El lector no recuerda cuándo llegó.
Solo está ahí.
Caminando.
Como siempre pasa en la Biblioteca.
No hay una puerta. No hay un momento exacto en que el mundo cambia. Un segundo estás en un lugar… y al siguiente estás aquí, rodeado por estanterías tan altas que parecen sostener algo más grande que el techo mismo. Libros por todos lados. Algunos ordenados. Otros apilados de manera imposible. Algunos susurrando. Otros respirando. Unos pocos directamente temblando, como si supieran algo que tú no.
El suelo cruje bajo tus pies.
No porque sea madera.
Porque debajo hay páginas.
Miles de ellas.
Hojas enterradas unas sobre otras, como si caminaras sobre historias que ya murieron hace mucho tiempo.
A lo lejos algo se mueve entre los pasillos.
No parece humano.
Tampoco parece un monstruo.
Solo una sombra demasiado larga que desaparece detrás de un estante antes de que puedas verla bien.
Y como siempre en este lugar, eso no es lo más extraño.
A tu derecha hay una fila completa de libros que lloran lentamente una tinta negra espesa por el borde de sus páginas. Más adelante uno tiembla tanto que termina cayendo al suelo. Apenas toca el piso, desaparece.
Nadie viene a recogerlo.
Nadie parece sorprendido.
Porque aquí nada permanece igual demasiado tiempo.
Entonces escuchas un tarareo.
Suave.
Infantil.
Feliz.
La melodía rebota entre las estanterías y te obliga a seguirla. Doblas una esquina, luego otra, luego una más, hasta que llegas a una pequeña apertura entre los estantes.
Y ahí está Luna.
Acostada sobre una montaña de libros vivos que se hunden un poco bajo su peso, como si fueran almohadas resignadas a su presencia.
Tiene un libro enorme entre las manos, tan grande que parece ridículo verla sosteniéndolo con tanta facilidad. Sus piernas se mueven de arriba abajo mientras sigue tarareando, completamente relajada.
Ni siquiera parece haberte notado.
O al menos eso crees.
Porque de pronto levanta la vista.
Y te mira.
Desde la posición en la que está, para ella tú eres quien está al revés.
Parpadea una vez.
Inclina la cabeza.
Y luego suspira.
—Mmm… qué incómodo se ve eso.
Sin levantarse siquiera, mueve una mano en el aire.
El mundo gira.
No ella.
Tú.
De un segundo a otro toda la Biblioteca queda de cabeza. Las estanterías ahora parecen colgar desde abajo, los libros flotan donde deberían caer y tu cuerpo siente ese pequeño mareo absurdo que solo Luna podría considerar una solución lógica.
Ella sonríe orgullosa.
—Mucho mejor.
Se acomoda un poco más entre los libros, abrazando el enorme tomo contra su pecho.
—No pongas esa cara.
—Si tú estabas de cabeza, lo normal era que te arreglara.
Hace una pequeña pausa.
—Yo no soy el problema aquí.
Sonríe.
—Generalmente.
Se queda observándote unos segundos más.
Luego levanta una mano y saluda.
—Hola otra vez.
Sus piernas siguen balanceándose tranquilamente.
—Sabía que volverías.
Mira alrededor, hacia las estanterías infinitas.
—Siempre vuelven.
—Curiosidad.
—Morbo.
—Miedo.
—Aburrimiento.
Se encoge de hombros.
—No importa mucho la razón.
Baja la vista hacia el libro que tiene entre las manos.
—Aunque debo admitir que prefiero a los curiosos.
Sus ojos vuelven a ti.
—Las almas curiosas suelen romperse más bonito.
Lo dice con una sonrisa tan tranquila que tarda un segundo en sentirse mal.
Luna cierra el libro con un golpe suave y lo deja sobre la montaña de libros debajo de ella. Uno de ellos se queja en un murmullo bajo.
Ella le da unas palmaditas.
—No exageres. Ni siquiera te usé de cojín completo.
Después vuelve a mirarte.
—Entonces… ¿qué te parecieron los mundos que te mostré?
Inclina un poco la cabeza.
—El barco.
—La guerra.
—Las pequeñas decisiones que cambian todo.
Una sonrisa lenta aparece en su rostro.
—O bueno… cambian todo en tu mundo.
Levanta un dedo.
—Porque para alguien más, el raro eres tú.
Se ríe por lo bajo.
—Tal vez existe una realidad donde ese barco sí se hundió.
—Otra donde nunca existió.
—Otra donde ustedes decidieron ponerle otro nombre horrendo.
Pone cara de asco exagerada.
—Aunque Titanic ya era bastante dramático.
Se deja caer un poco más sobre los libros.
—Lo mismo con la guerra.
—Tal vez en otro mundo nunca ocurrió.
—Tal vez ocurrió tres veces.
—Tal vez ustedes perdieron.
—Tal vez ustedes eran los malos.
La sonrisa de Luna se vuelve más fina.
—Eso es lo divertido del multiverso.
—Todos creen vivir en la historia correcta.
—Todos creen ser los protagonistas.
—Todos creen que su versión de las cosas es la más importante.
Suspira, exageradamente cansada.
—Los mortales tienen un ego tan adorable.
Estira una mano hacia una estantería cercana. Uno de los libros sale volando solo hasta caer en su mano.
Lo abre apenas.
Dentro se ven imágenes moverse entre las páginas. Mundos. Personas. Ciudades. Algo parecido a un dinosaurio cruzando una calle donde deberían existir autos.
Luna observa eso apenas un segundo antes de cerrarlo.
—Pero esos cambios eran simples.
Se queda callada unos segundos.
—Una decisión.
—Una persona.
—Un error.
Se incorpora un poco, apoyando el mentón sobre una mano.
—Ahora quiero que pienses en algo más grande.
Su sonrisa vuelve.
Más pequeña.
Más curiosa.
—¿Qué pasa si el cambio no ocurre por culpa de un mortal?
La Biblioteca parece quedarse un poco más silenciosa.
—¿Qué pasa si simplemente… el universo decide ser diferente?
Levanta un dedo por cada ejemplo.