que no debería existir en medio de una calle destruida. Bajo ella, el suelo está intacto, limpio, como si ese pequeño espacio hubiera sido excluido de la guerra.
Sostiene una taza de porcelana entre sus manos.
El vapor asciende en espirales lentas, ajenas al viento y al humo.
Da un sorbo.
A su alrededor, otra explosión sacude el aire.
Nada la alcanza.
Nada la toca.
—Mmm… —murmura con una calma imposible—. Debo admitir que el té de este mundo es bastante bueno.
Inclina apenas la taza, observando el líquido como si realmente le importara.
A tu lado, el polvo cae del muro. El sonido de disparos continúa. Un proyectil impacta en la calle, levantando fragmentos que rebotan a pocos metros.
Luna no se mueve.
No parpadea.
Solo cuando baja la taza, gira su mirada hacia ti.
—Hola —dice, con la naturalidad de quien saluda en una tarde tranquila.
Inclina la cabeza, estudiándote.
—¿Te gusta este lugar?
Sus ojos recorren la calle destruida, los soldados, el humo, el fuego.
—Podríamos quedarnos.
Levanta una mano, haciendo un gesto pequeño, casi despreocupado.
—Podría hacerlo posible.
Sonríe.
Luego ríe.
No fuerte.
No exagerado.
Solo… divertida.
—No pongas esa cara.
Da otro sorbo de té.
—Era una broma.
Pausa.
Sus ojos brillan apenas.
—…¿o no?
El sonido de un disparo cercano atraviesa el aire. Un soldado cae a lo lejos. Otro ocupa su lugar sin detenerse.
Luna cruza las piernas con elegancia, apoyando el codo sobre una de ellas.
—Este mundo es interesante —dice finalmente.
Su tono no cambia.
No se adapta al entorno.
—Todo esto…
Mira la calle.
El tanque.
El humo.
Los cuerpos.
—empezó con algo pequeño.
Golpea suavemente el borde de la taza con la uña.
—Una decisión.
—Un momento.
—Algo que, en su instante…
Inclina la cabeza.
—evitó un problema.
Se inclina ligeramente hacia adelante.
—Y funcionó.
Da un pequeño asentimiento.
—En ese momento.
Silencio.
Otra explosión ilumina brevemente el cielo gris.
—Pero las decisiones no terminan cuando resuelven algo.
Sus ojos vuelven a ti.
—Siguen.
—Se expanden.
—Se conectan con otras.
—Se deforman.
Se recuesta de nuevo en la silla.
—Y con el tiempo…
Mira el caos.
—terminan en algo que nadie estaba intentando crear.
Una leve sonrisa aparece.
—Curioso, ¿no?
Da otro sorbo de té.
—Evitar algo malo…
Pausa.
—no siempre crea algo bueno.
El sonido del combate continúa.
Incesante.
—A veces…
Baja la taza lentamente.
—solo cambia el tipo de desastre.
Se pone de pie con calma.
La silla no hace ruido.
No deja marca.
—Eso también es el multiverso.
Camina unos pasos.
Nada la toca.
Nada la roza.
—No todos los caminos llevan a finales mejores.
Se detiene.
—Algunos…
Mira la ciudad en ruinas.
—solo son diferentes.
Una pequeña pausa.
Luego, casi con suavidad:
—Y otros…
Su sonrisa es leve.
Pero clara.
—son peores.
Luna no se mueve de su lugar.
El mundo sigue cayendo a pedazos a su alrededor, pero ella permanece intacta, como si todo ese caos simplemente no tuviera permiso para tocarla.
Inclina la cabeza, observándote con una curiosidad suave.
—Entiendo esa cara —dice con un deje casi divertido—. La confusión.